
Con Fernando Solórzano y Cristina Umaña
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El primer narco
El cine colombiano tras la historia del polvo blanco
El director de la pelicula, Antonio Dorado, advirtió en el estreno que los medios no debían reseñarla por compasión sino como un producto colombiano hecho aclaró con problemas de presupuesto, pero como se evidencia, con un cariño y un esfuerzo inmensos. Dejando a un lado la compasión, entonces, hay que decir que El rey es una película de más de lo mismo. La historia de Pedro Rey, el primer narcotraficante de Cali –y quizás de Colombia, porque el narrador aclara que es anterior a Escobar–, es la misma de tantos pobres inteligentes, astutos, que vieron en la coca el negocio del siglo y se llenaron de poder y de dinero, y gracias a ellos convocaron a lo mejor de la sociedad a su alrededor: políticos, periodistas, estrellas, todos obnubilados ante la riqueza y la fuerza del oro blanco, como bautiza Rey a la cocaína.
Rey, como tantos otros “traquetos”, se guiaba por la ley de la supervivencia del más fuerte y comenzó a matar a diestra y siniestra a sus amigos que lo traicionaban, en un negocio en el que no hay amigos que valgan. Al igual que muchos, Pedro Rey era un mujeriego, un padre de familia, un hombre cariñoso, un buen vecino, pero como los demás, era un criminal, experto en sobornos a la autoridad, de temperamento violento, machista y tomador. Pedro Rey murió joven, como los demás. Murió a tiros, como los demás. Lo lloró el pueblo y lo lloraron sus mujeres, como a los demás. El guión no muestra nunca cómo se transformó Colombia a raíz de Pedrito Rey. No evidencia qué ocurrió cuando este primer narco comenzó su estilo desaforado de vida. Pedro Rey, como lo cuenta la historia de la película, pudo ser cualquiera, desde Escobar hasta los Rodríguez, en un país donde sobran historias de esas y faltan quiénes las sepan contar.
El guión de esta película no está hecho para nosotros, que ya sabemos cómo ocurrió todo. Cómo comenzó el auge de la coca, cómo estos personajes tuvieron cada vez más fuerza, cómo los políticos estaban cada vez más involucrados y cómo el país puso cada vez más muertos. Está hecho para europeos, que no están hastiados de ver vidas de narcos en series, películas, documentales y noticieros. En esa medida, El rey no sorprende.
Es sorprendente, sí, ver que la falta de presupuesto no es excusa para lograr una película bien producida. El sonido, que en los filmes colombianos es tan deficiente, aquí retumba en los asientos y hace parte del suspenso del comienzo y de la emoción del final. Las actuaciones –que en Colombia siempre incluyen un par de malos actores que son amigos del director– son excelentes, desde la de Fernando Solórzano en el papel de Pedro Rey [indiscutiblemente uno de los mejores actores que hay en Colombia], hasta Juan Sebastián Aragón en el rol del teniente, pasando por la hermosa Cristina Umaña como Blanca y Marlon Moreno como el “Pollo”. Sin embargo, lo mejor de El rey, indudablemente es su ambientación, que recorre una década de trajes, de autos, de música y de actitudes, que debió costar mucho, pero que convirtió a la película en un producto consumible.






