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"¡Buen día!", dice Hamm, asomándose por la balaustrada. "Subí." Tira el diario y me hace pasar, hablando en voz baja, para no despertar a su pareja desde hace quince años, la guionista y actriz Jennifer Westfeldt, que está enferma en la cama con Cora, la perra mitad pastora que tienen. "¿Querés tomar algo antes de salir? ¿Agua? ¿Café? Llevémonos un par de cafés para el camino", dice, y sirve el contenido de la cafetera en sendas tazas portátiles. Se pone las zapatillas y unos anteojos oscuros de diseñador, y se dirige a la salida. "¿Estás listo?"
El plan original era que nos íbamos a juntar a pegarle a la pelota de béisbol en una jaula de bateo en Burbank. Hamm es fanático del béisbol: cuando era chico, en St. Louis, jugaba –era catcher– y sigue usando una gorrita de los Cardinals como Draper usa un pañuelo en el bolsillo del saco. Pero tuvo que suspender: al parecer, se había olvidado de que el sábado era el cumpleaños de Westfeldt. En cambio, me propuso salir a caminar esta mañana. "Creo que, de esa manera, todas las partes involucradas se sentirían más contentas."
Hamm no es un astro cuando se trata de cumpleaños. Una vez, hace años, lo invitaron a una fiesta sorpresa de un amigo actor, y casi arruina todo cuando se presentó un mes antes. "Literalmente, un mes", dice. "Abrió la puerta y me dijo: «¿Qué hacés acá?», y yo le respondí: «Este... vine... a...», mientras su mujer, atrás de él, me hacía el gesto de que no dijera nada. Un par de años después, le contó la anécdota a Matthew Weiner, el creador de Mad Men, y Weiner la incorporó a un guión. "Sacó la historia directamente de mi vida de pelotudo", cuenta Hamm.
Hamm sale y camina por la calle hasta una escalinata escondida que conduce al enorme Griffith Park. Con Westfeldt, hace más de diez años que viven ahí, y conocen todos los secretos del barrio. "Acá está la casa de Megan", señala, refiriéndose a Fox, que actuó con la pareja en la película Plan perfecto . "Y January vive acá a la vuelta", cuenta, en referencia a Jones, que interpreta a Betty, su ex mujer, en Mad Men . ("Si yo trabajara más", dice Jones, "haríamos pool de autos para ir a grabar".)
Hamm sube la escalinata de a dos escalones por vez. Llega un poco cansado, con gotas de sudor en la frente, así que para un minuto a descansar. Tiene todo grande: el mentón de granito, los hombros de estibador portuario y, por supuesto, su hercúlea cabeza. "Soy el segundo tipo más cabezón en conducir Saturday Night Live ", cuenta, y en respuesta a la pregunta que evidentemente surge de inmediato, dice: "Ben Affleck. Guau. Yo creía que era cabezón hasta que conocí a ese pibe. Qué hijo de puta. No me cites, pero nunca vi una cabeza de esas dimensiones."
Pronto aparece el camino, y nos metemos por un sendero de tierra que lleva al Griffiths Observatory. Hamm cuenta que vio víboras y coyotes en el observatorio, pero ahora sólo hay unas señoras orientales haciendo tai chi. Subimos a lo más alto de la colina, y se saca los anteojos oscuros para disfrutar de la vista, de la postal fotográfica de la mañana de California. "No está mal, ¿no?"
Como metáfora, ésta no es de las peores: que Hamm, en la cima de un monte, con todo Hollywood a sus pies, declare "No está mal". Es demasiado modesto, algo propio del Medio Oeste de los Estados Unidos, para decir que probablemente sea el mejor actor que hay en este momento en la televisión. En cinco temporadas se ha metido en el papel de Don Draper, en el papel del personaje, el antihéroe alcohólico y mujeriego, tan profundamente, que hasta Daniel Day-Lewis lo elogió. Desde la época de Tony Soprano (personaje para quien también escribió Weiner) que un actor y un personaje no calzaban tan indisolublemente. Hamm interpreta a Draper, de mirada penetrante, con una contención tan impenetrable ("Nunca voy a ganar un premio por ser el que más actúa", dice) que es fácil subestimarlo, como lo han hecho en los Emmy durante cinco años. "En el programa, está en una situación desfavorable", dice su amigo John Slattery, que interpreta a su jefe en la serie, Roger Sterling. "No es un capo de la droga. No hace explotar cosas por el aire. Y, sin embargo, día tras día lo veo hacer sutilezas increíbles. La mayor parte del tiempo, la gente ni se da cuenta de que está actuando."
Y allí radica la pregunta que todo el mundo se hace: ¿en qué medida Draper es en realidad el mismo Hamm? Según Hamm, no mucho: "Don es un personaje muy complicado, y yo soy una persona bastante complicada, pero te diría que ahí se acaban las comparaciones". Y parece que tiene razón: Hamm es un tipo muy gracioso, que brilló en Saturday Night Live, estuvo comiquísimo en Damas de guerra y la rompió en su participación de seis episodios en 30 Rock, donde encarnó al novio de Liz Lemon (en un principio, Hamm se presentó a una audición por el papel de Jack Donaghy, pero explica que "Tina básicamente estaba esperando que Alec Baldwin le dijera que sí"). Le gustan cosas masculinas como el póker, el fantasy football (una especie de Gran DT de fútbol americano), y está en un equipo de béisbol en el Valle, donde después de los partidos se quedan tomando cerveza y no importa si les puede ganar a un grupo de padres de familia con sobrepeso. Usa expresiones que alguna vez tuvieron onda pero ya no, como "mi bulo" (para su casa) y "copiado" (para OK), y usa la palabra "dickensiano" con tanta frecuencia como la puteada "fuckstick". También fue linebacker de la selección de fútbol americano de su estado y un fanático histórico de los videojuegos, no tanto de los de tiros como de los fantásticos, como su preferido, World of Warcraft.
Pero cuando le pregunto a Hamm con qué clase de personaje prefiere jugar –un guerrero, un ladrón o un hechicero–, de repente se pone serio. "Eso", dice, "nunca te lo diría".
Y acá es donde la línea entre Hamm y Draper se empieza a borronear. Porque, sí, Jon Hamm es un tipo de 42 años al que le encantan la cerveza, Wilco y jugar al Words With Friends. Pero también tal vez tenga un poco más de Draper de lo que le gustaría reconocer.
"Matt se inspira en nosotros para escribir los guiones", dice Jones. "Y pone mucho de Jon en Don. Su encanto. Sus zonas vulnerables. Sus defectos. El tipo tiene algo misterioso, tipo: ¿de dónde salió? De repente es Don Draper, y es una gran estrella. No quiero hablar por él, pero tal vez tengan historias parecidas."
Weiner dice que a Hamm le gusta guardarse su vida privada. "Somos amigos del trabajo", dice Weiner. "Tal vez cuando termine el programa nos vayamos de vacaciones juntos. Pero hay cierta distancia, y no creo que esté mal. La mayoría de la gente no lo entiende: la mayoría somos exhibicionistas. Pero parte de lo que pasa con el personaje, Draper, es que el tipo, Hamm, es inescrutable."
Christina Hendricks, que interpreta a la jefa de secretarias Joan Harris devenida en socia, viene trabajando con Hamm desde hace más de siete años. Habida cuenta que el programa se filma en jornadas de catorce horas, es posible que pasen más tiempo juntos del que pasan separados. Y, sin embargo, Hendricks dice: "Conozco cómo es Jon en el trabajo, pero no lo conozco demasiado a él".
"Por la forma en que lo explica", dice Weiner, "te das cuenta de que entiende exactamente quién es ese tipo".
De vuelta en casa
Hamm se sube a su Mercedes CLS63, agarra la 101 sur y atraviesa quince minutos de tráfico hasta un complejo de ocho hectáreas que se llama Los Angeles Center Studios. Aquí funciona el cuartel general de Mad Men, en el viejo Edificio Unocal del centro, una locación que Weiner eligió por su parecido con los rascacielos de Park Avenue de los años 50 como el Seagram Building y el Lever House. Antes de dedicarse de lleno a la actuación, el último trabajo de Hamm fue de mozo en un restaurante latino a tres cuadras de acá. A veces incluso estacionaba en la misma playa. Ahora tiene un lugar mejor.
La mayoría de los integrantes ya llegaron, y están descansando en una zona a la que llaman Campamento Base, un pequeño laberinto de remolques con árboles en macetas y un fogón. Elisabeth Moss, que interpreta a la creativa Peggy Olson, está mirando videos de YouTube en un iPad, aún convaleciente de la ola de gripe que anduvo circulando la semana pasada. Hendricks, que también se recupera de una gripe, está leyendo una biografía de Diana Vreeland mientras teje. En un sillón, al aire libre, Jones está tomando sol, y de repente alguien eructa sonoramente. "¿Quién fue? ¿Rich?", pregunta sin darse vuelta. Increíblemente, acierta: se trata de Rich Sommer, que interpreta a Harry Crane, el jefe del departamento de Televisión. "Les conozco los eructos a todos."
Hace un par de noches, se celebraron los Screen Actors Guild Awards, que según Hamm estuvieron "un poco mishíguenes" (para ser un ex chabón de fraternidad de Missouri, maneja el idish con solvencia). El elenco no ganó nada –"a esta altura, estamos acostumbrados a ser la dama de honor"–, pero igual salieron juntos después de la ceremonia, y algunos todavía están pagando por ello. "Demasiado vino tinto", dice Jessica Paré, que interpreta a Megan, la esposa de Don, y que oculta su resaca detrás de sus anteojos oscuros. "Debería haber parado después de la primera botella de dos litros." Cuando pasa Slattery, le insiste en que la perdona por una conversación un poco acalorada que tuvieron borrachos, y él se ríe y le dice que no se preocupe.
Hamm pasa por al lado de Jones camino a su remolque y le aprieta el hombro. "Hola, Bubby", le dice ella, sin mirarlo. Entra un par de minutos para ponerse su "equipo": musculosa blanca, cinturón con monograma, gemelos, corbata. Sale y se sienta en su lugar de siempre, frente a un cuaderno con espiral que tiene las páginas llenas de puntajes de sus interminables torneos de dominó. Pregunto quién es el campeón vigente, y Hamm se señala a sí mismo y dice: "Vendría a ser yo".
En el set, a Hamm lo llaman "el primer convocado". Esto en sentido literal, dado que es el primero de la lista, y también tiene que ver con el hecho de que ocupa un lugar especial como primus inter pares. Weiner discute los guiones con Hamm como no lo hace con ningún otro actor. Dice que es "el delegado de la división" y "el rey de la fiesta de egresados". Paré dice que es más bien el capitán del equipo. Moss dice que si surge algún problema, el elenco recurre a Hamm. Después de todo, ¿quién quisieras que bateara por vos, sino Don Draper?
El problema de esto es que no quieren desilusionarlo. "Es como el papá", dice Moss. "La gente no quiere hacerlo esperar. La gente no quiere meter la pata. Se nota especialmente en los varones, si empiezan a meter la pata se ponen todos colorados. Porque lo quieren tener contento." Moss dice que esto vale para el mismo Weiner, que no quiere desilusionar a Hamm. "Tengo la sensación de que incluso si hiciera un papel muy chiquito en la serie, eso seguiría pasando", admite Weiner.
El tipo tiene algo que transmite poder y concita respeto. Weiner, que creó el personaje de Draper, ve en ambos tendencias dominantes similares. "Jon puede usar sus silencios para imponerse. Y tiene mucho carácter, lo cual es sorprendente, porque es sumamente encantador. Le aportó una intensidad al personaje que yo no me esperaba. Por ejemplo, no sabía que Don disfrutaría tanto de dominar a sus enemigos. Pero Jon le aportó eso, que es impagable. No sé si se base en sus relaciones en la vida real. Pero sí sé que cuando su personaje se enfrentó con el de Vinnie [Kartheiser], Jon mostró que sabía jugar el juego adentro y afuera de la cancha."
Kartheiser, que interpreta al conspirador jefe de cuentas Pete Campbell, cuenta una anécdota de cuando le ganó a Hamm al dominó tres veces seguidas. Hamm le pidió revancha y lo destruyó, venciéndolo metódicamente una semana entera. "Es un competidor implacable", dice Weiner. "Uno no quiere que pierda. No creo que nunca haya dado el brazo a torcer, pero si alguien cercano le gana, está muerto para él hasta que se toma revancha."
Hamm se pasó diez años luchándola en Los Angeles hasta que finalmente consiguió el papel que lo lanzó a la fama. Trabajó en un catering, fue mozo y diseñador de escenarios de películas porno soft. Una vez, la agencia que lo representaba lo echó después de tres años sin conseguir ningún trabajo. Después de eso, interpretó papeles genéricos, de bombero, soldado y policía apuesto. ("Encontramos fotos viejas de él en polera y nos burlamos", dice Moss.) Pero después llegó Mad Men, y el laburante de 36 años que se llamaba Jon Hamm se transformó en Jon Hamm.
"Creo que tiene que ver con esforzarme todo el tiempo al máximo", dice Hamm. "No creo en hacer las cosas a media máquina, a medias tintas. No me gusta dejar nada de nafta en el tanque. Porque creo que, si ganás, de esa manera es una victoria legítima, y si no, sabés que tenés que mejorar. Pero si no das todo lo que tenés, ¿qué aprendés? Odio esa excusa: «No me exigí a fondo». Andá a cagar. Sí que te exigiste. Pero perdiste."
Si le sacan el pelo, 20 centimetros y la capacidad de quedarse callado más de quince segundos, Matthew Weiner tiene algo de Don Draper. Para empezar, su compromiso total con el secreto. En una época marcada por los adelantos promocionales y spoilers, Weiner insiste en no adelantarles nada a los televidentes. En parte es para cuidar el valor comercial que tiene el programa para el canal. Pero en mayor medida es para divertirse. "Cuando se filtra algo, lo mata", dice Moss. "La vez que iTunes lanzó un episodio antes de tiempo, fue como vigilar a un potencial suicida." No es que sea controlador, se apresura a aclarar la actriz. "Es que quiere que todo el mundo disfrute el programa de la manera exacta en que lo tiene que disfrutar." Hace una pausa para reflexionar sobre lo que acaba de decir. "Aunque ahora que lo pienso, eso suena bastante controlador…"
Weiner dice que si un actor divulga los secretos de la trama, deberá afrontar las consecuencias. "Están obligados por contrato", explica. "Nos pasó una vez y se resolvió por esa vía. No quiero hablar de eso. A veces no vuelven al programa."
Slattery dice, en broma, que si Weiner pudiera hacer todos los trabajos, lo haría. Weiner no se muestra en desacuerdo. "¿Alguna vez estabas manejando y soltaste el volante?", pregunta Weiner. "Es como si fuera un auto que yo tengo que manejar. Pero tengo miedo, sea racional o no, de que si me relajo el programa va a ser malo."
En este momento, en la cronología de Mad Men, estamos a finales de los 60, y a Estados Unidos se le está moviendo el piso. La temporada 5 terminó en la primavera de 1967. En el horizonte, en los meses que vienen: el Verano del Amor, las protestas contra la guerra en la Casa Blanca, los disturbios raciales, la matanza de My Lai, el asesinato de Martin Luther King Jr., el asesinato de Robert F. Kennedy y la Convención Demócrata de 1968. En otras palabras, un país que estallaba en mil pedazos.
Weiner encuentra analogías con la situación actual. "Estamos en un momento de muy baja autoestima", dice. "Tenemos una idea sobre nosotros mismos –el país más poderoso del mundo, la tierra de las oportunidades, de la tolerancia–, y sin embargo estamos viviendo una revolución. Hay una desigualdad y una injusticia muy dolorosas. Somos incoherentes, pensamos de determinada manera, pero cuando nos miramos en el espejo nos dan ganas de vomitar."
Weiner dice que, en esta temporada, esa incoherencia también estará muy patente en Don. "Dick Whitman [el nombre verdadero de Draper] es un hijo no buscado, un chico abusado, un cobarde, un oportunista y, en cierto sentido, un delincuente. Y Don Draper es buen mozo y exitoso, e incluso cuando muestra alguna debilidad, es un tiburón. ¿Qué va a hacer el tipo cuando se dé cuenta de que la persona que lleva dentro no está a esa altura? ¿Hay algo que hacer, o sólo le va a revolver el estómago?"
Una de las mejores cosas que tiene Mad Men es cómo muestra de soslayo la cultura estadounidense. Weiner, que afirma creer en "la naturaleza cíclica del tiempo", dice que es intencional. "Repetimos los mismos errores", dice. "Por ejemplo, si te fijás año por año entre 1960 y 1980, no hay uno en el que no haya habido violencia con armas de fuego. Y sin embargo, nadie hizo un carajo al respecto. Uno supone que, después de que le pegan un balazo en la cabeza al presidente, algo va a cambiar. Uno piensa que el hecho de que un marine agarre un rifle y mate a 45 personas va a tener alguna consecuencia. Pero no."
Finalmente, dice Weiner, "ahora vivimos en un estado de ansiedad. Y en esta temporada vamos a subir el nivel de ansiedad".
"Johnny", dice Hamm. "¿donde esta mi trago?"
Hamm está en el estudio, a punto de filmar una escena en la oficina. Le grita a Slattery, que dirige el episodio. La mayoría de la gente le dice "Slatts" a Slattery, para distinguirlo de Hamm. Pero Hamm es más flexible. "Lo llamo John, lo llamo Slatty. Lo llamo «Cara de Pija»", dice. "Somos bastante informales."

Entrar en el set de Mad Men desconcierta un poco: es como meterse en una máquina del tiempo que no funciona del todo bien. Los detalles de época están perfectos: los teléfonos antiguos con los números en la base (Don: KL5-0126), los cigarrillos herbales armados a mano que son réplicas perfectas de los Old Gold, los L& M y los Kent, las botellas de whisky falso que el asistente de utilería Johnny Youngblood se pasó horas tiñendo de la gama justa de dorado (seis gotas de colorante para el Glenlivet, doce para el Jack Daniel’s). Pero también hay una cartelera con un fixture del Super Bowl, y entre tomas todo el mundo habla por celular ("¿Qué fue lo que más cambió entre la temporada 3 y la 4?", dice Hendricks. "Todo el mundo llamaba a su agente mucho más seguido"). Ténganlo en cuenta la próxima vez que miren el programa: Don Draper tal vez tenga un iPhone en el bolsillo de sus pantalones.
La atención por el detalle a veces roza la demencia. Por ejemplo, en el escritorio de Draper hay una carpeta por cada cuenta de la agencia, con páginas y páginas de cartas e informes de gastos, cada una mecanografiada (taxi del aeropuerto, US$ 3,60) y firmada en tinta por cada uno de los personajes respectivamente. Todo muy impresionante, pero ni siquiera los actores están convencidos de que valga la pena tanto esfuerzo. "Parece una locura, ¿no?", dice Slattery. "Miré adentro de un sobre, y había una carta dirigida a mí, Roger, firmada por el cliente que supuestamente la había mandado. O Matt dice: «Quiero el hall trasero de un edificio de 1953, un rascacielos blanco en la avenida Lexington, que tenga un ascensor de servicio, esquíes, un trineo, una manguera contra incendios enrollada en la pared...», y de repente aparece, como si estuviera ahí desde hace años. ¿Hasta qué punto vamos a llegar?"
Hamm no tiene mucho que hacer en esta escena: entra en la oficina con un whisky en la mano, y dice un parlamento de unas diez palabras. Pero en un momento tiene que reaccionar a lo que dice otro, y la manera en que lo hace es tan irónica y justa que es difícil imaginarse que otra persona pueda hacerlo igual de bien. Es tautológico, pero Hamm hace de Don Draper a la perfección.
"Lo que hace de hecho no es fácil", dice Moss. "Está ahí sentado con un trago y un cigarrillo, sin hacer nada, y no podés sacarle los ojos de encima. No cualquiera podría lograrlo." Slattery dice que quería interpretar a Draper, pero que Weiner le dijo: "Ya tenemos al actor". Se sintió frustrado hasta el primer día de rodaje, cuando se dio cuenta: "Uh, guau, era verdad que tenían al actor".
Weiner cuenta que fue difícil encontrar a la persona para hacer de Draper. La mayoría de los actores protagónicos de fuste ya están hechos a esa altura de su carrera, y Weiner quería convocar a un desconocido. Hamm no apareció hasta una etapa tardía del proceso de selección, "tal vez el número sesenta de las ochenta personas que vimos", pero a Weiner le enorgullece decir que "después de su primera audición, cuando se fue, dije: «Es ése»".
En parte, la gente se copa con Hamm porque es un personaje anacrónico, un adulto. Cuando Mad Men salió al aire, la mayoría de las estrellas de Hollywood eran los hombres aniñados de Judd Apatow, o villanos pelotudos como los que interpreta Bradley Cooper. "Que nuestro héroe tuviera un molde tan clásico era fascinante y misterioso", dice Weiner. "«¿De dónde salió ese tipo? ¿De un laboratorio?» Le pusimos un traje, le cortamos el pelo, y pasó de ser este novio contemporáneo a, qué sé yo, Gregory Peck. Irradiaba un aura, la manifestación física de la confianza. La gente veía autoridad. La gente veía glamour. Extrañamente, mucha gente veía a su propio padre."
Hay una anécdota famosa, que según Hamm es apócrifa, que cuenta que al final de la primera audición, cuando Hamm salió de la sala, Weiner le dijo al resto de la gente: "A ese tipo no lo criaron sus padres". Supuestamente, eso lo convertía en un candidato ideal para interpretar a Draper, huérfano, cuya madre había muerto en el parto y cuyo padre había fallecido tras recibir una patada de un caballo. Hamm también perdió a ambos padres de manera temprana: su mamá murió de cáncer abdominal cuando él tenía 10 años, y su papá murió de diabetes diez años después. Hamm hizo terapia y tomó antidepresivos durante un tiempo, pero más allá de eso se bancó el mal trago con un estoicismo típico del Medio Oeste.
Hamm habla con frecuencia sobre cómo, para componer a Draper, se inspiró parcialmente en su propio padre, un vendedor sociable y pequeño empresario a quien Hamm sólo conocería más tarde, cuando estaba abrumado por la vida. La escena de la temporada 3 en que Draper, borracho, está en el auto y tira por la ventanilla el vaso vacío, que se estrella en el pavimento, está "tomada directamente de mi vida. Después de mi cumpleaños de once, cuando volvíamos a casa en auto; él estaba hecho mierda. Era en 1982, pero igual, ¿qué onda? No soy abogado, pero eso no puede estar bien". Hamm dice que suele establecer la comparación "porque es fácil de hacer", pero también porque le evita hablar de su propia vida.
Hamm accede a ciertas zonas de Draper –una especie de autoconfianza que proyecta hacia el exterior, mezclada con desprecio por sí mismo– que parecen brotar de algún lugar en lo más profundo de su propia personalidad. Lo admite en cierta medida: "Hay algo de desesperación, que tiene que ver con el miedo a morirse y a volverse intrascendente, y con el temor de perder lo que tenés", dice. "Está inmerso en un cambio cultural de dimensiones cataclísmicas, tratando de mantenerse a flote, y en muchos aspectos, no lo consigue. ¿Qué me pasa como actor cuando nadie quiere contratarme? El tiempo pasa para todos. Se vio lo mismo en Don cuando Betty lo dejó: estaba destruido. Dice: «Me sorprendeque alguna vez me hayas amado». Porque se odia a sí mismo. En su cabeza, él no es digno."
Weiner cree que ponerse en la piel de Draper le proporciona a Hamm un vehículo para resolver algunas cuestiones de las que de lo contrario no se ocuparía. "Nadie se siente atraído por el mundo del espectáculo por ser una persona segura", explica Weiner. "La humildad de Jon no es afectación; es porque, en lo más íntimo de su ser, como cualquiera que está en esto, tiene muchas dudas sobre sí mismo y muchas cosas de su historia que le gustaría volver a escribir. El hecho de poder exorcizar sus demonios en un ámbito de ficción, por más que sea doloroso, es un don. La correlación entre Jon y Don Draper es del orden del ciento por ciento, pero por suerte para nosotros tiene lugar en un escenario con una red, y podemos decir: «Corten»."
Hamm, como era de esperarse, no está de acuerdo con su análisis. "Matt es sumamente intuitivo y tiene una inteligencia tremenda, y su trabajo consiste en ser un buen observador de la naturaleza humana", se ataja. "Pero nunca me enfrenté a la actuación como una especie de terapia. No es un ejercicio psicológico profundo. No me pongo a pensar en mi mamá que se murió, y a decir: «Ay, qué triste estoy». Salvo que todo el mundo vea algo que yo no veo." Se ríe. "Pero, la verdad, no creo estar exorcizando mis demonios como probablemente lo haga Matt. Digo, yo no soy el guionista de la serie."
Si hay algo de lo cual uno podría pensar que Hamm se sentiría seguro es su aspecto físico. Uno de sus primeros papeles, en Ally McBeal, fue de "Tipo Fachero en el Bar", y cuando hizo una participación en 30 Rock, Liz Lemon lo comparó con un príncipe de Disney (por su parte, Kiernan Shipka, de 13 años, que interpreta a Sally, la hija de Don, cuenta: "Me acuerdo que se me acercaba gente a preguntarme: «¿Es tan lindo en la vida real?», y yo pensaba: «Qué sé yo, ¡tengo 8 años!»"). Pero según Moss, que conoce a Hamm tan bien como cualquier otro actor del programa, de verdad no se considera atractivo.
"Obvio que va a decir eso", explica Moss. "Pero creo que de verdad no se da cuenta. Pienso: «¿Estás loco?». Pero es una de esas personas que son a la vez lindas, inteligentes, graciosas y talentosas, y no sé si se da cuenta. Gracias a Dios porque, si lo supiera, sería tremendo pelotudo".
un par de semanas despues, hamm esta en el bar de mala muerte de su barrio, mirando el partido de su equipo, los St. Louis Blues, contra los L. A. Kings. Está vestido de manera casual, con jeans y gorrita, y le pide botellas de Budweiser a una moza a la que llama "darling" (Hamm tal vez sea el único tipo de menos de 50 en todo Hollywood que se pueda permitir llamar "darling" a una moza sin pasar vergüenza). Después de su segunda cerveza, la llama y pide una porción de alitas de pollo, crocantes pero no muy picantes. "¿Y otra ronda?", pregunta ella.
"¿Por qué no?", dice Hamm. "Somos adultos."
Hamm viene a este bar desde hace mucho. De hecho, vio pasar cinco dueños diferentes. Nadie lo molesta, lo cual tal vez explique en parte por qué le gusta. Los paparazzi saben dónde vive, y a veces le tienden una emboscada a él y a Westfeldt cuando salen a pasear el perro o a cenar. Ultimamente, le hicieron muchos primeros planos a su, esteee, miembro viril, lo cual le ha granjeado un nuevo grupo de seguidores en internet. "Sí, estoy al tanto", dice Hamm, con un aire de tristeza. "En gran medida es en tono de burla, pero es un poco maleducado. Creo que el hecho de que la gente se permita esos comentarios lascivos habla de una libertad más amplia. Por algo les dicen «partes pudendas». Por el amor de Dios, tengo puestos los pantalones. Déjenme en paz. Digo, no trabajo en una mina de plomo. Hay trabajos más difíciles. Pero cuando la gente se toma la libertad de crear cuentas de Tumblr sobre mi pija, siento que no era parte del arreglo." Toma otro sorbo de Budweiser. "Pero en fin", dice. "Supongo que es mejor así, y no que se burlen de lo contrario."
Después de ésta, a Mad Men le queda sólo una temporada, y el elenco ya empezó a pensar en el futuro. Slattery quiere dirigir, tal vez hacer un poco de teatro. Hendricks también quiere volver al teatro. Jones considera la posibilidad de mudarse a Nuevo México y dedicarse a diseñar joyas. Y Kartheiser solamente parece deprimido ("Probablemente, no vuelva a trabajar", se lamenta. "En serio. Pero está bien"). En cuanto a Hamm, hay consenso en que puede hacer más o menos lo que se le antoje. Este verano boreal, va a filmar una película de Disney sobre béisbol, una especie de El juego de la fortuna en clave alegre y filmada en la India, que va a ser su primer papel protagónico en cine. Para él, el modelo a seguir vendría a ser George Clooney, que también saltó a la fama por un papel en televisión bien entrado en los 30. Hamm dice que también le gusta Jeff Bridges: "Parece que hace todo bien".
En retrospectiva, la última temporada de Mad Men fue una especie de alegoría del programa. A medida que la agencia se volvió más exitosa, el trabajo empezó a amenazar con envenenar la vida privada de sus empleados. Al final de la temporada, Draper les dio un discurso de ventas a unos ejecutivos de Dow Chemical que sonó despiadado y cínico, incluso para él. "Están felices porque son exitosos…. Por ahora", les espetó. "¿Pero qué es la felicidad? Es el momento antes de necesitar más felicidad."
"Jon podría haber enloquecido con lo que le pasó", dice Weiner. "Ciertamente, el éxito trae aparejada un poco de infelicidad, y eso lo plasmamos en el programa. El éxito es algo solitario. La lucha terminó, pero no te confiás. Querés comer con las manos. Es verdad, Jon no hizo nunca lo que hizo Don. Pero sí que lo sintió."
En el bar, suena "I Got You Babe" en la rockola, y eso me recuerda preguntarle qué hace Westfeldt. "Hablando del rey de Roma, el diablo se asoma", dice. Como por arte de magia, aparece Westfeldt, muy elegante, y se sienta en el asiento de al lado. Se inclina a darle un beso en la mejilla a Hamm.
"Fui a ver al cachorrito nuevo", le cuenta a Hamm. "Nuestros amigos tienen un cachorrito nuevo. Un golden retriever. Como de cuatro meses."
"Qué tierno", dice Hamm.
Hamm dice que trata de no llevarse a Draper a casa. "Pero te afecta", dice. "Me acuerdo de que hablábamos con James Gandolfini sobre el final de Los Soprano, y él me contó lo agotado que estaba emocionalmente. Es agobiante ser tan malo durante tanto tiempo." Asimismo, al igual que Gandolfini, Hamm es consciente de que una vez que interpretás a un personaje tan emblemático, que evoca resonancias tan profundas en la psiquis de la gente, puede ser difícil sacárselo de encima. "Por eso, enfoco mi carrera como un constante apartarme de Don Draper. El mujeriego, el matador, esos papeles están muy vistos. No necesito interpretar a alguien así." "¡Y es tan versátil!", dice Westfeldt. "Un brillante actor de comedia." Le acaricia la espalda. "Podés hacer cualquier cosa."
"No puedo hacer cualquier cosa", dice Hamm.
"Podés hacer muchas cosas."
Hamm sonríe. "Puedo hacer más de una."
Ambos tienen que ir a cenar, así que Hamm se disculpa para ir al baño. Westfeldt aprovecha la oportunidad para hablar de Hamm. Después de quince años, siente que lo conoce bastante bien, pero entiende que otros no. "Tiene algo chapado a la antigua", explica. "Su círculo íntimo siempre fue el mismo. Los conoció en la primaria, en la secundaria o un par de años después de la facultad. Eso me parece encantador. No sé si tenga algún secreto que contarte." Agrega: "No hay ningún secreto".
En eso, Hamm vuelve del baño. "Sí que hay secretos", dice, con una sonrisa. "Pero van a seguir siendo secretos." A continuación, se pone la gorra, toma a Westfeldt de la mano y salen hacia la noche.
Por Josh Eells
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