
Alan Pauls
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El horror después del amor
Las metamorfosis de la vida sentimental según la lúcida mirada de un narrador exquisito.
un hombre y una mujer, Rímini y Sofía, se aman y se empinan en la dudosa cima de la perfección sentimental por más de una década, luego se separan sin escándalos -casi con pureza- y, durante los próximos siete años, el alejamiento es la prolongación del vínculo en sus niveles más obsesivos, pesadillescos y fatales. La historia de El pasado, cuarta novela del escritor, guionista, crítico de cine y periodista Alan Pauls, con la que acaba de obtener el Premio Herralde, puede parecer trivial. Y sólo lo es si se considera que el amor, los celos, la muerte o la imposibilidad del olvido son asuntos triviales.
Si el autor es capaz de llevar la trama a lo largo de 551 páginas es, entre otras cosas, porque opera con una prosa tan exquisita y conmovedoramente adherida a las domésticas costras sentimentales que no deja de encandilar al lector con esa especie de música dócil que es su escritura, ni aun en los asomos de desmesura narrativa (el capítulo dedicado a Riltse, por ejemplo, donde la estela de los protagonistas se diluye hasta casi extraviarse). Escenas como la de Rímini asistiendo al mortalmente enamorado padre de Sofía en su sobresalto cardíaco, o la señorita Sanz mendigando un signo de amor al teléfono, o el protagonista arrojando anillos de humo a la cara de su hijo para que se divierta en el cochecito aparecen como pequeñas epifanías entregadas cada tanto, dosificadamente, como para no perder la fe ante la tragedia que se presagia.
El pasado es la historia de la infalible metamorfosis del amor. O la del horror en el que puede transformarse el amor con el tiempo. Hay un momento, al comienzo del fin, en el que el protagonista es iluminado por una fugaz idea del porvenir: "¿Y si, al creer que la dejaba atrás, Rímini sólo estaba hundiéndose cada vez más en ella?", se pregunta el narrador. A partir de entonces, se inicia la batalla invisible entre quien busca la amnesia definitiva y quien no está dispuesto a otorgar al olvido ni un milímetro de su pasado. Mientras para Rímini el pasado es "un bloque único, indivisible", que hay que poseer o aban- donar "así, en bloque, como un todo", para Sofía es algo inquebrantable, una especie de justificativo de la existencia. Pero el pasado, de eso trata esta novela, termina por imponer su recuerdo como un cuerpo -ilusorio o real- que los contiene, los absorbe y los hace vivir y morir en la misma órbita. En la más perversa.
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