
Con Leonardo DiCaprio
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Vuela, vuela
Esplendor narrativo y el más puro entretenimiento.
Howard hughes es un misterio. Heredero de una fortuna familiar, quedó huérfano a los 18 años. A los 22, en 1928, dirigió Hell´s Angels , la película más cara de la historia del cine hasta ese momento, financiada con su propio dinero. Al mismo tiempo, se involucró en el negocio de la aviación, se transformó en uno de los hombres más ricos de su país, vivió con algunas de las divas más cotizadas de Hollywood (Jane Harlow, Katharine Hepburn, Ava Gardner y Jane Russell) y tuvo dos accidentes graves, en uno de los cuales, tras estrellarse con su avión en pleno Beverly Hills, casi pierde la vida. Se sabe que padecía una obsesión compulsiva por la limpieza que le imposibilitaba hasta dar la mano. Progresivamente, su neurosis lo fue alejando del mundo. Aunque era poseedor de una fortuna incalculable, terminó sus días encerrado en un bungaló, adicto a la morfina. Lo encontraron muerto a los 70 años: tenía fragmentos de agujas clavados en los brazos y hacía años que no se bañaba, ni se cortaba el pelo ni las uñas. Parte de esta historia, la más glamorosa, que va de los años 30 a los 50, es la que cuenta Martin Scorsese en El aviador . El cine en su momento se había ocupado, al menos tangencialmente, de Hughes: lo hizo Jonathan Demme en Melvin y Howard , y Francis Coppola en Tucker .
Todo comienza con una escena de la infancia que remite inmediatamente a El ciudadano , la obra maestra de Orson Welles sobre el millonario de ficción Charles Foster Kane, una película que, en efecto, plantea un misterio acerca de su personaje y lo desentraña. La escena (la madre baña al joven Hughes mientras lo previene sobre el contagio de enfermedades) existe sólo para atribuir todo lo que la película no puede explicar sobre una supuesta fijación enfermiza del huérfano Hughes con su madre. Las referencias edípicas abundan (la obsesión de Hughes con los pechos, su manía de beber sólo leche), aunque por momentos parecen venir a señalar todo aquello que la película no explora: las excentricidades de Hughes, sus motivaciones, sus neurosis.
Es probable que el realizador haya decidido hacer esta película no para explicar su personaje, sino para retratar su mundo. Scorsese está enamorado del período dorado de Hollywood aunque, cosa rara, ésta es la primera vez que ingresa en él mediante una ficción. Con su consabido ritmo maníaco, que se lleva de maravillas con su hiperkinético personaje, Scorsese reproduce deliberadamente el color, el estilo y la suntuosidad de las grandes producciones de la mgm de los años 40 y 50. En ese terreno, la película es un triunfo. Es una superficie fastuosa que brilla con la intensidad de un cine que ya no se hace, al que el realizador le rinde homenaje. Es, también, un entretenimiento genuino: no hay un fotograma aburrido en sus 168 minutos.
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