
El primer show de la banda después de Cromañón fue el de mayor convocatoria en su carrera y un momento único y complejo para la historia del rock nacional. Del Chateau a Celina, en escena y detrás de cámara, apuntes de un recital incomparable
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8AM del viernes 22, aeropuerto internacional de Córdoba. Es la mañana del día después; ayer, a veintiún meses o 630 días de la tragedia de Cromañón, Callejeros tocó ante unas 18 mil personas en el Estadio Olímpico Chateau Carreras. Elio Delgado, el joven guitarrista de la banda que hoy es tapa de todos los diarios, pasa inadvertido, sentado junto al ventanal desde donde se ven los arribos. Es apenas un pibe que toma café con su novia. Otro que espera para irse, para volver a casa. La chica se levanta a buscar algo y la pregunta periodística, a esta hora, después de haber sido protagonista de un hecho único en la historia de este país y su rock, es... simple: ¿cómo estuvo eso? "Nos sentimos muy bien arriba del escenario, gracias. Acá en Córdoba siempre nos sentimos así. Algunos de los chicos de la banda se quedan el fin de semana, también. Pero casi todos se fueron entre anoche y esta mañana." Pone cara de buen vecino. Se muestra amable. Como si ignorara que, aunque su cara permanezca en el anonimato, su historia ya es de interés nacional. "Te paso mi celular, si querés. Nos vemos…", dice, y hace la aclaración innecesaria: "Yo soy Elio, el guitarrista". No fue un show como cualquier otro. Alentado por el extraño crecimiento del grupo, fue el recital de Callejeros que más entradas vendió, el show más convocante de su carrera, apenas por encima del de Excursionistas, el 18 de diciembre de 2004. Los que ocuparon las primeras filas de campo y platea, por ejemplo, eran quinceañeros que nunca habían visto a Callejeros, pero se sentían convocados a "pedir justicia", a no tolerar que una banda de rock a la que consideran símbolo esté presa o siquiera prohibida. Un rosarino con una remera que dice CALLEJEROSARIO, muestra su DNI: firma "CJS". Vendió el discman y la bicicleta para venir, anteanoche durmió en la Plaza San Martín de Córdoba y anoche en la Terminal de micros. Lo único que tiene en la panza es un requecho de choripán que acaba de "chetearle" a nuestro fotógrafo. Jamás caminó las calles de Once.En el hotel King David, donde supuestamente se aloja parte de la banda, el abogado Eduardo Guarna evita dar precisiones sobre dónde están los músicos: "Están guardados".
Y confiesa: "Callejeros regaló mil entradas a padres de víctimas y sobrevivientes". El rumor es que los Callejeros se refugiaron entre Capilla del Monte y Tanti, en casa de Vázquez y la madre de su hijo, tras la sierra, pero lo cierto es que a esa hora, las 10 de la mañana, ya bajaban camino al Chateau en una combi blanca con líneas anaranjadas.
Aunque en escena se lo vio casi entero, casi normal, en la intimidad de esa camioneta Pato Fontanet cree que no va a poder cantar, y se lo dice a sus compañeros. Casi al mediodía, empieza la prueba de sonido. Pato canta "Jugando", el clásico de Sed y empieza el recital, con cuatro mil voces coreando, agitando, afuera, en la fila. Todo lo que no pasó en dos años, pasó en cinco días. "En una jornada, hicimos lo que para Cosquín Rock nos lleva una quincena", reconoce en voz baja una de las empleadas de Nueva Tribu, la productora de José Palazzo, hombre fuerte del rock en Córdoba y promotor por detrás de este "Operativo Retorno". Pulseritas de colores (¡400 medios acreditados!), y al predio. Acá dicen que los tickets están agotados desde ayer pero en el centro, un camión de caudales que expende los del clásico del sábado (Instituto-Talleres), abre otra ventanilla para un remanente de 1.500 entradas. En las afueras, el dispositivo de seguridad, con 1.600 cuerpos, es tan imponente como el que rodeó a Bush en su visita a Mar del Plata. Están las boinas de todos los colores (azules, grises, rojas, marrones) y el equipo comando Eter. Adentro, la brigada se completa con 700 civiles más, la "seguridad" del club Talleres, cuyo humor es bastante menos diplomático.
Entre todos detuvieron a seis pibes: cuatro por tenencia de marihuana, uno por reventa de tickets y otro por llevar cinco bengalas en la mochila. Los dos primeros casos, a la comisaría. Al último (como llevar bengalas a un recital es una contravención y no un delito), lo dejaron ver el recital después de retenerle la pirotecnia… los cuatro colectivos de villa Celina, con los 170 amigos y sobrevivientes del barrio, paran ahí nomás, en la puerta, frente al cartel que dice CAMPO. Al toque, a dos metros, los espera una fila de requisadores. La pasan con naturalidad pero, cuando ven la arquitectura del estadio detrás del cordón policial, se parten literalmente al medio. Abrazo, dolor y catarsis. Hay psicólogos de la provincia de Córdoba, especialistas en situaciones críticas, atendiendo en la vereda. Los que llegan en estos colectivos salieron a la medianoche de La Colmena de Los Pibes, el kiosco de Villa Celina de Adrián Yerba. De ahí vienen los de El Fondo No Fisura y, en otros dos buses que llegan atrás, La Familia Piojosa, otra banda que salió desde la parroquia de Liniers. Juntos, hace tiempo, eran conocidos meros fanas callejeros. Ahora están separados, disgregados. Primero, se dividieron para ver quién prendía más bengalas. Después, no pudo unirlos ni la muerte ni las verdades de la causa.
Todos éstos entran gratis. Los que aquella noche trágica guardaron los tickets, cortados o no, que dicen "Rocanroles sin destino. República Cromañón. 30-12-04", también. A los que no eran de Villa Celina les tocó platea; todos pelean por un campo. "Ahí estuve siempre, ahí quiero estar ahora", sostiene uno ante un azul que no lo entiende.
Hace cuatro días, el domingo 17, cuando se anunció "Vuelve Callejeros", estos fans, los más allegados, no creyeron la noticia. ¿Por qué? Porque Callejeros, como antes, como siempre, hizo costumbre una metodología de diálogo y contacto muy aceitada con sus fans.
Entonces, el "Operativo Retorno", en Celina, recién empezó el miércoles a las 2 AM, cuando llegó un mail desde la casilla callejerosrocanrol@hotmail.com, y lo responden con la lista de los que viajarán a Córdoba. Doce horas después, los doscientos fanáticos que dejaron nombre y apellido aparecen, silenciosos como siempre, en el depósito de Jorge Leggio, el sonidista, en Boedo. Ahí, Callejeros entregó sus entradas.
La autorización del show fue la última ficha que se jugó el gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota, en la interna de la popularidad y poder que libra en su provincia contra el joven Luis Juez y su Partido Nuevo. Cuando preguntás por De la Sota, contestan: "Es un culpadazo ése". Y el último argumento para tan cordobés apelativo es que cuando llegaron los familiares más beligerantes, los que se oponían al concierto, los mandó para la municipalidad. Ahí, en la Intendencia, estaba Luis Juez con su propia apuesta. Los invitó a volverse mansamente a Buenos Aires sabiendo que cuando Callejeros termine de tocar y todo salga bien, sin escraches, ni atentados, su prestigio (por hacerce cargo solo de esta papa hirviente) va a pagar lo que le falta para pelear en serio por la gobernación de la provincia.
"La banda está adentro, en los camarines." A las 13.30, Lolo Bussi, histórico seguridad del grupo (sobreseído en la causa), se somete a un cacheo ejemplificador y le dice a este cronista: "Vinimos en tandas. Los pibes están tranquilos. Esperando que ésta sea la fiesta que parece que será".
Adentro, Bussi tiene su remera de staff. Los pibes que están en el campo, los que eran la hinchada que más crecía en el rock del país, se contentan en la previa puteando a Bersuit y a Pergolini (que los criticó durísimo al aire) sobre la melodía de "Mi enfermedad". Elio, Pato Fontanet, Juacho Carbone, Maxi Djerfy, Edu Vázquez, Christian "Dios" Torrejón están encerrados en el vestuario. Comen lomitos.
Toman fernet. Sólo seis personas pueden llegar hasta ahí: el ex jefe de seguridad Bussi, el representante Diego Argañaraz, el productor José Palazzo, Constantino (el asistente de Palazzo), el abogado Guarna y Leggio. Y también otra protagonista de este regreso: Susana Graciela de Fontanet, la madre de Pato, la doña que se quemó un brazo entero en Cromañón y que, desde la cama del hospital, fue la primera en decirle y repetirle y suplicarle a su hijo: "Vos tenés que volver a cantar".
Juez se pasea por la bandeja baja. No pudo dormir los últimos cuatro días, dice. Le juraron por teléfono que iban a matarle un hijo para que entendiera lo que estaba haciendo, pero ahora saluda a familiares de víctimas y hasta se mete en el campo; se siente un outsider. Después de eso, todo será como se suponía.
Se pueden decir muchas cosas a favor y muchas en contra, y hasta sostener ambas posturas. Pero casi todo se cae cuando la combi entra en el estadio; avanza por la pista olímpica, frena y abre la puerta: Callejeros está de vuelta.
Son las 16.58. Se teme un atentado. Hay padres que prometieron inmolarse en la cancha. Bajar ahí en helicóptero, tirarles algo... hacer algo. Pero no. Dos aeronaves zumban sobre las combis, pero ninguna es la de esos padres. La Federal filma y las imágenes son seguidas en el subsuelo del Chateau, en tiempo real. Los seis tipos que van a ir a juicio oral bajo el cargo de "estrago culposo" por organizar un recital en el que murieron 194 personas (con una pena de veinte años de cárcel), bajan de la combi y caminan cincuenta metros atravesando la cancha vacía por la mitad y dibujando la entrada más controvertidamente épica que ha visto nuestro rocanrol. Son los Beatles del Shea Stadium pero de jogging, Adidas, General Paz y Cromañón. Histeria popular. Los gritos lo tapan todo. Maxi Djerfy toma su Telecaster color caqui y toca. Y no para. Pato se sienta en el retorno de voz, ríe y larga un "hoooolaaa" entre dientes. El escenario está a un costado de la cancha, pelado. Callejeros se enojó con la organización porque alguien se olvidó el fondo de escenario que había pintado Daniel Cardell, el primer mánager y ahora ilustrador oficial del grupo. La batería le da la espalda al césped que el tablado, arrinconado contra la platea principal, no puede ni pisar porque en dos días tiene que jugar Talleres y eso es prioridad provincial. Las estructuras tubulares que sostienen luces que pasan inadvertidas ocupan la pista atlética y enfrentan a un palco grecorromano en el que cada uno, ahí mismo, por la radio, por la tele, tendrá su veredicto. En el campo, apenas del largo del estadio Obras, "ocho mil personas", según la organización. En las dos bandejas, nueve mil más. El resto, un estadio vacío que hace de marco para la escena.
Suena "Señales" y Callejeros empieza su recital. El primero, oficialmente, tras la tragedia. Abajo sí, pero en el escenario no hay gente llorando; los músicos no lloraron en público. El show diurno, bajo el sol que pega de frente, es lo que más parece molestarle de esta tarde tibia que reemplazó a las noches frías. Más allá del dolor, da la sensación de que a la banda le cuesta sostener esta dimensión gigante: tal como se ve, la cancha es demasiado grande para sus canciones. Algunos miran como si fuera a explotar el escenario. Pero no pasa nada, nada. Los medios exaltarán "la fiesta en paz". ¿Qué creían? ¿Que Fontanet iba a prender una bengala? En diez años, Callejeros nunca había tocado de día. Otro Pato, un pibe de 28 que se siente de 38 pero habla como uno de 18, comenta: "En el camarín pensábamos con los pibes: «Qué loco tocar de día, ni te podés rascar el culo que te están mirando»". Callejeros no puede renegar de lo que es y nunca quiso ser. Volvieron convertidos en ídolos por cierta propaganda del morbo y con un cachet de banda major (similar al que pueden aspirar en un gran festival nombres como Bersuit, Los Piojos o Babasónicos): 120 mil pesos, aunque cada billete será embargado por la jueza María Angélica Crotto que ya dispuso lo mismo para los próximos shows. Seis temas más tarde, vuelve a abrir la boca. Pero sólo "gracias". Nada de "por favor", ni "perdón". "Si no aparecen los amigos, quién aparece, ¿no?", agita. Y presenta a Bam Bam Miranda (precusionista de la Mona Jiménez), Estela Carbone y Leggio, en guitarra. Pato sigue: "Mi viejo siempre me dice que «Muerto es aquel que nadie recuerda». Y yo creo que cada vez que toquemos nosotros esos chicos van a ser recordados". Después: "Nosotros queremos volver. Sin rencores, sin resentimiento. Lo único que queremos es cantar. Cuando cantamos somos los pibes más libres del mundo". Y más: "Esa noche perdimos todos, como sociedad"; "Cromañón nos pasó por encima"; "Alguien creía que un embargo puede frenar a una banda de rock. A nosotros nos chupa un huevo. Porque si algo tiene esta banda para subirse a un escenario (y lo digo porque un señor una vez me amenazó de muerte), además de huevos, es sed". Y tocan "Sed". Ya tocaron sus hits "Presión" y "Una nueva noche fría". Y su primer recital post Cromañón es un show culposo. Hablan de volver, como si se hubieran ido. Por momentos, Callejeros es la banda que menos puede interpretar su propia tragedia; y por momentos Fontanet pela el don de hacerte pensar que todas las canciones las escribió hoy. Cifra mensajes entre letras. Tocan "No somos nadie", tocan "Los invisibles", cuatro temas de los nuevos ("Señales", "Puede", "9 de Julio", "Sueño") y ¡veinte clásicos! Y se cargan la de montar la parafernalia barrial, sin bengalas, sin estar "solos y de noche". Todo delante de las cámaras de la televisión nacional. El cartel electrónico dedica: "A los invisibles, por siempre" y Pato se dedica a desdramatizar: quizá porque prefiere evitar el tema para poder seguir cantando; quizá porque el Indio Solari, un modelo en más de un sentido, prometió no televisar el dolor; quizá porque la tragedia lo pasa por encima y no puede hablarle en serio al micrófono; quizá porque no cree que deba pedir perdón por una tragedia que lo cuenta como responsable.
Bromea sobre su estado físico, dice que "algunos en la banda están para Cuestión de peso, ¿vieron ese programa? Vamos a estar ahí la semana que viene". Está de buen humor, como al principio, como antes. Nada puede ser más real que eso. Callejeros nunca estuvo tan acompañado y tan solo como hoy. Tal vez por eso, no dan un recital, dan una señal. Antes de terminar, algo críptico, Pato dice: "A los que nos apoyaron, gracias. Y a los demás, que la chupen por caretas". Hace media hora, en los bises, dijo la que quizá sea la frase más comprometida, por su sinceridad: "Hay muchas canciones que después de esa noche nos ayudan mucho. Parece que no, pero ayuda. Tanto ellos como nosotros necesitamos esto: hacer el recital y terminarlo". Ese fue el discurso invisible. El público, algunos de esos chicos que no respiran bien, que no pueden dormir con la luz apagada, lo repiten a quien quiera escucharlos: entraron al Chateau para salir de Cromañón. Y los padres y madres que están acá vinieron para ver a sus críos en un estribillo, o para tratar de entender qué fueron a buscar a República Cromañón aquella noche que encontraron humo. Adentro, en el campo, Seba (24 años) espera a su amigo. Ya se fueron todos y él sigue parado ahí, en el medio, escuchando cómo barren. Es de Córdoba, nunca conoció República Cromañón. Estuvo todo el show dejándose llevar. Estuvo todo el tiempo feliz. No vio el show, lo sintió: es ciego. Tiene una remera de Sed y mira para arriba, como si capturara imágenes con el mentón. Paga todas las entradas porque se reconoce "utópico". "Creo que la plata le va a llegar a la banda. Y además, no me gusta pasar por discapacitado". Extiende su bastón y, con la misma pelada a dos que usa Pato y la misma barbita descuidada, dice lo que nadie anotó en el sector de prensa: "No tocaron «Distinto», el tema de cuando se incendió Cromañón. Pero bueno... tocaron. A mí me gustaban las bengalas, porque alcanzaba a ver una luz. Pero me ahogaba, como el Pato". Y, cuando empiezan a correrlo, aduce: "Hoy fue grosso… sentí que los veía". Seba dice eso y se va de acá. "¿Sabés qué?: el rock no se ve, se siente". "El regreso de Callejeros era inevitable", me sopla Nelson Castro desde la tevé cuando dejo el hotel rumbo al aeropuerto. Ayer, con diez pesos, menos de lo que valía la entrada a Cromañón, compré una remera que dice: "Yo estuve cuando volvió Callejeros". Su importancia es indudable, puro presente. Para entender su significado verdadero habrá que esperar.
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