
Elegía a Paco Rabal dormido en Aguilas
El actor español fue enterrado el viernes último, según su deseo, en el pueblo donde nació y creció
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Has querido que tu cuerpo descanse a la sombra de un almendro, cerca de los huertos donde todavía huele a infancia el olor agrio de los limoneros y el perfume dulzón de los naranjos. Es en Aguilas donde has crecido, Paco, y adonde has querido volver para encontrarte con las asperezas del campo y con las casas de los mineros y con las muchachas que sueltan sus sonrisas al viento y con la felicidad de las huertas donde florecen los almendros y con los labradores de manos castigadas que toman sol frente al mar. Es en Aguilas adonde has regresado después de tanto viaje, ebrio y fatigado después de entregarte a la dicha y a la desazón de tantas otras vidas.
Es en Aguilas donde los vecinos murmuran pequeñas historias de todos estos años, pero no con el dolor angustiante y abrumador de las malas despedidas, sino con esa mansedumbre tristona y dulce con la que se dice adiós al amigo que ha llevado (y ha compartido con nosotros) una buena vida.
Recuerdan tu peregrinaje por los bares del pueblo, tus parrafadas inflamadas de socialismo, tus picardías de donjuán irredimible y tus paseos con Asunción, la mujer que elegiste amar para siempre y que ahora posa su mano compañera sobre tu frente.
Es en Aguilas donde ahora voy a tu encuentro. El Ayuntamiento ha decretado tres días de luto y ha dispuesto que el sepelio se celebrara en el centro cultural que lleva tu nombre, en cuyo frente dos grandes fotografías te muestran joven y sonriente. Tres libros aguardan que la multitud exprese allí sus sentimientos de pesar y gratitud, que te confíe algo al oído, que te retribuya: "Vaya usted con Dios, buen hombre".
* * *
Una multitud se agolpa en la capilla ardiente en un silencio sereno. Son gentes sencillas, algunos paisanos del pueblo y otros llegados de Calabardina, ese paraje secreto donde hallaste resguardo y donde levantaste tu última casa, a la que llamaste Milana Bonita, como uno de tus amores más entrañables.
Me aparto y encuentro los ecos de tu voz en la penumbra de una biblioteca, en un ejemplar gastado de una novela de Muñoz Molina. No quiero que me entierren aquí, no quiero quedarme solo cuando me mueraÉ No me importa estar muerto, pero no quiero que me entierren aquí, donde voy a morirme y nadie me conoce, en un cementerio donde sólo habrá nombres de extraños.
Encuentro entonces tu sonrisa plácida, la sonrisa serena y acaso dichosa de quien por fin sabe que todo ha valido la pena. Podrás morir tu muerte en paz porque es en Aguilas, el pueblo donde naciste hace 75 años, donde ahora tu cuerpo descansa a la sombra de un almendro, cerca de los huertos donde todavía huele a infancia el olor agrio de los limoneros y el perfume dulzón de los naranjos.
* * *
Nos conocimos hace una punta de años. El tenía la mirada vidriosa y algo extraviada y la boca desdentada y el andar sumiso y fugitivo y las ropas andrajosas y hediondas de un mísero peón. Entonces le llamábamos Azarías y nos divertíamos ahuyentando de su hombro con un grito al pájaro que lo acompañaba en sus días de gozo y de desdicha. Nos gustaba verlo proteger en un abrazo a la Niña Chica, también, y pensar que era él, el hombre más desprotegido de esta tierra y también el más noble, quien iba a abrazarnos y a darnos resguardo y calor cuando nos muriéramos.
* * *
Habíamos oído hablar de Paco en las largas mesas familiares del Centro Lucense, en una Buenos Aires cuyos esplendores y apego por las fiestas populares irían menguando con los años, en bulliciosas noches de carnaval en las que nos peleábamos por una falda con fervor e inocencia mientras nuestros padres batían palmas y meneaban caderas al ritmo del pasodoble o la muñeira, después de haberse atragantado con las sardinas españolas y las morcillas vascas y las batatas asadas al carbón y los jamones tan perfumados como las señoras que atiborraban la pista, atraídas por una estridencia de trompetas y por las toreras de luces y las fabulosas charreteras y los zapatos y los pantalones blancos de los Gavilanes de España, que era el conjunto musical que animaba las tertulias y las verbenas.
En esas mesas extenuantes se hablaba de todo, inclusive de Paco Rabal. Estaban quienes defendían ruidosamente a Fernando Fernán Gómez y quienes se arrebataban evocando las películas de Fernando Rey. Eran discusiones acaloradas, las caras enrojecidas por los ardores que traían el jerez y el vino tinto, discusiones sobre todo inútiles porque lo que verdaderamente importaba a nuestras tías y a nuestros abuelos era dejar correr los recuerdos al calor de una muñeira y entregarse felices y dolientes a la nostalgia y regresar por un segundo a las aldeas sencillas donde habían conocido la dicha primero y luego la esperanza y finalmente la persecución y el espanto, y que viva España. Que todo eso podía hacer Paco Rabal.
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