
"Edgar" tuvo altibajos
Edgar; estilo e inspiración de la ópera "Edgar", de Giacomo Puccini (versión en tres actos). Teatro Roma, de Avellaneda. Habrá dos funciones más, el jueves y domingo próximos. Nuestra opinión: bueno
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Giacomo Puccini visitó Buenos Aires en 1905 invitado por el diario La Prensa y la empresa que regenteaba el Teatro de la Opera. Fue su primer viaje transoceánico (a los Estados Unidos viajó con posterioridad, en 1907), estuvo acompañado de su esposa, cobró un muy alto honorario y fue agasajado por inmigrantes italianos y personalidades de la sociedad local.
Para agasajarlo se dispuso una temporada con la inclusión de cinco títulos del ilustre visitante italiano. "La Bohéme", "Tosca", "Manon Lescaut" y "Madama Butterfly", y el estreno de una nueva versión de "Edgar", su segunda ópera, ya presentada en Lucca, Ferrara, Turín y Madrid.
Para la representación en Buenos Aires, Puccini hizo un retoque musical en el segundo acto y eliminó el preludio, de modo que la ópera ofrecida en el histórico teatro de la calle Corrientes fue un estreno mundial y un acontecimiento para los amantes de la lírica, que entonces tenían varias salas de la ciudad dedicadas al género, sin contar el Teatro Colón, que todavía se estaba construyendo.
Todo hace presumir que Puccini supervisó y colaboró durante los ensayos de "Edgar" en nuestra ciudad, e incluso pudo haber aconsejado el elenco, que estuvo integrado por la mezzosoprano Rina Giacchetti, la soprano milanesa Giannina Russ, el tenor Giovanni Zenatello, el barítono Enrico Nani, el bajo Remo Ercolani y el director de orquesta y compositor napolitano Leopoldo Mugnone.
"Edgar" se representó sólo la noche del 8 de julio de 1905. Podría presumirse que fue porque Puccini se vio envuelto en una situación enojosa de intereses comerciales con la empresa del teatro porteño. Estos datos agregan interés a la exhumación de "Edgar" en el Teatro Roma y provocan justificado orgullo para el gobierno municipal de Avellaneda. Fue artífice de la oportuna contribución el director de orquesta Fernando Alvarez, músico apasionado y capaz, que afrontó el desafío a pesar de los escasos recursos económicos disponibles.
La ópera es un género cuyo nivel de jerarquía artística, más allá de méritos individuales, suele ser proporcional a los presupuestos para ensayos, montaje escénico y los cantantes. La versión ofrecida reactualiza el tema de la valoración del libreto, a partir de los dichos publicados desde el estreno de la primera versión en cuatro actos, llevado a cabo en La Scala, de Milán, en 1889, sin el éxito esperado.
En este sentido, la historia del campesino flamenco que incendia y abandona su casa y a su amada Fidelia por seguir a Tigrana, una joven gitana mora de sensuales y provocativas costumbres, y que más tarde, contempla disfrazado de cura la ceremonia de su propio funeral, justifica los variados juicios de apreciación sobre "Edgar". Desde los elogiosos hasta los negativos, incluyendo el del propio autor, que dijo de su obra: "Es sopa recalentada. Siempre se necesita un argumento que palpite y en el que se crea, no una patraña..."
"Edgar" es una partitura que, como casi todas las escritas por el Puccini de la primera época, posee el sello de su talento y deja escuchar su espontánea capacidad melódica e interesante habilidad para la orquestación.
En el primer acto, el brillo de la escena de conjunto está logrado por los bronces y la expansión del tema melódico con buena intervención de las voces solistas y el coro. Es muy agradable y valiosa el aria de barítono Questo amor, vergogna mia ..., una de las pocas que escribió para la cuerda. En el segundo acto se destacan el solo del protagonista y el tratamiento del color y el ritmo para caracterizar la sensualidad de Tigrana, en tanto que es de indudable inspiración el suave y dulce lamento de Fidelia, que culmina con un expansivo momento coral, durante el tercer acto.
Llamativo desnivel
Fue llamativo el desnivel de calidad de la versión ofrecida, porque no es frecuente obtener tanta disparidad de resultados en una misma función, con un primer y segundo actos muy buenos, excelente desempeño de los cantantes, aceptable trabajo de la orquesta y coro, y un último acto pobre e incoherente. El barítono Leonardo López Linares, exhibiendo importante capacidad vocal; la mezzosoprano Virginia Correa Dupuy, aportando su reconocida experiencia en el canto, y la soprano Irene Burt, de segura musicalidad y matizada expresión, se lucieron.
El tenor Gustavo Porta, en el personaje protagónico, se mostró bien predispuesto y de voz sonora en los primeros momentos de la obra, para arribar a un tercer acto con un canto destemplado. La orquesta y el coro sumaron aquí desajustes y desequilibrios de sonido. La marcación escénica fue elemental, pero atinada en los primeros cuadros y poco ingeniosa en el tercero, donde no se advirtió alguna idea como para apoyar una escena cargada de sarcasmo y truculencia al modo del verismo de la época, del que, afortunadamente, el compositor se apartó con su estilo. Más allá de los altibajos de la representación, fue una noche que permitió apreciar una ópera plena de pasajes musicales de inconfundible inspiración pucciniana, bellas arias, importantes momentos corales e incuestionable fuerza dramática.
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