
El clamor de una heroína que cae en oídos sordos
Nuestra opinión: Buena. "Las visiones de Simone Machard", de Bertolt Brecht, con Soledad Silveyra.
1 minuto de lectura'
Además actúan Jean-Pierre Reguerraz, Marcelo Nacci, David Masajnik, Emilio Bardi, Rubén Stella, Horacio Derron, Gabriel Conlazo, Zuni Lemos, Claudio Da Passano, Juan Branca, Raúl Rizzo, Gonzalo Costa, Juan Manuel Gil Navarro, Noemí Morelli, Eduardo Santoro, Genoveva Rodríguez, César Pruzzo, Elsa Berenguer y Pachi Armas. Dramaturgia: Robert Sturua y Patricia Zangaro. Diseño de iluminación: Graciela Galán y Robert Sturua. Escenografía y vestuario: Graciela Galán. Dirección: Robert Sturua. Duración: 149 minutos y un intervalo. En el Teatro Presidente Alvear.
El heroísmo, la solidaridad, los principios de libertad, la dignidad, la supremacía de los valores humanos por sobre las mezquindades y egoísmos mundanos, se revelan a la luz de la reflexión. Son los temas recurrentes en la obra de Brecht y, aparentemente, el autor encuentra, en la figura de Juana de Arco, el arquetipo que resume todas estas cualidades y que le permite proyectar una luz poco familiar sobre la conducta moral y social de los hombres.
De esto dan testimonio "Santa Juana de los Mataderos", "Proceso a Santa Juana" y ahora, "Las visiones de Simone Machard", piezas que ponen de relieve una vez más que el carácter heroico y trágico, según la visión del autor, encuentra una mayor significación cuando los vuelca sobre los personajes femeninos.
Si bien en los dos primeros textos la protagonista es la propia heroína, en Simone, Brecht recurre a una adolescente con las características de bondad, ingenuidad, inocencia y sobre todo con una fuerte carga de idealismo, que cree encontrar su destino emulando a Santa Juana.
Ella es una chica que trabaja en una hostería, su micromundo, y vive en un destartalado coche, su pequeño lugar personal, espacio donde va a dar impulso a sus fantasías dentro de un espacio etéreo e irreal y donde cada personaje va a jugar un rol diferente para ajustarse a la historia de la Doncella de Orleáns.
La guerra, otro tema constante en la dramaturgia del autor alemán, es el marco del devenir de las acciones. La invasión, esa amenaza constante y cada vez más cercana, va regulando la vida de los habitantes del lugar, todos relacionados laboralmente con la hostería.
Allí, en ese mundo de mezquindades que genera la carencia de elementos vitales de subsistencia, Brecht enfrenta al altruismo y la supervivencia, hasta demostrar que el primero, representado por apenas una minoría, sucumbe bajo el peso multitudinario de los que prefieren permanecer indolentes.
Claro que parte de una concepción un tanto maniquea, pero cabe señalar los matices que se distinguen entre el oportunismo, la cobardía, el temor, el colaboracionismo y la codicia.
Frente a todo esto se yergue Simone, con su cuerpo diminuto y sus escasos años, y acepta, a la manera de la Doncella de Orleáns, sacrificarse antes que renunciar a sus ideales. Y la sacrifican.
Cristalizando la imagen Para elaborar esta puesta, Robert Sturua cuenta con el aporte, siempre creativo a la hora de componer imágenes dramáticas, de Graciela Galán.
Si bien la obra fue escrita en 1945 y remite inexorablemente al expansionismo alemán en Europa, el diseño escénico elaborado con acrílicos, plásticos y transparencias (denunciando una fragilidad espacial), los apuntes musicales de resonancias heavy y la iluminación, agresiva por momentos y sugerente en otros, dan al ambiente un aire de modernidad cercano a nuestros tiempos.
Sturua elabora especialmente en las visiones de Simone una iconografía de gran atractivo visual, pero su desciframiento total puede escapar en una primera lectura, sobre todo cuando el tránsito de la realidad a la fantasía no se registra con una claridad precisa.
Pero allí está el pensamiento de Brecht, conjugado con anacronismos, con un remozamiento literario que la beneficia, con algunos apuntes de su teoría de teatro épico, apenas unos pequeños espacios narrativos.
Si bien el planteo alberga cierta ingenuidad, lo atractivo es la nueva mirada que propone el director sobre un texto de Brecht; mirada que también alcanza a los actores que escapan de un lineamiento esquemático para alcanzar una carnadura original. Sabemos que son personajes brechtianos que tratan de escabullirse de un enfoque emocional, pero sin embargo encuentra un punto de equilibrio al contrarrestar un eventual distanciamiento con algún toque paródico. Sería extenso detallar la labor de todo el elenco, pero todos, en mayor o menor medida, se ven afectados por esta marcación y se muestran convincentes.
Esto también recae en la protagonista, Soledad Silveyra, que lleva el peso y el esfuerzo de la permanencia en escena. Si bien no se entiende a la luz de los requerimientos dramáticos por qué aparece en la primera parte, a partir del vestuario, como una mezcla del Principito de Saint Exupéry y la Raulito, ya en la segunda parte su vestimenta se ajusta a su condición de niña adolescente, personificación que la actriz desarrolla con solvencia y verosimilitud, lo suficiente como para justificar que esa pequeña adolescente, en última instancia, es otra de esas víctimas que la guerra impávida inmola para justificar su existencia.
"Las visiones de Simone Machard", como en su época, vuelve a convertirse en el espejo de una realidad que a fin del milenio, lamentablemente, parece no tener fin.





