
Eastwood, la madurez de un clásico
"Crimen verdadero" ("True Crime", Estados Unidos/1999). Presentada por Warner Brothers. Fotografía: Jack N. Green. Edición: Joel Cox. Música: Lennie Niehaus. Intérpretes: Clint Eastwood, Isaiah Washington, James Woods, Denis Leary, Lisa Gay Hamilton y Diane Venora. Guión: Larry Gross, Paul Brickman y Stephen Schiff, basado en la novela de Andrew Klavan. Dirección: Clint Eastwood. Duración: 126 minutos. Para mayores de 13 años. Nuestra opinión: Muy buena
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Conviene aclarar que el best-seller que generó esta película combina la elementalidad de una novela de John Grisham con un politizado alegato contra la pena de muerte del estilo de "Mientras estés conmigo". En manos de otro director y en el cuerpo de otro actor (en ambos casos, Clint Eastwood) no hubiera pasado de ser, en el mejor de los casos, un film convencional, menor, previsible.
Pero, claro, "Crimen verdadero" lleva el sello distintivo de un realizador (y también de un intérprete) que se agiganta con cada nueva película. Es que, más allá del mayor o menor interés que pueda despertar cada historia que elige, la presencia de Eastwood garantiza una solidez narrativa, un tratamiento de los personajes y un interés dramático que muy pocos autores en el mundo pueden ofrecer en el panorama actual. Además, con cada nueva película, el ya casi septuagenario director de "Los imperdonables" transmite una dosis mayor de placer por el cine. Sensible, relajado, solvente, divertido, la madurez parece sentarle muy bien a un cineasta que se encuentra en la plenitud de su capacidad creativa y en su mejor momento actoral.
En "Crimen verdadero" Eastwood interpreta a Steve Everett, un perdedor en todos los sentidos y órdenes de la vida. Ex periodista estrella de The New York Times, sus múltiples adicciones (al sexo y a la bebida, principalmente) lo desbarrancaron hasta la sección de información local del Oakland Tribune. En medio de una catarata de infidelidades (que incluyen desde menores de edad hasta la esposa de su editor), este patético, cínico, pero en el fondo también querible despojo humano intenta sin demasiados bríos sostener su lugar de padre y marido.
Tras el accidente automovilístico que sufre una joven y bella colega que cubría el caso de un muchacho negro condenado a muerte, el jefe de redacción (excelente, como siempre, James Woods) decide desempolvar a Everett y le pide que se ocupe de entrevistar al acusado pocas horas antes de la ejecución.
Con la estricta misión de realizar un artículo "de interés humano", nuestro antihéroe comienza a indagar y a descubrir que durante los seis años de apelaciones y sucesivas condenas se cometieron varios, demasiados errores. El conmovedor perfil psicológico se transforma, entonces, en una carrera contra el reloj para intentar develar la verdad del caso.
Narrada en un lapso de 24 horas, Eastwood consigue lo que parecía imposible: mantener el suspenso hasta la última toma a pesar de algunas torpezas de la trama policial; mostrar sin golpes bajos el drama de un condenado a muerte y de su familia, y -en el aspecto más logrado del film- describir con sensibilidad y profundidad las miserias personales y las contradicciones de su Steve.
Para quienes intuyan que "Crimen verdadero" es otra predecible apelación a la corrección política, cabe indicar que Eastwood eligió para sí uno de los personajes más despreciables e irredimibles de los últimos tiempos. Claro que, entre sus profundas arrugas, interminables borracheras y patéticos intentos de seducir a cuanta mujer se le cruce, deja aparecer ese costado positivo que el viejo Clint, intuye, existe en todo ser humano.
El que se ríe de todos
La película, afortunadamente, se aleja del tono sentencioso, de la denuncia fanfarrona. Eastwood se ríe de todos: de los periodistas, de las feministas, de los curas, de los funcionarios y, sobre todo, de sí mismo. Así, incluye a su ex esposa en la vida real (Frances Fisher) sólo para que le grite y lo trate de borracho; muestra a Diane Venora (su mujer en la ficción) echándolo de su casa, y trabaja con su pequeña hija (Francesca Fisher-Eastwood) para demostrar lo mal padre que es. En una escena con resultados entre hilarantes y desgarradores la pasea a toda velocidad, montada en un carrito, por un enorme zoológico porque sólo puede dedicarle media hora de su tiempo.
Seguramente, esta vigésima primera película de Eastwood como director no figure entre las mejores de su carrera. Pero tiene asimismo tantos valores, cautiva de tal forma, que cabe preguntarse si realmente importa el análisis comparativo. Queda dicho que cualquier trabajo de este grande del cine norteamericano justifica con creces una encendida recomendación.
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