
El trompetista que bajó del cielo
A doce años de su muerte, uno de los genios del jazz blanco vive un renacimiento gracias a la música de una película y a la idea de Leonardo DiCaprio de llevar su vida al cine.
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LONDRES (The Sunday Times).- Allá por la década de 1980, cuando tanto el jazz como Chet Baker estaban de nuevo de moda, circulaba una historia acerca de un ingenuo ejecutivo publicitario que quedó tan atrapado por una fotografía del trompetista que quería encargar más para una campaña en los medios. ¿Quién podría culparlo después de ver la clásica foto que mostraba a un joven de aspecto tan malhumorado como angelical, vestido con una remera blanca, el cabello oscuro enmarañado cayéndole sobre la frente y una trompeta acunada en los brazos?
Chet era el sueño de todo creador de imágenes. El gran problema, desconocido para el publicista, era que la fotografía que él admiraba tenía unos 30 años de antigüedad. El Chet Baker que tocaba en clubes nocturnos londinenses como el de Ronnie Scott era por entonces un veterano enjuto y marchito por muchas inyecciones de heroína. Aunque su edad era de cincuenta y tantos, parecía 20 años mayor. Una vez, hablando con su amigo Jack Sheldon, Baker describió en broma las profundas arrugas de su cara como las líneas de la risa. "Nada podría ser más divertido", le respondió Sheldon con la misma ironía.
Ahora, doce años después de que cayó hacia la muerte desde la ventana de un hotel de Amsterdam, Chet Baker está de nuevo entre nosotros. Su cara y su música nos provocan el estremecimiento propio de todo romance predestinado al fracaso, algo que ocurre en "El talentoso señor Ripley" (que se estrenará el jueves en la Argentina). El antihéroe que encarna Matt Damon en esta película aprende sin perder tiempo que la forma más rápida de ganar la confianza del joven y deslumbrante playboy Dickie Greenleaf (Jude Law), es simular ser un fanático de Baker. Damon incluso hace una personificación de la voz de Baker al cantar "My Funny Valentine", la balada de Rodgers y Hart que había convertido a Baker en una estrella hacía medio siglo.
Si bien el film de Anthony Minghella acepta esa visión trillada que define al jazz como un existencialismo barato de clubes nocturnos, la voz de Damon resulta ominosamente precisa. Y, en breve, también Leonardo DiCaprio le rendirá homenaje a Baker. El actor de "Titanic" sacó de la competencia a Brad Pitt cuando Miramax adquirió los derechos cinematográficos de la autobiografía incompleta del trompetista, "As Though I Had Wings" ("Como si tuviera alas"), publicada hace tres años. Una fuente de Miramax confirmó que el proyecto habrá de continuar una vez que se determine quiénes serán el guionista y el director.
Atracción casi fatal
Las mujeres adoraban a Baker. Su magnetismo personal se hizo evidente en un documental dirigido por Bruce Weber ("Let´s Get Lost"), que se realizó hacia el fin de la vida de Baker. Las ex mujeres y novias del músico desfilaban ante la cámara, y todas daban testimonio de su falta de confiabilidad y de su egoísmo.
No mucho de eso, para ser justos, surge de la autobiografía "As Though I Had Wings". En su descolorida estructura, el libro es un tratado antidrogas tan persuasivo como un volante de propaganda de cualquier ministerio de salud. En un punto, Baker se queja de que el público está más interesado en los aspectos más superficiales del jazz, pero él hace poco esfuerzo por enseñar otra cosa. La música ocupa en el libro un papel secundario con relación a las agujas y a los fármacos.
Pero, una vez más, esto explica por qué una historia como la de Baker sigue ejerciendo en Hollywood una atracción casi irresistible. Cuando al jazz se le permite llegar a la pantalla, las patologías nunca quedan muy alejadas del primer plano. Incluso films tan valiosos como "Cerca de la medianoche", de Bertrand Tavernier, y "Bird", de Clint Eastwood, tienden a reforzar la imagen de los músicos como víctimas autodestructivas. Es cierto que los músicos de jazz tienden a vivir en un mundo cerrado, con sus propios códigos, pero sin embargo sigue pareciendo raro que ningún estudio importante haya pensado hacer un film en torno de una figura enigmática como Duke Ellington, un hombre algo hedonista, pero que a la vez poseía una extraordinaria capacidad de autodisciplina.
Pero hasta ahora el foco de Hollywood sigue puesto en figuras como Chet Baker. Cuando todavía era un joven vivaz que andaba por la ciudad, el trompetista estuvo a punto de ser retratado en la pantalla grande por Robert Wagner. Dos generaciones después, otro rompecorazones, como DiCaprio, es el elegido para enfrentar el desafío. La buena nueva para las fans de Leo es que el poco detallado manuscrito autobiográfico de Baker se interrumpe a principios de la década del 60, lo que significa que el actor probablemente no tendrá que sufrir toda la transformación que va desde una juventud dorada hasta una vejez con dentadura postiza.
Vida a los golpes
A Baker le sacaron los dientes en una dura riña con narcotraficantes, en California, en 1968. Fue otra humillación en su carrera, que ya se había estropeado unos años atrás. Quien alguna vez fue considerado uno de los solistas más delicados del jazz de posguerra, nacido en Oklahoma, había pasado de la marihuana a la heroína a mediados de la década del 50. Cuando se lanzó a una marcha hacia la perdición desde Estados Unidos hacia Europa sufrió un arresto tras otro. Los diarios sensacionalistas sabían que podían confiar en él cada vez que buscaban una buena historia relacionada con sexo, drogas y bebop.
El daño a los dientes es uno de los peores desastres que sufre un trompetista. Después de esa paliza, Baker abandonó la música durante varios años y sobrevivió por un tiempo como empleado en una estación de servicio. Cuando concretó su regreso, largamente esperado, todavía podía tocar con gracia divina, pero el sonido era aún más frágil y obsesivo que antes.
Hacia el fin, en el club de Ronnie Scott, ya tocaba encorvado y sentado en un taburete, y a veces apenas era capaz de sostener una nota. En 1988 llegaron las noticias de la muerte de Baker, en circunstancias que nunca se han explicado con claridad.
Los cínicos afirmaban que él representaba el triunfo del marketing sobre el talento. Ahí estaba ese muchacho blanco moderadamente talentoso y bien parecido, que explotaba con éxito su carrera porque era capaz de imitar el introvertido lirismo de Miles Davis. Según este razonamiento, Baker llenaba un vacío evidente, porque era para el jazz lo que Elvis Presley significaba para el rock´n´roll y James Dean para el cine.
De tono susurrante
Baker era un ejecutante técnicamente limitado que prefería tocar en tonos susurrantes, y sin duda no era un talento tan profundo ni tan versátil como Davis. Pero escuchar sus primeras grabaciones con el saxofonista barítono Gerry Mulligan es apreciar a un poeta en plena actividad. Durante un momento de éxtasis, a principios de la década del 50, el cuarteto de Mulligan-Baker era el hecho más apasionante del jazz. Después de la pirotecnia exaltada de los pioneros del bebop, el contrapunto delicado del grupo parecía irresistible. Sin embargo, como si fuera un supergrupo pop de crecimiento meteórico, la relación se rompió sin llegar al año. Mulligan fue condenado por posesión de drogas; para cuando quedó libre, el ambicioso Baker ya había lanzado su propio grupo.
Hubo reuniones ocasionales entre ambos durante los años posteriores, pero la magia original se había desvanecido. Esa suerte de existencia protegida que vivía Baker, favorecida por su encanto, también se terminó. Aunque la crítica del New Yorker, Pauline Kael, consideró que su "picardía improvisada" lo convertía en un ídolo potencial para el cine, los papeles elegidos para él comenzaban bien pero terminaban fracasando en desengaños llenos de trampas.
Tal vez por esta razón los músicos de cualquier campo resultan una rareza en el cine. Y aun los de perfil más clásico deben inclinarse ante las demandas de los guionistas de Hollywood. Es David Helfgott (el de "Claroscuro") y no Alfred Brendel mejor materia prima para el guión de una película que tiene más pretensiones comerciales que artísticas. Y en este sentido, Chet Baker marca hoy el compás de un proyecto cinematográfico mucho más intensamente que Count Basie.





