El problema argentino de la bella dama
En los muchos años que el responsable de esta columna ha dedicado a la actividad teatral, no encontró una Eliza Doolittle más convincente que la interpretada hoy por Paola Krum en "Mi bella dama" en el teatro El Nacional. Durante ese mismo lapso, a menudo llegó a preguntarse si es posible trasladar el "Pigmalión" original, de George Bernard Shaw, a la lengua española, y la respuesta fue siempre la misma: no se puede.
Porque, más allá del talento de las intérpretes (la primera en nuestro idioma debe de haber sido Catalina Bárcena), surgía siempre el problema de cómo debe expresarse Eliza en castellano. La dificultad nace del tema mismo de la pieza, cuyo protagonista es el idioma inglés. La gracia de la comedia está, justamente, en la sorprendente transición fonética de la inculta y vociferante florista de Covent Garden, a la dama refinada, capaz de atraer a un príncipe y ser declarada ella misma, por un experto y avieso lingüista, de sangre real.
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¿Cómo reproducir con cierta aproximación, en español, los sonidos que tanto sobresaltan al profesor Higgins, empeñado en transformarlos en un lenguaje correcto? La comicidad y el drama de "Pigmalión" se sustentan sobre la enunciación de las haches aspiradas, de esa cierta oquedad que resuena en la sílaba final de tantas palabras inglesas, de la sutil diferencia entre la diversa pronunciación de la "a" (no tan variada como en francés, sin embargo). El español es una lengua esencialmente sonora, restallante, dulcificada tan sólo en Andalucía y en nuestras tierras americanas; entre otras diferencias, no tiene las haches aspiradas, ni el sonido sibilante de la combinación "sh", por ejemplo.
Federico González del Pino y Fernando Masllorens, avezados traductores de textos teatrales, no sólo aciertan en esta versión al elegir los vocablos adecuados para que resalte la vulgaridad de Eliza, sino que consiguen algo más importante aún: transmitir el espíritu de un idioma, de una sintaxis, la música interna que es la estructura íntima de un lenguaje articulado. Por cierto que todo eso no bastaría si no estuviera en boca de la muy bella y muy sensible Paola Krum, cuyo talento se evidencia sobre todo en la cómica escena de Ascot, cuando por primera vez utiliza los refinamientos vocales arduamente transmitidos por Higgins.
Dos preguntas finales: ¿será verdad, como proponía Borges, que es imposible traducir aquella línea de "Macbeth": "the multitudinous seas incarnadine" ("los innumerables mares teñir de rojo", sería la improbable aproximación)? ¿Y a quién se le ocurrió el estrafalario "fin de fiesta" de "Mi bella dama", un agregado inexplicable, cercano a la ridiculez?






