
El cantor flamenco que se transformó en leyenda
Sus discos Omega y Homenaje a Don Antonio Chacón fueron bisagra para el género; tradicional y transgresor, dejó un legado irreemplazable
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Podría decirse que Enrique Morente hizo todo lo que tenía que hacer. Dejó una discografía increíble, con trazos geniales, producciones que cambiaron la historia del flamenco y obras que son columna vertebral del arte jondo para las futuras generaciones. Dejó tres hijos, de los cuales se sentía orgulloso y que siguen sus pasos: Estrella, de 30 años, una de las mejores voces femeninas de su tiempo; Soleá, de 25, que también canta y se recibió en Filología Hispánica, y el pequeño Enrique, 20 años, que acompaña a su padre, quien le había brindado un par de elogios: "No tiene solución, es cantaor. Puede ser muy bueno". Dejó una vida junto a la mujer que amaba, Aurora. Y un disco póstumo: El barbero de Picasso , del que había participado del proceso de mezcla antes de su internación para una intervención quirúrgica de un cáncer de estómago en la clínica madrileña La Luz. Ayer, Morente dejó el mundo físico a los 67 años, y parece que terminara una era para el flamenco: una semana atrás había fallecido el productor Mario Pacheco, creador del sello Nuevos Medios y de la etiqueta Nuevo Flamenco.
A diferencia de otros artistas, el cantaor que marcó su tiempo con su arte y su cante era en vida una leyenda para el mundo hispano. Junto a Camarón de la Isla y Paco de Lucía, renovaron y pusieron patas arriba el género en los setenta. La transgresión y el clasicismo formaron parte de su estilo, desde que apareció en el Zambra. Siempre fue un atrevido: cantaba coplas contra el franquismo en pleno régimen, abordó la poesía mística de San Juan de la Cruz, la verba testimonial de Miguel Hernández, la modernidad del Federico García Lorca de Un poeta en Nueva York yhasta cantóa Leonard Cohen por bulerías junto al grupo de rock Lagartija Nick.
Morente fue como el yin y el yang para la cofradía flamenca: fue uno de los discípulos más nobles y devotos de la tradición y a la vez la oveja negra y rebelde, que llevó los límites del flamenco a sus extremos. "Para mí sería imposible vivir sin esas dos corrientes porque, respetando el trabajo de todo el mundo, yo pienso que el arte debe servir para estar en el momento en que se vive. El pasado no tiene solución; se ha ido. A mí me gusta mucho imaginarme las voces de hace tres siglos, pero para usarlas en el momento de hoy."
Esa es una de las claves de su discografía desde que apareció en los setenta y en la que se destacan dos discos fundacionales, el viejo y el nuevo testamento flamenco: Homenaje a Don Antonio Chacón (1977) y Omega (1996),junto al grupo Lagartija Nick "Yo soy cantaor clásico de toda la vida, de los cantaores del corte de siempre, y realmente es lo que más me gusta y es lo mío -confiaba Morente en una entrevista a La Nacion-. Pero también me gusta mucho lo rabiosamente atrevido y actual. Me gustan los dos extremos."
Enrique Morente siempre desafió naturalmente a la afición flamenca. Cada disco era un paso adelante, y eso lo llevó a salir de la pequeña aldea para que su arte diera la vuelta al mundo. En su última visita a la Argentina, decía que se sentía a "gustito" cantando con los mismísimos Sonic Youth ("una banda que me encanta por ser anticonvencionales y valientes") y que podía cambiar el chip para cantar soleas y martinetes a la manera antigua en su disco y documental Morente sueña L a Alhambra. Su voz de trueno hacía de canal entre el flamenco más ortodoxo y las fusiones con distintas músicas del mundo. Era natural en él. Así lo explicaba: "Es que el arte para que sea arte tiene que ser universal. Hay que mirarlo con una idea que no sea de barrio, de provincia, porque no hay ningún arte que sea de una calle sola, aunque el de esa calle sea el que más nos guste. La música no puede ser racista. Miles Davis hizo un pedazo de saeta. Chick Corea ha hecho flamenco grande. Eso hace que el arte sea arte".
Manolo Sanlúcar, uno de los mayores guitarristas del género, lo definió como "La catedral del flamenco". Morente se consideraba simplemente un obrero. Nacido en un hogar pobre de Granada, la música flamenca se transformó en su escuela de vida: "Según los estudiosos, el flamenco puro nace en las familias de artistas, como hoy ya lo son mis hijos, por ejemplo, pero yo no pertenezco a esa clase de cantaor. Mi madre cantaba mejor que yo, pero no era profesional. La voz y la afinación vienen de ella. Con lo cual, yo salgo cantaor como otros tantos muchachos que viven en Andalucía porque no sabíamos hacer otra cosa. Lorca me llevó a la poesía cuando era semianalfabeto".
En persona tenía un humor filoso y la actitud de un aprendiz. Todo ese rasgo de solemnidad catedrática, que transmitía cuando cantaba por los palos duros del flamenco, se esfumaba con su ironía: "Soy un cantaor de plástico. En realidad, yo me he tenido que inventar. Según los estudiosos, yo no soy nada auténtico. ¡Vamos! Y me parece extraordinario porque, por lo menos, el resto de la población flamenca es auténtica y yo no lo soy. Creo que llevo una mínima de ventaja. Ser diferente como cantaor". A su manera, así fue el cante flamenco de Enrique Morente Cotelo.



