
El ilusionismo sonoro de Grisey
Espacios acústicos / Autor: Gérard Grisey / Dirección: Tito Ceccherini, al frente de la Orquesta Estable del Teatro Colón / Solistas: Garth Knox (viola), Philippe Bord, Joël Lasry, Margarete Mengel y Pablo Nalli / Ciclo: Colón Contemporáneo / Sala: Teatro Colón
Nuestra: excelente
En algún pasaje de alguno de sus escritos, Erik Satie contaba, un poco en broma y otro poco con una seriedad sin disimulo, que se había propuesto conocer de cerca un La (o tal vez un Si bemol; daría en este caso lo mismo), mirarlo en un microscopio. La visión fue decepcionante: "Nada hay tan repugnante como un La visto de cerca". En 1974, otro francés, Gérard Grisey, tuvo una curiosidad semejante con un Mi del trombón. En lugar del microscopio imaginario de Satie, Grisey hizo, en el laboratorio electrónico, un análisis del espectro del sonido y, al revés de su compatriota, lo encontró interesante, tal vez justamente porque la nota se había "encarnado" ahora en un timbre. De ahí derivó toda una pieza, Périodes, para septeto, una de las seis partes, la primera cronológicamente, de Espacios acústicos, que terminó de escribirse en 1985.
Pero Espacios acústicos, auténtico vértice de la llamada "música espectral", no puede entenderse del todo si se la piensa como una sucesión de piezas. No es una obra circular, aunque son claras la recurrencia y la voluntad de unir principio y final. Ya en el prólogo, para viola sola, Garth Knox despliega este arco al desplazarse de uno al otro de los cuatro atriles, especies de estaciones, dispuestos en semicírculo. En el pianissimo más delicado, hay un motivo mínimo e insistente, que avanza en una creciente crispación antes de abrirse y generalizarse justamente en Périodes.
Los "espacios acústicos" son sobre todo esas zonas francas que no pertenecen del todo a la pieza que termina ni a la que empieza, y es de veras asombroso que Grisey haya conseguido un efecto tan unificado sobre la base de partes que funcionan independientemente. Uno tiende a ceder a la ilusión de que el compositor trabajó guiado por un plan secreto, secreto aun para sí mismo.
Grisey había dicho en una ocasión que la música espectral tenía un origen temporal. El tiempo no era para él algo que venía al material desde afuera, sino un elemento constitutivo del sonido, entendido como un campo de muchas fuerzas. Se trataba de configurar la exploración de un tiempo extremadamente dilatado y permitir el más refinado grado de control en la transición de un sonido a otro. En Espacios acústicos, como en otras piezas suyas, el tiempo pasa a ser el objeto mismo de la forma y, si se admitiera la metáfora, podría decirse que el compositor persigue una foliación del tiempo.
Partiels, para 18 instrumentos, podría por su parte escucharse como un manifiesto del espectralismo. Lo que se granula aquí es el propio sonido. La pieza concluye con un golpe de platillos que queda inconcluso: el instrumentista se queda con los brazos abiertos en un gesto inconcluso, o mejor dicho pospuesto. Se lo escuchará más tarde. Como sea, la microscopía de Grisey incorpora una dimensión enteramente teatral, y en verdad hay en todo Espacios acústicos una dramaturgia latente. Grisey es un ilusionista del enrarecimiento, de los umbrales y las continuidades: le basta un segundo para transfigurar el carácter entero de una pieza.
A partir de Modulations, se deja atrás la dimensión camarística, aunque Grisey no deja de esconderse en los detalles. La fabulosa dirección de Tito Ceccherini, un auténtico maestro de las transiciones, puso todo al desnudo y conquistó un tendido sin soluciones de continuidad.
Transitoires es un punto de llegada, una aparente conclusión que Ceccherini preparó largamente, con paciencia y ciertos golpes de suspenso. La entrada final de la viola, que se separa -y no hay aquí brusquedad alguna, bastó que Knox se pusiera de pie y lo demás se silenciara- de la orquesta, enhebra cada una de las cuentas de Espacios acústicos: el motivo mínimo del principio es recuperado literalmente, casi nota por nota, pero ya no es el mismo, o Grisey hizo que no nos pareciera ya el mismo.
Pero Espacios acústicos no concluye todavía. En el Epílogo, la sección más tardía, fechada en 1985, los cuatro cornos solistas pagan tributo a ese Mi del trombón en el que Grisey había descubierto una nueva tierra, una en la que las diferencias son una variedad de la continuidad.





