
Diez años de historia, tres álbumes y la promesa de una fiesta inolvidable
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Radiohead vende muchos discos en Chile. Nuestro pop-rock tiende a ser melancólico, dramático, quejumbroso. Somos los hijos más australes de América latina, pasamos frío casi la mitad del año y no tenemos Carnaval. En 1997, el ok Computer del quinteto inglés entró en la historia y en numerosas vidas locales. Ese mismo año, la alegría llegó con Santo Barrio y Tumbao rebelde, una licuadora portátil de ska, funk, punk y ritmos sabrosones diseñados para despeinar cabezas y mover culos. ¿Una banda pionera? “Sí, pero en un contexto”, cree Cristóbal González (voz y batería): “Había lecturas de otras épocas, estaban Los Jaivas en los 70 y la conexión con Joe Vasconcellos en los 90, pero cuando después apareció Cholomandinga, al fin sentimos que ya no estábamos solos, que teníamos unos partners”.
El comienzo de Santo Barrio, bajo alero Warner, fue auspicioso: el ep Tony Manero vendió mil copias y el álbum debut sumó más de 4 mil. Entonces llegó el apagón del proyecto Nuevo Rock Chileno. La mayoría de los artistas fichados por mayúsculas transnacionales terminó por volver a la escena independiente.
–¿Los 90 fueron una farra generalizada?
–Fue una gran borrachera, todos hablábamos de los millones que costaban los videos y de los discos que se iban a grabar afuera. Pero hubo falta de rigor. La piratería fue una especie de excusa de los sellos para detener un proceso armado a tontas y a locas que no estaba siendo rentable. Somos sobrevivientes de los 90. Ahora este escenario más chungo nos obliga a trabajar más. Nos hicimos profesionales, no somos bandas que estamos jugando ni por capricho.
–Cuando se fue César Farah y el bajista Iván Núñez asumió como vocalista, ¿sintieron que parte de la prensa y los fans pusieron una lápida sobre la banda?
–Sin César estuvimos en tela de juicio. También a Gondwana le significó mucho remontar la partida de Quique Neira, excepto en el extranjero, donde han continuado como antes. En todo caso es un tema superado, han pasado cinco años, hubo una renovación de nuestro público. Creo que Iván tiene más posibilidades vocales que César.
La voz protagónica de Núñez se apoderó de Ahora es cuando (Sello Azul, 2002) y del flamante Plan maestro, distribuido por GmbH Discos y cargado de un ejército de colaboradores: desde el amigo Vasconcellos hasta Horacio Blanco, de los próceres del ska venezolano Desorden Público. Otra vez la prensa especializada, dividida: para algunos el desempeño de Núñez es un hallazgo; para otros un lastre que frena el despegue definitivo del combo. González asume el tema con sabiduría: “Todos tienen derecho a una opinión, nosotros sabemos que nuestro trabajo siempre puede ser mejor”.
–¿Qué falta entonces para la consolidación de Santo Barrio?
–Hablar de despegue en términos comerciales es muy delicado. Sabemos que hay maquinarias poderosas capaces de levantar productos débiles. Hay muchos otros elementos en juego, por ejemplo, entrar en la radio es más difícil. Tenemos respaldos y espacios menores, pero sabemos que existe un público que no se siente identificado con las propuestas masivas y televisadas.
–¿Cuáles son las jugadas de Plan maestro?
–La misma intensidad, pero con una producción más sofisticada. Queríamos un disco representativo de lo que hacemos en vivo. En Ahora es cuando, bajo la premisa de la diversidad, nos dimos la pasada con temas de relleno, hay un par de extraños instrumentales de transición. Para este disco, la idea era lograr una estética representativa, una expresión más madura de mestizaje. Gelson (Briceño, productor venezolano) ayudó a dar una mejor estructura, más colores y timbres. Fuerza, pero con detalles.
La próxima movida es planificar una nueva gira europea, masticando el mantra de una década en el camino: retroceder nunca, rendirse jamás. A veces bailas con la bonita, a veces con la fea.




