De la Barbie porno al coito animal de La rabia, pasando por el incesto de Géminis, la poética carnal de una directora única.
1 minuto de lectura'
Imposible besar sin dar besos de película. Después del cine, se agotaron los besos inéditos para la vida real. El acto sexual, en cambio, sigue incierto. La secuencia de penetración, fricción, variación, reiteración, huye del cuadro. Avaricia del cine, como si hubiera solamente dos gustos: elipsis o pornografía. Toda excepción a esta regla se convierte en un hito, imagen que persigue a sus presas un tiempo extra, más allá de lo normal... Y en el panorama nacional Albertina Carri resulta, por lejos, la más excitante excepción.
Muchos espectadores de La rabia parpadean cuando Pichón –uno de los protagonistas–, que enlazó la garganta de Alejandra con un cuero que se usa en realidad para inmovilizar a las vacas, la penetra por atrás y bombea a ritmo frenético, con su culito blanco y flaco, en parte broma, en parte impudicia, placer íntimo de dos, que atrae y condena a los curiosos. Cerrar los ojos, por decoro o por lo que sea, pronto se muestra un recurso inútil. Carri tenía previsto ese reflejo y se colocó por encima del coito, la escena sigue, la boca abierta de ella y el constante zarandeo continúan más de lo tolerable. "Apurado no se puede hacer bien", parece susurrar la directora detrás de cada butaca y en el oído de los dos actores que no paran. Carri se inclina, se arrastra, se encabalga, se hace cargo del sexo desvalido y lo pone tremendamente cerca de los espectadores, a punto tal que huele. La mano de Pichón se apoya en la ventana y deja una huella pringosa. La cámara, como lo más natural del mundo, registra humedad, sudor y rubor.
Si hay algo innegable, es que en las películas de Albertina Carri la gente coge. Y no como Dios manda sino como cada uno de ellos es y está. Las muñecas y los muñecos (travestis incluidas) del cortometraje Barbie también puede estar triste, los hermanos incestuosos de Géminis, los adúlteros de La rabia, definen su lugar en la historia a través de la original coreografía de su acto sexual. El coito, según Carri, detona el argumento, define la personalidad, mide el estado del romance y da la pauta de una poética amorosa que cuanto más perversa más sutil. La potencia de las escenas sexuales de La rabia incita a una lectura pornográfica de una imagen que no lo es. Tal vez la prueba más elocuente de esa perturbación del juicio sea una de las críticas que la película recibió durante el Festival de Berlín. La periodista Leslie Felperin –The Hollywood Reporter– afirmaba: "Se diría que las extensas escenas eróticas no están simuladas; la sospecha podría avalarse por el interés hacia la pornografía que la directora declaró en entrevistas". Extraña paradoja: la misma directora en otras entrevistas desmantela uno de los secretos de su artificio: "Doblamos el sonido y fue ahí que las escenas ganaron erotismo. En el doblaje, las intenciones cambiaron completamente; los actores vestidos en una sala de grabación vivían una especie de esquizofrenia entre cuerpo y voz, ahora gemían y se miraban entre sí".
Artificio, espíritu de pornógrafa y una lucha sin piedad contra los estereotipos son los tres vectores con los que Carri construye su particular gramática del sexo. El plano apretado en Géminis logra que la fricción entre hermanos se asuma como un imperativo de la sangre, el sexo como imán, fiebre envidiable que suspende el tabú por un rato. La distancia con que muestra a los amantes de La rabia deja a la intemperie una sexualidad urgida: descargar y descargarse. ¿Se priva de algo? Sí. De repetir la vida real, de repetir convenciones. ¿Será por eso que es tan difícil encontrar un beso en las películas de Albertina Carri?
- 1
El regreso de Torrente: el personaje machista y homofóbico al que algunos ven “simpático” y que una porción del electorado votaría para presidente
2Mariano Iúdica escupió a un conductor durante una entrevista
3En fotos: así fue el cumpleaños de la China Suárez en un yate con Mauro Icardi
4El papelón viral de Lola Latorre en Pasapalabra y su reacción al darse cuenta de su respuesta





