
El bueno, el malo y Eli Wallach
Cuando hace cinco años Eli Wallach publicó su autobiografía a nadie le sorprendió el título: El bueno, el malo y yo . Ningún otro personaje de los muchos que animó en cincuenta años de cine había quedado tan fijado en la memoria del público como aquel "feo" y malicioso Tuco que Sergio Leone le confió para el western spaghetti, que se volvió clásico. "Ese papel fue como una bendición para mí", confesó. Era un aventurero tramposo, pícaro, dispuesto a todo por el dinero, pero irresistiblemente simpático. Es decir, un compromiso a la medida de su carisma: siempre hay en los personajes de Wallach algo que despierta la adhesión del espectador. Será por el inextinguible brillo de sus ojos como chispitas o por esos dos dientes que le asoman, aun en las situaciones más dramáticas, y parecen el anticipo de una sonrisa traviesa. Raramente ha asumido en cine el papel protagónico y es probable que muchos no recuerden su nombre, aunque lo hayan visto en decenas de películas, pero basta una aparición suya, por fugaz que sea, para que se repita el fenómeno. Como sucedía, por ejemplo, en Río m ístico, con el vendedor de licores que daba información acerca del arma con la que se había cometido un homicidio. O como sucede ahora con el viejito ermitaño que vive junto a la playa y ayuda a El escritor oculto a orientar su investigación. A los 94 años (los cumplió en diciembre), pálido y delgado, sigue conservando la autoridad y el carisma. Y el humor. No piensa retirarse, pero si se le pregunta por sus proyectos, contesta: "A mi edad, cada día es un proyecto". Se lo acaba de ver en Cannes, en la secuela de Wall Street que rodó Oliver Stone.
* * *
Nacido en Brooklyn, de familia judíopolaca, Wallach hizo sus primeros trabajos como actor con un grupo amateur. Apenas se había graduado en la Neighborhood Playhouse (y ya había perdido la visión del ojo derecho a causa de un accidente) cuando se alistó en el ejército. Sólo después de la guerra, en 1945, debutó en Broadway y se incorporó al Actor´s Studio. Dos piezas de Tennessee Williams afirmaron su prestigio: Camino real y La rosa tatuada , que le dio un premio Tony. Siguió fiel al teatro durante seis décadas, aunque en 1956 comenzó su carrera en el cine como el lascivo siciliano que seducía a Carroll Baker en Baby Doll . Fue después el empalagoso camionero que rondaba a Marilyn Monroe en Los inadaptados ; el pistolero mexicano que en Los siete magníficos (versión de Los siete samuráis dirigida por John Sturges) mostraba en qué gastan el dinero los bandidos: camisas de seda, monturas costosas, un par de dientes de oro; el mafioso loco por los dulces de El padrino III . Hizo, en fin, un poco de todo, desde aventuras submarinas ( Abismo ), dramas épicos ( Genghis Khan ) hasta films románticos ( Permiso de amor hasta medianoche ) o comedias ( Cómo robar un millón de dólares ), pero buena parte de su fama se la debe a los westerns spaghetti (el decisivo El bueno, el malo y el feo , de Sergio Leone; Los cuatro del Ave María , primer film de Terence Hill como Trinity, o Viva la muerte... tuya , al lado de Franco Nero), que le permitieron sobrevivir cómodamente cuando no le llovían propuestas de Hollywood.
Sin embargo dice siempre que por ningún personaje tuvo tanta respuesta del público como por el Capitán Frío de la vieja serie televisiva de Batman .
Aunque quizás ésa sea otra de sus bromas.
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