En 1908 no todas fueron rosas
Las crónicas de LA NACION de la época dan cuenta de una apertura menos idílica de lo que se imagina. Cien años después, las cosas no han cambiado demasiado
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Idealizar el pasado es una de las actividades masoquistas preferidas de los argentinos. Compadeciéndonos del presente que nos toca sufrir, solemos añorar los tiempos idos como si aquéllos no hubiesen tenido sus propias complicaciones. Con el Teatro Colón pasa algo parecido.
En el primer plan podemos permitirnos soñar sólo con la Buenos Aires de 1908 más pujante y europea. Esos tiempos en que la Argentina todavía es más que Canadá y que Australia, y su economía marcha entre las más dinámicas del planeta. Gobiernan los conservadores, pero asoman los radicales con ganas de aportar ciudadanía. Por allí andan también los socialistas de Juan B. Justo imaginando leyes para una sociedad más equitativa. No falta mucho para que el sufragio universal irrumpa en los comicios con un sentido democrático más pleno y genuino. Dos años antes había muerto Mitre y Julio Roca se retiraba a cuarteles de invierno, luego de un par de décadas de fuerte influencia sobre la política argentina.
"El contexto político-social -completa el historiador Carlos Floria- estaba dominado por los llamados liberales reformistas, descendientes de la llamada «generación del 80» y en parte críticos de aquellos tiempos, aunque generadores de una Argentina moderna. Pero aquellas generaciones dirigentes eran sobre todo cultas y contrarias a la frivolidad en sus propuestas fundamentales. En esa parte de la biografía nacional se inscribe la recreación espectacular del notable Teatro Colón, elogiado por los mayores exponentes de la música y la operística de todos los tiempos."
Haga el esfuerzo de imaginar la sala de la calle Libertad resplandeciente, con las telas lujosas de su telón y tapizados recién bordadas, con sus paredes y mamposterías sin fisuras, todo listo para empezar a recorrer una historia plena de páginas gloriosas.
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Ahora abra los ojos y deje de soñar que en todas las épocas se cocieron habas y 1908 tampoco fue la excepción. Ese año el presidente de la Nación José Figueroa Alcorta manda cerrar nada menos que el Congreso, porque los legisladores no le aprobaban el presupuesto y unos anarquistas casi lo matan cuando le tiran una bomba al paso de su carruaje. Con Uruguay peleábamos por el uso del Río de la Plata y Bolivia no aceptaba un laudo arbitral que definía la frontera común que nos une.
Y en cuanto al Teatro Colón no todo lucía tan bello: veinte años de construcción no habían sido suficientes para llegar al 25 de mayo de 1908 con la obra terminada.
En una crónica de aquellos días, LA NACION lo califica como un "templo inconcluso". En la edición del 23 de mayo este diario consigna que "el ensayo general de las luces no dio el resultado apetecido: hubo fusibles quemados, y en un tris se estuvo de que la gran sala se quedara a oscuras". Algunos de los selectos invitados a esa recorrida previa a la inauguración, según LA NACION, consideró la sala "excesivamente recargada de oro; asimismo, resultó muy mediocre el efecto del gran ramillete de luces del plafón, a través de cuyas lamparillas se advierten muy visiblemente las poco disimuladas armazones de hierro".
Más severa aún resulta la crónica de LA NACION correspondiente a la apertura formal, con toda la pompa, en la fecha patria. "Llegar en carruaje a la puerta del Teatro Colón la noche del lunes -consignaba este diario el 27 de mayo de 1908, con el significativo título "Un teatro inaccesible"- resultó obra de romanos, gracias a la combinación de inepcias, imprevisiones y descuidos tanto de la autoridad pública como de la administración del teatro." Se refería a que la calle Libertad, donde da la puerta principal del Colón, se encontraba "intransitable por la remoción de pavimento que se le estaba haciendo".
No tardó mucho en generarse un gran caos de tránsito. "La policía -puntualiza el artículo- dispuso que los coches entrasen por la calle Tucumán y desplegó sus agentes de manera que cerrasen todos los otros accesos. Los coches se aglomeraron en las calles Córdoba, Talcahuano y Lavalle. En las dos últimas hasta Cerrito se formó un bloque de carruajes, automóviles y tranvías. No había un solo agente que dirigiese en ese momento el tráfico. La masa de vehículos se inmovilizó por más de una hora. Con decir que a las 10 de la noche llegaban todavía familias al teatro se tendrá una idea de aquel desorden. Para completar las delicias de la noche, duró la función hasta la una y media de la mañana, y se repitió a la salida de la concurrencia algo parecido a lo que había sucedido a la llegada, a causa de las dificultades del acceso de los carruajes."
Uno de los grandes enigmas de la sala tiene que ver con su maravillosa acústica. ¿Fue desde un principio así o el paso del tiempo obró mágicos efectos? El filoso e ignoto cronista de LA NACION de aquellas primeras jornadas del Teatro Colón no deja de sorprendernos al calificarla de "precaria" y esbozar una tesis al respecto: "La causa principal -escribe- está sin duda en algunos fenómenos de interferencia, en la grandeza del hemiciclo de la sala y en la altura y profundidad del escenario, que estas noches aún estaba casi vacío, todo lo cual es propicio para la dispersión del sonido. Pero no hay que olvidar que se trata de una sala construida recientemente y en este sentido sólo podrá ser mejorada con el tiempo y con el uso". Luego disculpa la "indigencia" del nivel de la representación de Aida en "los inconvenientes extremos que se han tenido que vencer para poder inaugurar el teatro en la fecha perentoria de la fiesta patria".
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Cien años más tarde, hoy, no será noche de gala para el Teatro Colón, pero de manera simbólica habrá un poco de música por la mañana, en su foyer y, a la tarde, en el Salón Dorado. Luego todo será silencio como le sucede desde hace dos años y como le sucederá, por lo menos, en los próximos dos. Con suerte, el 25 de mayo de 2010, el día del Bicentenario de la Revolución de Mayo, la sala estará operable, aunque todavía seguirán pendientes otras reformas. Para el Mozarteum, que anualmente garantiza la cobertura de unas veinte funciones de altísimo nivel, un cierre tan prolongado constituye un gran problema al que se resigna trasladando su actividad artística al Coliseo. La Fundación Teatro Colón, que este año cumple tres décadas de labor ininterrumpida, también sufre las consecuencias del teatro silenciado, y sus recursos privados, individuales y corporativos menguan. El público tan fiel del Colón se dispersa en la variedad de salas donde se lleva a cabo una temporada irregular; el personal se desanima por los rumores circulantes y, especialmente, por la falta de continuidad del trabajo que un director general prestigioso, pero muy viajero y con poca presencia, no termina de contener.
Mientras se aproxima el momento en que la Legislatura porteña otorgue al Teatro Colón su autarquía, mañana será un día clave para los destinos de la controvertida restauración de la sala: se abrirán los sobres de la licitación en que unas ocho consultoras aspirarán a ser elegidas para coordinar la continuidad de una obra que hasta ahora ha dado más disgustos que satisfacciones.
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