
El ecléctico Pedro Aznar
"Cuerpo y alma", recital de Pedro Aznar. Músicos: Gustavo Sadofschi (guitarras), Alejandro Devries (teclados) y Quintino Cinalli (batería y accesorios). La Trastienda, Balcarce 460.
Nuestra opinión: bueno Pedro Aznar logró respeto y prestigio entre sus pares (mucho más desde que fue un chico Pat Metheny). Es un músico inobjetable como instrumentista. Sabe cómo rodearse de buenos músicos. Elige bien el repertorio. Agudiza su talento cuando se trata de composiciones nuevas. Y además, su último disco, "Cuerpo y alma", que presentó durante dos fines de semana en el local de San Telmo, lo muestra en una actualidad revitalizante.
Aznar mostró todas sus aristas y su presente, tanto en lo musical como en lo personal. Lució amable con el público y molesto con el sonido. Se divirtió con sus canciones más jóvenes, como "Traición" y "Mundo en llamas". Contagió al público con sus experiencias compositivas junto a Charly García en Tango 4 o con el cover "Stand", de Sly & the Family Stone, de sampleados coros gospel.
También profundizó su compromiso folklórico con la exigente zamba "La Pomeña", del Cuchi Leguizamón y Manuel J. Castilla (junto a Suna Rocha y Lito Vitale), y el poema inédito de Yupanqui "Soledad", que musicalizó en ritmo de baguala eléctrica. Hasta regaló exquisitas versiones de "A primera vista", una balada del brasileño Chico César, y de la intimista canción de Nilda Fernández "Lo hermoso que fue".
Segunda voz
En cada uno de esos momentos se mostró muy cómodo y virtuoso con el bajo -el otro instrumento tan natural como su voz- o con el piano, el bombo legüero, la guitarra y hasta con el sicu. Su musicalidad fluyó y la expresividad interpretativa rompió con los convencionalismos de la canción más pop, que también lo suelen atraer.
Es que Aznar se dejó atrapar por diferentes climas musicales para hacer más atractivo su show. No dudo en salpicar su repertorio con temas más "fríos" y descontracturados, como "Ella se perdió", y luego cavar en la riqueza de temas como "María landó", de Chabuca Granda, o el candombe "El tunguele", del injustamente olvidado Eduardo Mateo.
Con todo eso armó una propuesta variada, con algunas canciones luminosas que redondearon una faena libre y sin ataduras a estilos predeterminados. Aznar se dejó seducir tanto por el pop como por las baladas románticas de Elton John o las cadencias más latinoamericanas, y hasta la crudeza del poemario de Violeta Parra.
Todo lo prueba y lo asimila bajo una concepción de una música cuidada. A veces resulta más efectivo o solamente cumple, y otras llega a conmover con su registro vocal.
Pero en una extraña simbiosis, Aznar parece jugar sus mejores cartas cuando se mete en la piel de un tema escrito por otro que en los de su propia cosecha. Ahí parece encontrar la verdad: el cuerpo y alma de la canción.
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