
El Rossini laico de una pequeña misa solemne
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Concierto del Vokalensemble de Bamberg, dirigido por Rolf Beck con música vocal de Franz Schubert, y la "Petite Messe Solennelle", de Gioacchino Rossini, para solistas, coro, dos pianos y armonio. Solos: Sylvia Geenberg (soprano), Ivonne Naef (mezzo), Rodrigo Orrego (tenor), Marcos Fink (barítono), junto a Michelle Kerschenmeyer y Paul Ravinius (pianos) y Michael Meyer (armonio). Concierto del Ciclo Harmonia. Teatro Coliseo.
La atracción del concierto pudo ser la "Petite Messe Solennelle", de Rossini. Al menos por su extensión una hora y media que no encaja, por cierto, en el calificativo de petiteÐ, y también por la inclusión de cuatro solistas, dos pianos y un armonio.
Sin embargo, en materia de musicalidad y empatía texto-melodía-armonía-ritmo, cabe adelantar que esta vez ha ganado Schubert, aunque estemos lejos de emular las competencias deportivas que sobre obras e interpretaciones suelen practicarse alegremente con la música clásica.
Hablemos primero de la Misa de Rossini, de catorce números (desde el Kyrie hasta el Agnus Dei).
Rossini se lanzó a la aventura de escribir esta Petite Messe Solennelle a los 75 años, después de más de 30 de su retiro oficial de la música.
Fue una misa por encargo del conde Pillet-Will para su esposa, la condesa Louise. Y se estrenó en una gran fiesta mundana en el París de 1864.
Ninguno de estos datos es musical.
Y el primero del que podemos echar mano data de aquellos días del estreno.
En efecto, Verdi le escribe al conde Arrivabene, diciéndole:"En sus últimos tiempos Rossini ha hecho progresos y ha estudiado. Estudiado qué? Por mi parte, yo le aconsejaría desprenderse de la música y escribir otro Barbero".
Por su parte, el mismo Rossini, en un sobrecogedor acto de humildad (y contrición), reconoce en su misa "el último pecado mortal de su vejez". Y dirigiéndose a Dios le habla, con su habitual socarronería, de su "pobre misa" recordándole: "Yo nací para la ópera bufa, tú bien lo sabes. Sé bueno, entonces, y concédeme el paraíso".
Las referencias son graciosas, pero también pertinentes. Porque aquí se trata de un texto litúrgico al que puso música un operista.
En sentido contrario cabe recordar que a Bach, que nos legó maravillosas cantatas, se le escapó el humor al componer la "Cantata del café".
Basta escuchar los primeros compases del "Kyrie" (Señor, ten piedad de nosotros) y su ritmo staccato de cuasi polca, enfatizado por los graves del piano principal, para advertir cuán lejano se encontró Rossini de la súplica. Allí mismo empieza a escabullirse el espíritu religioso para dar paso al operístico.
Sería ocioso intentar aquí una retahíla de despistes de la devoción, como los que se repiten al comienzo del "Gloria" en el piano; en el "Domine Deus, Rex Coelestis"; en el "Suscipe deprecationem", en el "Quoniam tu solus sanctus". O en los que reincide el compositor en el Credo ("Descendit de coelis", "Et ascendit"), o en el "Benedictus", o en número fuera del Ordinario de la Misa, agregado por Rossini: "O salutaris hostia", etcétera.
Sumado a esto, Rossini se muestra ocurrente en los preludios y posludios de la Misa, como quien da muestra cabal de su espíritu lúdico, propio de un bromista empedernido que trata de despistar a cualquier oyente.
Los solistas, que se llevan la mayor parte, cantan con fruición. Y el coro responde bien a los tutti.
El Schubert que amamos
El concierto del Vokalensemble tuvo un buen comienzo con el Schubert de las obras vocales sacras. Sobre todo, en la fervorosa y melódicamente entrañable "Dios es mi pastor", que a veces cantan nuestros coros.
El Schubert religioso es la antítesis del Rossini de la "Misa Solennelle".
Podrá unírsele al lirismo algún aire marcial, como "Oh sol, rey del mundo";podrá mostrarse potente en "Dios en la tempestad", con la elocuencia de pasajes fugados; podrá ascender a la exaltación en "Dios, Creador del universo", o acercarse a la imponencia en "Himno al infinito". Pero siempre la letra encontrará en la música su amoroso o su triunfal correlato, que no desdeña ni la ternura ni el lirismo.
Es que en Schubert las ascensiones hacia la divinidad son empáticas con el espíritu de la letra.
El Vokalensemble Bamberg nos ha dejado con ellas un grato recuerdo.






