
El amor en tiempos violentos
"Plata quemada" (Argentina-España-Francia-Uruguay/2000). Producción de Oscar Kramer y Cuatro Cabezas presentada por Líder Films. Fotografía: Alfredo Mayo. Edición: Juan Carlos Macías. Sonido: Carlos Abbate y José Luis Díaz. Dirección de arte: Jorge Ferrari y Juan Mario Roust. Intérpretes: Leonardo Sbaraglia, Eduardo Noriega, Pablo Echarri, Leticia Brédice, Ricardo Bartis, Dolores Fonzi, Carlos Roffé, Daniel Valenzuela y Héctor Alterio. Guión: Marcelo Figueras y Marcelo Piñeyro, basado en la novela de Ricardo Piglia. Dirección: Marcelo Piñeyro. Duración: 125 minutos. Para mayores de 18 años. Nuestra opinión: buena.
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"Plata quemada" está muy bien filmada, quizá demasiado bien filmada. Lo de demasiado tiene su explicación: por momentos, la obsesión de Piñeyro por la forma (desde el más mínimo haz de luz hasta la textura de la imagen, pasando por el más tenue movimiento de cámara) conspira contra la credibilidad y la potencia dramática de una escena. Es como si el innegable y creciente talento narrativo del director distanciara al espectador, como si la sofisticación visual terminara enfriando una trama que se pretende sórdida y desgarradora, rica en contradicciones psicológicas, pasiones amorosas y arranques violentos.
Aunque en la inevitable (e injusta) comparación con la novela de Ricardo Piglia el film pueda salir desfavorecido, no puede reprochársele al dúo Figueras-Piñeyro el no haber arriesgado en la adaptación, ya que no se intentó traducir en imágenes las principales situaciones del libro de manera lineal. Los guionistas se basaron muy libremente en la obra original -que a su vez recupera un sangriento caso policial que ocupó la primera plana de los diarios en 1965- y recrearon, construyeron su propia versión. Porque "Plata quemada" -la película- es, mucho antes que un film de acción, una historia épica de redención a través del amor.
La apuesta es fuerte, provocativa, no apta para espíritus impresionables o conservadores, porque se arriesga hasta límites muy pocas veces vistos en el mojigato cine argentino en la exaltación de una relación homosexual, en el consumo de drogas duras, en la presentación de desnudos frontales tanto masculinos como femeninos o en pasajes de violencia seca, por momentos brutal.
Por más que se asiente sobre una estructura propia del cine policial (armado de la banda, planificación del golpe, el asalto, la fuga, las traiciones y el enfrentamiento final), la película apunta a desentrañar los comportamientos de tres renegados (¿héroes?) en circunstancias límite y centra su mirada en la torturada relación -dominada por los celos, las represiones y los deseos no consumados- entre el Nene (Leonardo Sbaraglia) y Angel (Eduardo Noriega), con el Cuervo (Pablo Echarri) como el tercero en discordia, el testigo involuntario y muchas veces también el provocador.
Pero los desajustes de la película no surgen de lo excesivo, lo explícito o lo revulsivo de la trama, sino con ciertas decisiones artísticas. Piñeyro, por ejemplo, no sólo se juega con un anacronismo de actitudes y de lenguaje (por momentos, parecen tres jóvenes de hoy enviados a los años 60), sino que apela a una redundante y abrumadora voz que narra los hechos en el arranque, que luego deviene en un off subjetivo (y pretenciosamente poético) de cada uno de los protagonistas, para abandonarlo por completo al promediar el metraje.
Los desniveles tienen que ver además con los diversos registros elegidos para distintos pasajes del relato: el director de "Tango feroz", "Caballos salvajes" y "Cenizas del paraíso" arranca el film con gran fuerza (excelente la secuencia del golpe), luego lo encierra, lo dilata (y le cuesta sostenerlo) con los tiempos muertos y las distintas salidas del aguantadero, y vuelve a levantarlo en una notable media hora final.
También resulta demasiado burda la utilización del montaje paralelo a-la-"El Padrino" (el Nene mantiene sexo oral con un gay mientras Angel se persigna en una iglesia; el Nene hace el amor con una prostituta mientras Angel intenta suicidarse) así como el subtexto religioso a-la-"Un maldito policía".
La nueva pandilla salvaje
Precisamente, las referencias a los films de Francis Coppola o de Abel Ferrara no son gratuitas, porque "Plata quemada" aparece como un cruce entre el cine de fines de los años 60 y comienzos de los 70 con el neo-noir de la década del 90. Un puente que va desde "La pandilla salvaje", de Sam Peckinpah, hasta "Perros de la calle", con algunas citas demasiado obvias a "Los sospechosos de siempre", de Bryan Singer, y a "Tiempos violentos", también de Quentin Tarantino (no hay uno, sino dos bailes de twist).
La minuciosa, compleja y creíble composición del Nene a cargo de Sbaraglia es lo mejor del film a nivel interpretativo, mientras que Echarri aporta su potente magnetismo (es uno de los actores jóvenes argentinos que mejor da en cámara) y el español Noriega, si bien abusa de algunos gestos, miradas y tics, alcanza a sacar a flote a su sufrido Angel. En cambio, los personajes femeninos (una recurrente carencia del cine de Piñeyro) tienen escasa sutileza y desarrollo dramático, tanto en el caso de la prostituta Giselle (Leticia Brédice), con la cual el Nene se confiesa y cree encontrar una vía de escape, y Vivi (Dolores Fonzi), la fogosa novia del Cuervo.
Dentro de un altísimo estándar industrial que se ubica muy por encima en todos los rubros técnicos de cualquier película nacional, en "Plata quemada" hay una inteligente utilización de la banda de sonido y de los temas musicales. El personaje del Cuervo -un émulo de Vittorio Gassman- es acompañado por clásicos de la canción popular italiana de los años 60, mientras que la relación entre el Nene y Angel es trabajada con climáticos tangos y blues de fondo. Canciones tristes, pero que ayudan a renovar la tesis piñeyreana : en "Plata quemada", a pesar de todo, el amor sigue siendo más fuerte.





