A las 14.40 del 15 de abril, domingo de Pascuas, Joey Ramone, el espigado cantante y frontman de la más grande banda de punk del mundo, los Ramones, murió en el New York Presbyterian Hospital, luego de batallar durante seis años contra un cáncer linfático.
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A las 14.40 del 15 de abril, domingo de Pascuas, Joey Ramone, el espigado cantante y frontman de la más grande banda de punk del mundo, los Ramones, murió en el New York Presbyterian Hospital, luego de batallar durante seis años contra un cáncer linfático. Esa noche, durante un show de u2 en el Rose Garden de Portland, Oregon, Bono se tomó un momento para contarle a la audiencia hasta qué punto su propia vida y la de su banda habían sido transformadas por obra de Joey y los Ramones, gracias a esa voz y al gran corazón de rock & roll que latía en cada una de sus canciones. Bono comprobó rápidamente que no era el único que se sentía de esa manera.
Le dije a la gente: "Quiero hablarles de Joey Ramone" y el público respondió con una ovación recuerda Bono, asombrado. Después de contarle a la audiencia cómo los Ramones "nos hicieron formar u2", Bono cantó "Amazing Grace" y luego, acompañado sólo por The Edge en la guitarra, interpretó esa perla lastimera de Joey, "I Remember You", de Leave Home, el álbum que los Ramones grabaron en 1977.
La sorpresa dice Bono fue que el público se puso a cantar, y cantaron el tema completo. Entonces les conté que Joey había fallecido esa tarde. De repente, la ovación se detuvo en seco y el lugar quedó en silencio. Fue una experiencia muy fuerte.
Joey Ramone tenía apenas 49 años. Su enfermedad fue como una broma cruel hacia alguien que creyó, hasta el fin, que el rock & roll salva vidas. Un mes antes de su muerte, mientras estaba en tratamiento en el hospital, Joey llamó a Seymour Stein, presidente de Sire Records, el sello que sacó tantos discos de los Ramones, para decirle que le iba a mandar demos de una banda que le gustaba mucho. El productor Daniel Rey, que trabajó en varios de los últimos álbumes de los Ramones y que estaba grabando el primer disco solista de Joey, recuerda que el ánimo de Joey se mantuvo tozudamente alegre durante esas últimas semanas. "Hablaba de levantarse de la cama para ponerse en forma y salir de gira."
De hecho, Joey era un largirucho frágil, que estuvo propenso a las enfermedades y a las heridas a través de los veintidós años que duró la carrera de los Ramones. Pero en escena y en los discos, a lo largo de 2.263 shows y casi dos docenas de álbumes si contamos grabaciones de estudio, discos en vivo y recopilaciones, Joey irradió la convicción de un gladiador, una convicción desproporcionada con su físico y con el querible hipo de su voz. La imagen del Joey de mediados de los 70 sobre el escenario, parado allí firme entre la guitarra de Johnny, el bajo de Dee Dee y la batería de Tommy, es una de las imágenes que permanecerá en forma indeleble en la historia del rock. Joey, con su figura de mantis inclinada en dirección al rugido de la audiencia; sus piernas clavadas en una pose desafiante, sus manos aferrando el soporte del micrófono como si fuese una lanza, y su cara y anteojos ovales casi ocultos bajo una gruesa cortina de pelo negro. Cuando vi por primera vez a los Ramones, en abril de 1977, en un pequeño club del campus de la Universidad de Pennsylvania, en Filadelfia, pensé que Joey se veía como un rascacielos con campera de cuero; el espantapájaros del Empire State.
Pero Joey tenía el coraje de King Kong. "No pensábamos dejar que nada nos volteara", me dijo, dos décadas más tarde, en una entrevista de febrero de 1999, refiriéndose a la larga lucha de los Ramones contra la mala fortuna y la indiferencia del mainstream rockero. "Siempre nos tiraron con algo. Vieras los problemas, los obstáculos, la mierda que se interpuso en el camino de la banda. Siempre ha sido así, pero hay que seguir en la lucha."
The Ramones Johnny, Joey, Dee Dee, Tommy y miembros posteriores como Marky, Richie y c. j. nunca obtuvieron una justa retribución por haber inventado el punk rock. Joey recibió sólo un Disco de Oro en toda su vida, por la recopilación Ramonesmania, de 1988. Sólo dos álbumes Rocket to Russia, de 1977, y End of the Century, de 1980 (el último de ellos producido con maníaco entusiasmo por Phil Spector entraron al Top 50 del ranking de Billboard. Pero Danny Fields, que fue comanager de los Ramones junto a Linda Stein, de 1975 a 1980, dijo que el impacto que produjo la banda fue inmediato. "Sufríamos para poder llegar a Toronto, por ejemplo, y poder tocar en algún sótano del barrio de los depósitos, y cuando regresábamos más tarde a la ciudad descubríamos que se había formado más de media docena de grupos parecidos desde la última vez. Joey podía detectar la influencia Ramones hasta en los más sutiles detalles, como en el estribillo de "Hey! Wait!", del tema de Nirvana "Heart-Shaped Box", que hace acordar a la voz de Joey, cantando "Wait! Now!" en "I Just Wanna Have Something to Do", del álbum Road to Ruin, de 1978.
Sabíamos que la banda era buena dice Johnny, que ha vivido en California desde que los Ramones se separaron, en 1996. Yo lo sabía cada vez que subía al escenario.
Ese sentimiento fue el que privó, incluso cuando las tensiones entre él y Joey empeoraron a lo largo de los 80 y los 90.
Joey y yo no nos hablamos durante mucho tiempo, pero aun cuando no nos dirigíamos la palabra, me levantaba todos los días, miraba a Joey, empezaba a tocar y pensaba: "Sin duda estoy en la mejor banda del mundo".
joey ramone nacio como jeff Hyman, el 19 de mayo de 1951, en Forest Hills, Queens, Nueva York. Sus padres se divorciaron a principios de los 60 y su madre, Charlotte, se volvió a casar. Joey halló consuelo en su radio de transistores. "El rock & roll fue mi salvación", declaró en aquella entrevista de 1999. "Escuchaba a los Good Guys y a Murray the k, en la emisora wmca", una época y una experiencia que luego celebraría en el tema "Do You Remember Rock n Roll Radio?", del álbum End of the Century.
Joey empezó tocando la batería, cuando Charlotte le compró un redoblante gracias a unas estampillas de supermercado. "Alquilé un platillo", dijo, "y tocaba siguiendo el ritmo de discos de los Beatles y de Gary Lewis and the Playboys". Para 1973 Joey ya cantaba con una banda glitter llamada Sniper, y ya escribía perdigonadas de hard-pop como "I Dont Care" y "Here Today, Gone Tomorrow", que más tarde llevaría al repertorio de los Ramones.
Joey se juntó con Johnny (John Cummings) y Dee Dee (Douglas Colvin), unos amigos del barrio a los que también les disgustaba el rock de los 70, dominado por las superestrellas, y los Ramones hicieron su debut oficial el 30 de marzo de 1974, en el Performance Studio, una sala de ensayos de Manhattan. Dee Dee eligió el nombre de la banda pensando en Paul McCartney, quien usó el nombre artístico "Ramon" en los días formativos de los Beatles. Al principio, Joey tocaba la batería y compartía el papel de vocalista con Dee Dee, pero a Thomas Erdelyi (propietario de la sala de ensayos junto al futuro manager de ruta de los Ramones, Monte Melnick) no le tomó mucho tiempo darse cuenta de que el lugar de Joey era el de cantante, allí, bien al frente.
La guitarra tenía algo crudo y punzante, el bajo era potente y machacón y la voz de Joey le daba al todo una cobertura aterciopelada dice Erdelyi, quien pasó a ocuparse de los parches y se transformó en Tommy Ramone. Una vez que me senté a la batería y me mentalicé para tocar ese beat propulsivo y persistente, todos los elementos encajaron a la perfección. Con esos cortes de pelo de mods atorrantes, las camperas negras de motociclistas y el genio primitivo de temas como "Blitzkrieg Bop" y "Judy Is a Punk", nuestra propuesta artística estaba completa.
Era también una propuesta irresistible. Todos los que vieron sus vidas afectadas o transformadas por los Ramones tienen para contar alguna anécdota tipo "la primera vez que los vi fue una revelación". En mi caso, fue ese recital de Philly. Allí estaba yo, sentado en la primera fila, justo enfrente del amplificador de Johnny, enloquecido y casi ensordecido por sus acordes de martillo neumático. Para Bono se trató de un show en el State Cinema de Dublín, en 1978.
Cuando veías cantar a Joey dice, sabías que al tipo no le importaba ninguna otra cosa. Muy pronto, a mí tampoco me importó nada más que cantar.
Para Danny Fields, la revelación adoptó la forma de un típico show de los Ramones en su segundo hogar, el club cbgb, en el Bowery neoyorquino, en 1975.
Estaba sentado bien adelante recuerda Fields, deslumbrado, viendo a Joey cantar "No quiero bajar al sótano/ No quiero bajar al sótano/ Hay una cosa allá abajo". Era una gran letra. Un tema muy creíble acerca de los miedos primordiales, con un ritmo y una energía alucinantes. Pensé: "Esta banda es genial, y el tipo que canta, también".
Pero la magnética simpleza de la música, la imagen y la visión de mundo de los Ramones creó el triste malentendido de que los propios Ramones eran unos simplones.
Los llamaban "da brudders" [sería como decirles "los chabones", pronunciado "lu shabune"] dice Fields, todavía indignado. Pero en realidad eran muy inteligentes.
Joey, en particular, fue bendecido con un talento innato, que se manifestaba de una manera aguda y notable. Su madre tenía una galería de arte en Queens y Arturo Vega un pintor que vio a los Ramones en el Performance Studio y luego se tranformó en su iluminador y director artístico dice que aunque Joey "era de pocas palabras, sabía distinguir lo que hace a una buena obra de arte. Tenía una forma especial de transformar temas filosóficos en cuestiones bien prácticas". Cuando Vega estaba diseñando el famoso logo de los Ramones una parodia del sello presidencial norteamericano, con el águila sosteniendo un bate de béisbol y una bandera con la leyenda hey ho, lets go en el pico Joey sugirió poner manzanas en la rama de olivo. "Yo dije: «Comprendo: querés decir que los Ramones son tan norteamericanos como el pastel de manzana»", recuerda Vega, riendo. "Y Joey me respondió: «No, lo digo porque las manzanas son muy ricas»." Joey también le hizo ver a Vega que las primeras manzanas que dibujó eran demasiado rojas; parecían tomates. "Ese era su don: el simplificar las cosas", dice Vega. "De eso se trata el punk."
Fuera del escenario, Joey era un tipo común, sin afectaciones. Al conversar con la gente, a menudo se sentaba retraído, como protegiéndose. Su acento de Queens, marcado cada tanto por una risa tímida, como de caricatura, escondía detrás un ferviente profesionalismo. Joey tomó lecciones de canto de un entrenador de cantantes de ópera, y constantemente hacía ejercicios de respiración, además de utilizar un vaporizador, antes de cada show, para abrir sus cuerdas vocales. Casi muere por el rock & roll la noche del 19 de noviembre de 1977, cuando el vaporizador literalmente le explotó en la cara justo antes de que los Ramones subieran al escenario del Capitol Theatre en Passaic, en Nueva Jersey. Joey fue atendido en la sala de emergencias y luego salió a cantar con el grupo.
Esa noche parecía el Bob Dylan de la gira Rolling Thunder, con crema por toda la cara dice el productor discográfico Ed Stasium, quien estuvo presente en el show. Joey era un soldado.
Después del último bis, Joey fue llevado de urgencia al Hospital del Quemado de Nueva York, donde permaneció internado una semana. Con su típico humor, el cantante describió esa experiencia pesadillesca y el extenuante desgaste de las giras en una de sus mejores canciones: "I Wanna Be Sedated".
Seymour Stein señala que, entre las que contrató, los Ramones fueron la única banda que podía entrar en el estudio de grabación con casi nada de dinero y aún así no pasarse del presupuesto. "Si la primera noche no salían del estudio con siete u ocho temas terminados", afirma, "se sentían avergonzados. No querían siquiera hablar conmigo porque pensaban que yo iba a estar enojado". De acuerdo con Stasium que empezó a trabajar con los Ramones como ingeniero en Leave Home y produjo o coprodujo gemas posteriores como Road to Ruin y Too Tough to Die, Joey prestaba especial atención a los detalles acerca de cómo se hacía un disco.
En el estudio, Joey era un caballo de tiro: estaba disponible para lo que fuere dice Stasium. Lo que me asombraba era que siempre sabía muy bien lo que tenía que hacer. Sus canciones estaban marcadas a fuego en su mente y en su alma. Cuando doblaba su voz era lo mismo: captaba todos los matices. Recuerdo cuando grabamos "Pinhead": iba y grababa una estrofa; luego volvía y grababa otra. Y le salían exactas. Y no era que pensara: "Voy a hacer esto, voy a hacer aquello". Simplemente entraba y las cantaba.
Joey vivió en el mismo departamento del bajo Manhattan durante muchos años. Cuando fui a entrevistarlo allí, en 1999, más que un hogar, parecía una disquería que acababa de explotar. Singles, álbumes y cds rodeaban a Joey sin ningún orden en particular. Revistas y libros de rock y memorabilia diversa completaban el caos. Pero tres horas más tarde, cuando terminamos el reportaje, Joey demostró que tenía un radar mental para ubicar sus cosas entre el desastre y extrajo en seguida el nuevo ep de su amiga e ídola, Ronnie Spector, que él mismo había producido y que incluía una versión de, "She Talks to Rainbows", la deliciosa balada de Joey. Al regalarme el ep sentía un tímido pero innegable orgullo.
Joey escribió sobre el amor verdadero en muchas ocasiones: "I Remember You", "Shes the One", "I Wanna Be Your Boyfriend". Y aunque el tema "Danny Says" lleve ese nombre por Danny Fields, esa exquisita canción de End of the Century estaba basada en un período idílico de la vida de Joey. "Había conocido a alguien especial", explicó, "y cuando nos despertábamos por la mañana, realmente mirábamos El Super Agente 86 por televisión". Pero Joey nunca se casó. (Además de su madre, lo sobrevive un hermano menor, Mickey Leigh, que también es músico: tocó en un grupo con el fallecido crítico de rock Lester Bangs y lideró su propia banda, The Rattlers.) De hecho, Joey nunca pareció tener otra actividad en la vida además de ser un Ramone, y no parecía importarle. Era una presencia habitual en la escena de clubes de Nueva York, escuchando nuevos grupos y promoviendo a sus favoritos, como D Generation y The Independents, entre amigos y asociados. Rara vez habló en público o en privado de las frustraciones que pueda haber experimentado por la lucha que libró su propia banda para obtener una justa retribución financiera y el debido reconocimiento histórico. "Los Ramones tenían continuidad y credibilidad", me dijo. "Y todo lo hicimos por nosotros y por nuestros fans."
Los fieles los amaron por esa misma razón.
Era maravilloso salir a pasear con Joey por las calles de Nueva York dice el dj Vin Scelsa, un viejo amigo del cantante y uno de los pocos que apoyaron a los Ramones en las radios comerciales de Nueva York. Hace dos años, Scelsa llevó a Joey a ver el musical Hedwig and the Angry Inch [véase RS 10].
A todos lados donde íbamos le decían: "Hey, Joey, ¿cómo estás?". Todo el mundo lo conocía, en las calles del SoHo, el East Village, el West Village Joey respondía a los saludos con naturalidad y una gratitud noble y espontánea. Nunca trató a los fans de un modo condescendiente.
En 1995 los Ramones sacaron su álbum de estudio de despedida, Adios Amigos, que se iniciaba con un inspirado cover del tema de Tom Waits "I Dont Wanna Grow Up" [No quiero crecer]. Ese mismo año, a Joey le fue diagnosticado un cancer linfático. El Ramone que más decididamente había encarnado y vivido la vida del eterno adolescente había sido tocado por la mortalidad.
Fue difícil trabajar en medio de la enfermedad de Joey dice Daniel Rey, al referirse a las sesiones del disco solista de Joey, que comenzaron en 1997. Si no se sentía bien, no iba al estudio, porque sentía que tocar a media máquina no era propio del rock & roll.
Hacia fines del año pasado, Joey había completado diez temas, incluyendo "Maria Bartiromo", un tributo a una analista financiera (Joey se había vuelto un estudioso entusiasta del mercado de acciones en los últimos años), y un cover bien a lo Ramones de la balada que Louis Armstrong convirtió en un clásico: "What a Wonderful World".
El álbum demuestra la versatilidad de Joey dice Marky Ramone (Marc Bell), quien tocó la batería en siete temas. Su voz sonaba mucho más rica, más masculina. Era como si estuviese diciendo: "Estoy contento conmigo".
El 30 de diciembre pasado, Joey fue hospitalizado después de una caída, cuando caminaba por la calle, en Nueva York. Fue dado de alta durante unos pocos días en febrero de este año, y luego vuelto a internar. Joey nunca volvió a su casa. Pero tampoco dejó de ser un Ramone o de creer que, a través del rock & roll, se le había concedido una vida eterna e invencible, y que tenía la responsabilidad de compartirla con todos aquellos a quienes conocía.
Joey no tenía muchas posibilidades de ser un héroe dice Fields. Nunca sería un piloto de combate, un abogado famoso o un senador. Pero encontró el rock & roll, y allí estuvo su heroísmo.
En esa reciente entrevista de 1999, Joey todavía hablaba de los Ramones en tiempo presente, como si fuesen una de las fuerzas indomables de la naturaleza: "Los Ramones fueron, y son, una banda de puta madre... Cuando salíamos a tocar, la energía era muy intensa; era como ver a los Who en los años 60. Hoy mismo, cuando pongo a los Ramones en el estéreo, todavía sonamos genial", decía, orgulloso. "Y siempre estaremos allí, cuando necesites que te levanten el ánimo; cuando necesites una dosis de rock & roll."
Con la muerte de Joey, necesitamos esa dosis más que nunca.
¿Primer Punk o Ultimo Hippie?
en el verano de 1975 aparecio un pequeño artículo sin firma en el periódico Village Voice recomendando un club nocturno de nombre extraño; allí, una banda de nombre también extraño intentaba "hacer un agujero en la capa de ozono". Una maravillosa imagen que ha permanecido en mi cabeza todos estos años, arrancada de los apocalípticos titulares de la época y transformada en un desafío de rock & roll. Los Ramones producían ese efecto en los críticos, que sentían la misma atracción por la energía de la banda que los cormoranes por el casco de un gran barco, y, al paso del grupo, soltaban un mar de metáforas y adjetivos. Esa noche, los Ramones brindaron dos sets de doce minutos cada uno (los Talking Heads fueron teloneros) que me dejaron perplejo y riendo sin control. ¿Cómo podía salir tanta energía de amplificadores tan pequeños?
Un año después, ya tenían amplificadores grandes y un álbum en las disquerías, y mi primer trabajo para Rolling Stone fue entrevistarlos. Joey me produjo pánico. Era el frontman y, esa noche, parecía comatoso; murmuraba algo acerca de su "colección de picaportes" y fue todo lo que dijo durante toda la entrevista. Por suerte, Johnny y Dee Dee hablaron, con increíble candor, acerca de su odio por la escuela secundaria y sobre aspirar pegamento, mientras Tommy teorizaba sobre despojarse de todos los adornos pretenciosos (como los solos de guitarra) que ensuciaban la música popular en esos días. ¿Eran inocentes o astutos? No lo sabía con seguridad, pero ya tenía mi historia y había hallado el curso que seguiría mi carrera.
Entrevisté a Joey dos veces más. Una, en 1983, y la otra, el año pasado. Me impresionó como un músico brillante, atrapado en el cuerpo de Abraham Lincoln: miembros increíblemente largos, poca espalda y nada de cola. Su estructura esquelética parecía sostenida tan sólo por nervios y tendones, sin evidencia visible de músculos. Escondía su cara aniñada detrás de un casco de pelo oscuro y anteojos de sol redondos. Es difícil imaginar a alguien menos preparado para la vida en la ruta, y esa fue la maldición de los Ramones. Los programadores radiales los odiaban y, al no ser lo suficientemente bonitos como para la televisión, como única vía para crearse una audiencia sólo les quedaba la opción de salir de gira constantemente. Veinte años de comida en la ruta y el estrés deben haber contribuido al linfoma de Joey. Durante veinte años, una de las frases más escuchadas del rock & roll fue: "Vimos a los Ramones y decidimos formar un grupo. Si esos bobos pueden hacerlo, ¿por qué nosotros no?". El don de los Ramones fue su mágica habilidad para convertir la angustia en algo divertido. Sus canciones eran tan graciosas que era fácil perder de vista el dolor que las había inspirado (ése era el truco). Cuestiones como la escuela secundaria, la ruta, las relaciones amorosas, cómo ser un hombre y cómo ser vos mismo, fueron fuentes de tormento y -a la vez- de las mejores bromas en la historia de la música. En 1983 le sugerí a Joey que los Ramones tenían un efecto liberador, que eran una fuerza de libertad porque habían democratizado el rock & roll. "Si esto es la libertad, estoy bien jodido", dijo, riéndose. "Si esto es libertad, debería estar en Alemania Oriental, sometido a torturas."
La ironía fundacional del punk -una subcultura abrumada por la ironía- era que el líder de la primera banda auténticamente punk no fue un punk. Johnny y Dee Dee eran los auténticos creyentes. Joey tenía una actitud cuasi-hippie respecto de la integración, de invitar a todos a ser parte de la escena. El tema "Pinhead" era divertido, pero Joey decía en serio eso del estribillo: "Te aceptamos".
El punk se habría de volver muy excluyente, con su interminable debate acerca de quién era pura pose y quién era un punk auténtico. Joey Ramone sabía que todos somos pura pose, y siguió adelante, invitando a los bobos de cualquier parte a reinventarse a sí mismos tras cualquier identidad que quisieran adoptar.
Un Sentimiento
Primero fue un obras repleto; años más tarde fueron tres; al siguiente, cuatro, y después nada parecía alcanzarles: seguidilla de Obras, Vélez, River. Como nunca antes, una cantidad importante de público adolescente pudo identificarse con un grupo de rock y demostrarle todo su amor y fidelidad. Sin embargo, no había sido en aquella primera noche calurosa de febrero de 1987 cuando se gestó el amor incondicional de Ramones con su gente en la Argentina. Para aquella primera visita, aún con Dee Dee en el bajo y Ritchie en batería, se congregaron curiosos, unos pocos fans, viejos rockers, lo que quedaba de la primera armada punk local y algunas celebridades pop del momento. Mientras Luca Prodan pasó inadvertido, a Charly García tuvieron que esconderlo para que los punks más intransigentes no lo molieran a palos.
Cuatro años después, la situación fue muy distinta: los Ramones tocaron durante tres noches, junto a Violadores, en un estadio abarrotado de jovencitos que por fin encontraban una banda con la cual podían sentirse de igual a igual. Sin conocer más que un par de frases que sonaban más bien a gritos tribales ("¡Hey Ho!", "¡Gabba Gabba Hey!"), tal comunión radicaba en la actitud de cuatro tipos que, así como no sorprendían, tampoco defraudaban a nadie. Era casi matemático. Desde el comienzo con "The Good, The Bad, The Ugly", de Ennio Morricone, hasta el "Thank you, good night", nunca pasaba más de una hora y cuarto de concierto, con 33 temas sin respiro. Tan matemático como las visitas nocturnas e interminables de Joey al programa de radio Heavy Rock & Pop, donde, además de oficiar de disc-jockey, nunca parecía cansarse de responder preguntas. Los Ramones rompieron con la imagen de rockers bonitos, arregladitos, con canciones complicadas y poses de stars. Nunca vinieron a Buenos Aires con más equipaje que un bolso de mano. Caprichos de la globalización rockera: lo que cuatro desgarbados de Queens quisieron expresar cuando se propusieron formar una banda, primero lo entendieron algunos inquietos chicos de Londres y, muchos años más tarde, miles de fanáticos en Buenos Aires. Y, entonces, esos miles erigieron al grupo como suyo. Esos pibes -que promediaban los 18 años, se vestían con cualquier remera de diseño ramonero o punk y calzaban jeans negros- parecían insaciables. ¿Cuál era el sentido de ver una y otra vez, durante una misma semana, a una banda que repetía el mismo set todas las noches, que en ninguna de sus visitas presentó modificación alguna en su propuesta escénica? Ya lo había resumido el baterista Ritchie Ramone cuando se fue del grupo; se quejaba de que los Ramones sólo tocaban dos ritmos: rápido y más rápido. Los chicos sabían que sólo se trataba de rock & roll, les encantaba, les daba una dimensión distinta a sus vidas y, por sobre todo, los (nos) hacía felices. "El rock & roll era el salvador", había dicho Joey alguna vez, recordando su propia adolescencia. "Te daba la sensación de ser un individuo."
Para los Ramones, cada año la situación en la Argentina se les presentaba más desmesurada. Los esperaban en el aeropuerto, algunos fans se hospedaban en el mismo hotel, y miles se quedaban haciendo guardia, estoicos, en la puerta. Buenos Aires conocía la versión más aproximada de la Beatlemanía. La histeria provocó la rotura de un vidrio de la entrada del Sheraton y del vallado del porche de ingreso del Hyatt.
¡Por los Ramones!
Por los únicos que daban alegría garantizada por el precio de una entrada.
Así llenaron el estadio de Vélez en 1994, en un recital junto a Motörhead, y en 1996 llegó el Gran Final en la cancha de River, con Die Toten Hosen e Iggy Pop como teloneros (cuando una multitud de chicos que se enteró de que no conseguiría entradas en uno de los puestos de venta, redujo a astillas el local). Fue la última vez. Como ellos mismos aseguraron, nunca hubo una gira de regreso. Ni la habrá. Con la desaparición de Joey, los Ramones pusieron punto final a su historia y a la vez aquí se acaban todas las especulaciones sobre una vuelta. Aquella alegría quedó un poco (más) resquebrajada.
Ya nadie te puede garantizar una hora y cuarto de felicidad completa, por el precio de una entrada.
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