
El riesgo de meterse con Freud
"La boca lastimada", de Eugenio Griffero. Dirección: Laura Yusem. Escenografía, vestuario y video: Graciela Galán. Iluminación: Graciela Galán y Gabriel Caputo. Intérpretes: Osvaldo Santoro, Andrea Garrote, Gustavo Menahem y Leonardo Saggese. Teatro General San Martín. Nuestra opinión: regular
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Para el teatro es peligroso competir con la historia, con el prestigio de lo que se tiene por efectivamente sucedido o, peor aún, con la evidente realidad de un hombre que no sólo existió sino que, además, revolucionó el pensamiento occidental. Eugenio Griffero ha asumido ese riesgo al imaginar, en esta nueva y breve pieza, el último día que Sigmund Freud pasó en Viena -ocupada por los nazis-, antes de exiliarse en Londres, en 1938.
El autor argentino decidió soslayar la obra del intelectual que fundó el psicoanálisis para concentrarse en el hombre viejo, gravemente enfermo y abrumado por el exitoso fanatismo totalitario de Hitler. Pero exageró los trazos al intentar exponer los fantasmas íntimos que, según sus biógrafos, perseguían a Freud en esas horas decisivas. La exageración cobra cuerpo, en su obra, por medio de un oficial nazi en el seno del hogar de los Freud, y adquiere voz de auténtico fantasma, en el caso de Julius, personaje cuyo sentido se explicita hacia el final de la obra; pero sobre todo se manifiesta en varios diálogos forzados, destinados más a informar al espectador que a alumbrar una verdad en el interior del drama.
Griffero logra conmover mediante el enigmático personaje de Julius, una metáfora de la necesidad de Freud de no abandonar del todo la ciudad donde había transcurrido casi toda su vida. Pero debería haber confiado más en la acción y en la riqueza de los sobreentendidos, a la hora de exponer los conflictos del psicoanalista con su mujer y su hija.
Cuestión de acentos
Con estas dificultades debieron enfrentarse la directora Laura Yusem y los actores. Más allá del adecuado realismo poético que la obra propone y la directora recrea con oficio, el innegable talento de Osvaldo Santoro no alcanza a ocultar una expresividad inequívocamente argentina que lo aleja del erudito centroeuropeo. Y Andrea Garrote, una actriz sensible e inteligente, no siempre sale indemne del tour de force que implica interpretar simultáneamente a Martha Bernays, esposa de Freud, y a Anna, la hija que ha seguido los pasos del padre inaugurando el psicoanálisis de niños. En el papel de Martha, su rencor y su distancia respecto del marido resultan un tanto esquemáticos; y su Anna -que, en el momento en el que la sitúa la obra, tiene más de 40 años y varios libros publicados- parece por momentos inverosímilmente infantil.
Tampoco ayudan una iluminación que, cuando quiere ponerse poética, abunda en colores estridentes ni algunas imágenes en video de esvásticas y botas militares, innecesarias y redundantes. Lo mejor de la obra es la circunstancia íntima y crucial de la vida de Freud elegida por Griffero.
La puesta de Yusem, apoyada en la sutil sobriedad del vestuario y la escenografía de Graciela Galán, acierta en el despojamiento con que ha sabido explorar el dolor y la derrota de un gran hombre expuesto a la enfermedad, la vejez y los desvaríos de la historia. Los momentos más altos del Freud-Santoro son aquéllos en que logra encontrarse realmente con el fantasma de Julius, a cargo de un Gustavo Menahem que va ganando confianza con el paso de los minutos.
Si se acepta que el verdadero Freud está tan lejos de esta versión como de cualquier otra, tiene sentido acercarse a la cálida intimidad de la sala Cunill Cabanellas. El que busque una aproximación cabalmente verosímil al personaje o una visita a la complejidad de su pensamiento, será mejor que se abstenga.





