El Colón desconocido: los secretos de la “ciudad oculta” a 15 metros de profundidad
Un tercio de la superficie total de la primer coliseo porteño se extiende debajo de su plaza seca y de sus veredas, hasta llegar a la Avenida 9 de Julio, por donde miles de peatones y vehículos circulan a diario sin saberlo
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Un palo borracho fue plantado en una de las plazoletas que está entre la Avenida 9 de Julio y la calle Cerrito. La particularidad que tiene este frondoso tronco, con espinas y lleno de pájaros en su follaje, es que sus raíces nacen a 15 metros de profundidad en un patio interno ubicado en el tercer subsuelo del Teatro Colón. Sí, además de todo lo que sabemos sobre este gigante de la ópera, la clásica y el ballet, el Colón tiene este hermoso palo borracho.
En medio de una tarde nublada, sus hojas verdes se asoman a la superficie de la plazoleta. A simple vista, parece ser uno de los arbustos que hay allí. Pero no. A lo largo de los cuatro pisos que atraviesa la planta hay una escalera que nace en la superficie del patio interno del Colón, que va atravesando talleres de escenografías, oficinas, salas de ensayo, el comedor del personal, estanterías con pelucas, el taller del calzado e infinidad de sectores de esta fábrica de melodías, historias fantásticas y movimientos hipnóticos.
La escalera culmina en la superficie justo frente a la gran puerta de ingreso del Colón por donde circulan bailarines, músicos, cantantes de ópera y todo el personal de este teatro histórico. Tan fuera de cierto sentido común es todo en este mundo y en este submundo que cuesta pensar, imaginar que el mismo Colón se extiende bajo tierra por donde transitan miles de autos y miles de peatones que circulan -literalmente- por los techos del Colón.
Es que hay otro teatro más allá de su noble arquitectura original, su esplendorosa sala, sus elencos estables, sus salones y el prestigio de las figuras que lo han habitado y lo habitan.
En ese histórico edificio de 58.000 metros totales hay infinidad de recovecos, pasillos que no cualquiera pueda circular, palcos escondidos, panorámicas únicas y un subsuelo que pertenece al edificio histórico. Pero hay otro Teatro Colón del que se percibe desde la Avenida 9 de Julio o de la Plaza Lavalle porque se fue expandiendo bajo tierra. Tal vez, un Colón desconocido, pero por cuyo techo circulamos imaginando que es una vereda más, sin saber que allí debajo es donde bailarines del Ballet Estable y músicos de la Orquesta están ensayando una obra que irá a parar al gran escenario.
Cuando el Colón abrió sus puertas, la noche del 25 de mayo de 1908, con una función de Aída, de Verdi, en ese momento ni autos, ni tranvías ni carruajes circulaban por los techos de sus subsuelos, que avanzan más allá del límite perimetral de su planta arquitectónica original. De hecho, ni existía la Avenida 9 de Julio, hacia donde mira la entrada del personal. El primer tramo de gran avenida se construyó en 1937. Justamente durante esa década fue cuando el Colón subterráneo empezó a expandirse hacia la calle Viamonte. En la década del 70 fue creciendo debajo de la calle Cerrito, hasta llegar a la misma vereda de la 9 de Julio.
En términos de metraje y de número, la cosa es así: la superficie total cubierta del edificio histórico es de 37.884 metros cuadrados. En 1938, se destruyó una plaza para construir el taller y depósito de escenografía subterráneos bajo el área verde que da hacia la calle Viamonte (Plaza Vaticano). Aquella vez se sumaron 8200 metros cuadrados.
A principios de los 70 vino la segunda expansión. Esa vez se agregaron otros 12.000 metros cuadrados. En uno de sus rincones a cielo abierto es en donde está el ceiba speciosa (al que todos conocemos como palo borracho).

Por lo cual, de los 58.000 metros cuadrados de esta gran fábrica de ópera, danza y música, unos 20.200 están distribuidos en distintos niveles, comunicados entre sí por debajo de veredas y la cinta asfáltica. Así es que, cuando transitamos por la plaza seca, por la vereda de Cerrito, por esa misma calle, por la plazoleta de la 9 de Julio y por sus veredas periféricas, lo hacemos también, sin pensarlo por los techos del Colón. Aunque cueste creerlo.
El Colón invisible, I: la plaza que oficia de techo del taller de escenografía
Lo que vemos. Cuando el Teatro Colón se inauguró con Aída, de Giuseppe Verdi, la plaza que da hacia Viamonte todavía no estaba terminada. Recién al año siguiente, en 1909, el ingeniero paisajista Carlos Thays (creador de tantas plazas y parques emblemáticos de todo el país) pudo inaugurarla. Contaba con un diseño pensado para la circulación de los carruajes de la época hacia el pasaje cubierto del Colón (Pasaje de los Carruajes), en donde funcionan hoy la boletería y el bar. Allí mismo había una escultura de Martín Noel en su espacio central, rodeada de arbóreas bajas, palmeras, balaustradas, bancos y columnatas de iluminación.

La noble plazoleta diseñada por Thays le daba una continuidad orgánica con la Plaza Lavalle, pero fue demolida en 1937, cuando comenzaron las primeras obras de ampliación del teatro. En su subsuelo se construyó el taller de escenografía. Arriba, el monumento “El Progreso”, que ocupaba un lugar central, fue removido y trasladado al Parque Los Andes, de Chacarita. De una cuidada plaza que dialogaba con el entorno urbano pasó a ser una impersonal playa de estacionamiento.
En 1957, se abrió el Pasaje Toscanini, que corre en paralelo a Viamonte. El director de orquesta fallecido ese año se había presentado en el Colón en 1912, en 1940 y en 1941. En 1971, según una investigación de las arquitectas Cristina Herrero y María Fernanda Sosa, la municipalidad de la ciudad le encargó al arquitecto Amancio Williams (el que diseñó la Casa sobre el Arroyo, en Mar del Plata) el proyecto para un monumento que se ubicaría en la antigua plaza devenida en parking. Allí se iba a montar una escultura en homenaje a los nueve bailarines del Teatro fallecidos en el accidente aéreo del año 1971, entre los que estaban las primeras figuras Norma Fontenla y José Neglia.
El monumento de corte futurista llevaba un sofisticado equipo de rayos láser que se encendía cuando había función y se apagaba cuando el telón bajaba. Nada de eso se concretó. Finalmente, el monumento que rinde homenaje a las primeras figuras del ballet se instaló en la Plaza Lavalle, con una escultura de Carlos de la Cárcova que fue inaugurada en 1972.

En 1987, ordenanza municipal de por medio, se propuso la puesta en valor de la plaza que llegó a tener dos nombres simultáneamente. La confusión la explicó a LA NACION Fernando Finvarb, quien en 2000 presidía la Comisión de Cultura de la Legislatura porteña. “En 1993, pusieron el nombre de plazoleta Alberto Ginastera porque allí no había ningún cartel que indicara su denominación original -sostuvo-. Pero no hubo ley ni ordenanza que avalara el nombramiento. Cuando el por entonces jefe de Gobierno Fernando de la Rúa quiso regularizar la situación, la comisión de nomenclaturas informó que la plaza ya tenía un nombre". Así fue como a esa placa con el nombre de Plaza Ginastera, en reconocimiento a una figura clave de la música argentina, hubo que sacarla.
En cierto modo, recién en 2011 la ciudad enmendó el hecho. Le puso el nombre de Plazoleta Alberto Ginastera al espacio verde que es casi una continuación del edificio Kavanagh, en donde hay una escultura de Federico Peralta Ramos. Fue, si se quiere, un gesto de reparación histórica.
Como parte del Masterplan, el largo y complejo proceso de recuperación y actualización tecnológica del Teatro Colón que se inició durante el gobierno de Aníbal Ibarra y culminó durante la gestión de Mauricio Macri, la plaza se convirtió en un obrador. En 2012 se inauguró una nueva versión de la plaza seca que, en páginas oficiales, figura tanto como Plaza Vaticano como Plaza Estado del Vaticano.
Demolición
Durante ese período se demolió el antiguo solado de un metro de espesor que oficiaba de techo y piso de la plaza, hasta que quedó como se lo ve ahora, con sus torres de ventilación, las salidas de emergencia, tomas de aire, claraboyas, bancos y una gran pantalla de led de 13 metros de largo, 10 de ancho altura y 1,50 de profundidad.
En mayo de 2018, para el festejo de los 110 años del Colón, se emitió en vivo la ópera Aída en la gran pantalla, ante unas 4500 personas. A partir de ahí, la gran pantalla (y también muro visual) durante un tiempo estuvo apagada. Ahora mismo se proyectan allí videos institucionales del Colón.

Así como la antigua plaza arbolada y de un diseño exquisito inaugurada en 1909 se terminó convirtiendo en un espacio seco, el proceso de mutación de esa gran explanada dominada por el cemento continúa. Viniendo de la 9 de Julio hacia Plaza Lavalle, justo detrás de la pantalla, está instalado el obrador para lo que será la nueva sede del Instituto Superior de Arte (ISA), que estará ubicado en uno de los subsuelos del Colón que se fue expandiendo bajo tierra. Creado en 1960, el ISA es de donde se forman profesionales del arte lírico, coreográfico, musical y experimental. La dirección del teatro no especifica la fecha de la apertura de este otro espacio subterráneo.
Lo (casi) invisible. Fue en 1938 cuando el Teatro Colón amplió su sótano hacia la plaza seca, sumando 8200 metros cuadrados. La segunda ampliación culminó en 1972 y estuvo a cargo del estudio del arquitecto Mario Roberto Álvarez. Así fue como el taller de escenografía y su depósito se comunicaron con el nuevo sector subterráneo que llega hasta la Avenida 9 de Julio. El estudio del reconocido arquitecto venía de diseñar y construir junto con Macedonio Ruiz el Teatro San Martín (1960), la remodelación del Teatro Nacional Cervantes luego de su incendio (1969) y el Centro Cultural San Martín (1970).
Debajo de la plaza hay un gran espacio de 16 x 18,50 metros, sin columnas intermedias, en donde trabajan los artistas de los talleres de escenografía del Colón. Al lado, un depósito de escenografía y, cerca de allí, un montacargas de 12,45 por cuatro metros de plataforma que es capaz de bajar o subir una carga de 25.000 kilos.
Nicolás Ancona y su equipo de escenografía están ahora trabajando en un rompeviento, tela que se cuelga de la parrilla del escenario que se usará en El lago de los cisnes, que será el primer título de la temporada 2026. El enorme espacio de piso de pinotea tiene las dimensiones del fondo del escenario. El techo de este gran salón de varios metros de altura es el piso de la Plaza Vaticano. De hecho, hay una serie de claraboyas que permite la llegada directa de la calle. En mediodías de sol radiante es un problema para los artistas, que deben estar pendientes de imperceptibles detalles cromáticos siguiendo precisas indicaciones a las que se accede por distintos códigos QR.
El Colón invisible, parte II: el patio interno con su palo borracho
Lo que vemos. Cuando se inauguró el Teatro Colón, en 1908, aunque cueste creerlo, la Avenida 9 de Julio no existía. Es que la historia de esa arteria central de Buenos Aires se inició en 1912, cuando aprobaron el proyecto de construcción creado con la idea de abrir una avenida de norte a sur. Los primeros trabajos se inauguraron en 1937 con una avenida de más de 100 metros de ancho y 500 de largo, desde Tucumán a Bartolomé Mitre. Recién en 1971 se amplió hasta las avenidas Santa Fe e Independencia.

En ese complejo proceso hasta llegar a los tres kilómetros de extensión, el diseño original de la avenida incluye plazoletas de unos 30 metros de ancho que las separan de las calles Cerrito y Carlos Pellegrini. Muchas de ellas llevan los nombres de las provincias. La que está justo frente al Colón se llama Plaza Provincia de San Luis. De hecho, hay una placa y un monumento que dan cuenta de este nombre.
En otros tiempos, la plazoleta tuvo otra fisonomía a la que conocemos en la actualidad. Hace unas semanas, la página Paisajeante, a cargo del paisajista Fabio Márquez, aportó un dato sorprendente. Según pudo averiguar el reconocido investigador, allí hubo una fuente que se inauguró el 17 de octubre de 1951 y que fue demolida en 1969, cuando se inició la ampliación del Colón bajo la vereda y el asfalto de Cerrito. En la cuenta citada se publicó una foto que, al parecer, habría sacado la prestigiosa Annemarie Heinrich, con una modelo sentada en uno de los bordes de esta fuente con hipocampos en sus extremos, de los cuales seguramente salía agua. Todo esto es ahora parte del pasado.

En la actualidad, la Plazoleta San Luis difiere de las otras similares ubicadas de un lado y del otro de la Avenida 9 de Julio. La vegetación que la rodea intenta esconder el hueco central alargado a donde, 15 metros por abajo, están el patio y su palo borracho, además de estructuras de ventilación que se asoman.
Lo invisible. Comunicado con el edificio histórico, debajo de las veredas de Cerrito, entre Viamonte y Tucumán, hasta la vereda de la Avenida 9 de Julio están los cuatro subsuelos del Colón que no conocemos, pero por sobre los que circulamos a menudo. Lo que hay en estos cuatro pisos bajo tierra es clave en el engranaje de lo que sucede cada vez que se corre el telón de la sala principal.
Justo debajo de la Plazoleta San Luis es donde está el patio interno alargado. Hasta el nivel de calle, el lado que da a la Avenida 9 de Julio tiene cuatro niveles. En el opuesto, tres. Nada es casual. En el primer sector están ubicadas las oficinas de producción escenotécnica, el archivo musical, las oficinas de producción y los talleres de sastrería, zapatería y peluquería, entre otros. De hecho, uno de los sectores en este momento se está limpiando el vestuario de Astor, Piazzolla eterno, la coproducción que se presenta en la sala principal.
Del lado opuesto, hay grandes espacios de doble altura. Arriba de uno de ellos funciona el bar/restaurante con vista a las plantas del patio y al mismo cielo, en donde hay varios bailarines tomando algo y personal de escenografía con carpetas de planos y diseños.
Todo este sector fue el que, en los 70, diseñó y construyó el arquitecto Álvarez, quien también estuvo a cargo del Teatro San Martín. De hecho, los materiales tan nobles presentes en sus pasillos, baños y escaleras son iguales en las dos fábricas de producción escénica que dependen del gobierno porteño.
En el tercer subsuelo del San Martín funciona la sala Cunill Cabanellas (aquella que, originalmente, fue pensada como bar). Cuando pasa el subte de la línea B cualquier espectador siente las vibraciones. Sin embargo, según cuentan empleados de la sala durante la recorrida, en el Colón ese temblor no llega. Tiene su explicación: la línea C, Retiro/Constitución corre más próxima a la calle Carlos Pellegrini.
En la esquina de Viamonte y Cerrito está la sala Bicentenario, de 31 por 22 metros. Es el ámbito natural de la Orquesta Estable y el que muchas veces se usa para los ensayos de complejos montajes operísticos antes de ocupar la sala principal. La madera de sus paredes con fines acústicos y del piso domina la imagen de esta gran sala que, ahora, está en silencio porque recién comienza la temporada. Vecino a él, ya casi en el sector de la plaza seca, está el montacarga. Desde la plaza descienden las piezas de escenografía que se realizan en el taller de Chacarita que tiene el Colón y, gracias a un monorriel, llegan al escenario.
Desde allí se abre un largo pasillo con ciertos toques industriales, que llega casi hasta la calle Tucumán y que habilita el acceso a la sala de ensayo del Coro, otra sala de ensayo auxiliar, la de ópera de cámara, camarines de figurantes, la oficina de producción artística y la sala 9 de Julio, que usa el Ballet Estable, con su tapete y sus grandes dimensiones, que reproducen las del escenario.
A diferencia de las otras salas de ensayo que en este momento están vacías, en la del Ballet hay bailarines tomando clase. Es que en este momento del año, esta gran fábrica con obreros sumamente calificados se está despertando luego del receso vacacional. Pero aquí, en la sala 9 de Julio, ahora prevalece el sonido de un piano de cola, las marcaciones y la concentración de los bailarines en la búsqueda de un movimiento.
Están empezando a ajustar la puesta de El lago de los cisnes, la misma versión estrenada por Julio Bocca, director del Ballet Estable, en su despedida de 2007. Aunque falte para eso -será en marzo-, para las dos funciones en las que Marianela Núñez será protagonista las entradas volaron en media hora.

Entre camarines, pelucas, salas de ensayos, zapatos, trajes diversos, máquinas de coser, armarios y talleres se llega al patio subterráneo del Teatro Colón. Aunque en este mediodía la llovizna amenaza, algunos empleados aprovechan para almorzar sentados en uno de los tantos bancos o revisar sus teléfonos celulares con toda tranquilidad. Del ruido de los miles de autos que circulan arriba, nada.
Solamente una vez este mágico espacio estuvo abierto al público. En 2004, el bailarín y coreógrafo finlandés Reijo Kela presentó aquí, como parte de la programación del Centro de Experimentación del Teatro Colón (CETC), El jardín, una envolvente performance ambientada con luces y efectos especiales con la participación de los músicos Axel Krygier, Alejandro Terán y Manuel Schaller.
Aquella hipnótica experiencia performática tuvo lugar en donde, ahora, algunos artistas y empleados del Teatro Colón se toman un respiro. A 15 metros de allí circulan miles de autos y tantísimos caminantes, observados por los pájaros desde la copa del palo borracho. Todo indica que, para el momento del estreno de El lago de los cisnes, el árbol estará florecido.
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