El privilegio de estar cerca de un grande

Daniel Veronese
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12 de abril de 2014  

Conocí a Alfredo cuando hizo Peer Gynt en el San Martín, en 1998. Habían incorporado a ese proyecto al grupo de titiriteros, en el cual yo estaba. Recuerdo mucho de los ensayos, su sencillez, su necesidad de entablar vínculos con todos, aún con nosotros, que éramos completamente ignotos. Nunca me voy a olvidar la escena de la muerte de la madre, protagonizada por Juan Hidalgo. Memorable. Estar en las patas de la sala Martín Coronado todas las noches, presenciando ese momento privilegiado, no lo olvidaré jamás en mi vida.

Veinte años después me encuentro dirigiéndolo en Los Reyes de la Risa, experiencia distinta pero, como siempre, intensa. No era posible estar al lado de Alfredo y que la experiencia no resulte de ese modo. Era dueño de un sentido del humor finísimo, inteligente. Encantaba a las personas que se encontraban a su alrededor. Te enamoraba. A su vez, descubrí a una persona frágil.

Siempre recuerdo algo que me había dicho una vez, años atrás: el actor siempre va a estar cercano a un pensamiento... ¿y si un día la gente se da cuenta? La fragilidad que vive cualquier actor la vivía él también. Es decir, la necesidad de estar siempre en un escenario. Antes de terminar un proyecto necesitaba ya tener otro en la mano. Vivía en ese lugar mar avilloso y potente, pero también efímero, inconsistente.

Se murió un actor distinto. Hay una prueba contundente de eso. Si se le pedía a cualquier persona que mencione a un actor argentino, seguramente el nombre que aparecía primero era Alfredo Alcón. Antes que ningún otro. Eso dice mucho.

Actor, dramaturgo y director

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