
El jabón de coco, al rescate de la memoria del Salón Ambar
Un misterio de 50 años retomado por el arte de vanguardia
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Del Salón Ambar queda muy poco..., algunas pocas piezas encontradas en Alemania por casualidad, la consideración de ser el más grande de los tesoros perdidos de Europa, el misterio de su desaparición en 1944, y –por estos días– una reinterpretación en jabón en las mismas dimensiones, trabajo de la artista sajona Ingeborg Lüscher.
En uno de los salones del Kristallwelten (algo así como el mundo de cristal/cuartel general/museo de la firma Swarovski, en Austria) esperan brillando 9000 barras de jabón ambarino de coco, retroiluminadas. "Uno se siente como un insecto o un reptil mínimo, que está atrapado en resina suave, destinado a sobrevivir los flujos de energía", explica la artista, orgullosa de haber recreado uno de los trabajos de arte más originales del mundo.
El original estaba recubierto con toneladas de resina dorada esculpida, paneles de ámbar tallados, en casos con imágenes con incrustaciones de piedras semipreciosas como cuarzo, jade y ónix, hechas en Florencia con la técnica mosaico.
También había mobiliario: en una esquina, una mesita de ámbar, más algunos muebles rusos de madera con incrustaciones, un jarrón de porcelana china y una colección de objetos de ámbar de los siglos XVII y XVIII. Hoy, el valor total se estima en 100 millones de dólares.
Una cuestión itinerante
A principios del siglo XVIII, durante el reinado de Federico I, Andreas Schluter –arquitecto jefe de la corte real de Prusia– tuvo la idea de usar ámbar para completar uno de los salones del Gran Palacio Real, en Berlín. Original, el ámbar nunca había sido usado para decoración de interiores (así como tampoco, hasta ahora, los jabones de Ingeborg Lüscher).
Pero apenas Federico Wilhelm I asumió como nuevo rey prusiano, llegaron hasta Rusia los rumores de que no estaba muy interesado en el Salón Ambar.
Así, como al descuido, un día, de visita en Berlín, el zar Pedro el Grande admiró la obra maestra de ámbar frente a Wilhelm, que casi inmediatamente le pidió al zar que aceptara el salón como un regalo diplomático... inusual.
Las paredes del Salón Ambar fueron desmontadas y, tras un largo viaje, llegaron a destino. Aunque las cajas fueron abiertas, nadie en Rusia trató de reconstruirlo. Y hasta olvidaron el asunto por un tiempo.
Lo recordó la emperatriz Elizabeth –hija del zar– apenas empezó su reinado, en 1740, y le encargó a su arquitecto que usara el ámbar para decorar uno de los salones del Palacio de Invierno. Que, dadas sus grandes dimensiones, tuvo que completarse con placas de ámbar falso.
Pero 15 años después, el Salón Ambar (itinerante, a estas alturas) fue mudado al Palacio de Catalina, en Tsárskoie Seló (la residencia de verano, cerca de San Petersburgo) y se terminó de armar en 1770.
Pero –contra todos los pronósticos– a principios de la Segunda Guerra Mundial se decidió no evacuar el Salón Ambar, debido a su fragilidad, y preservar los tesoros sobre las mismas paredes, bien disimulados con papel, gasa y algodón.
Pero las tropas alemanas los descubrieron, desmontaron los paneles y los enviaron a Koenisburg: el salón se volvió a armar en una de los halls del museo principal.
Sólo hasta 1944, cuando se retiró el ejército alemán. Ahí, el Salón Ambar fue desarmado nuevamente y llevado en dirección desconocida... hasta hoy. En la actualidad todavía no se sabe si fue destruido por las bombas de los aliados, si fue enterrado en una mina de plata no muy lejos de Berlín, si fue escondido en las costas del mar Báltico, si fue quemado, si fue llevado en barco a Chile, o si...
Sólo se encontraron, misteriosamente, parte de los mosaicos en Alemania en 1990.
En los años 80 se intentó una reconstrucción en el mismo Palacio de Catalina, pero la falta de fondos puso fin a la idea. Por ahora.
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