¿A quién le sirve a esta altura la ceremonia del Oscar? Al público, no

Steve Martin y Chris Rock, anfitriones simulados
Steve Martin y Chris Rock, anfitriones simulados Fuente: LA NACION
Marcelo Stiletano
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16 de febrero de 2020  

El Oscar ya no da para más. Ya no sirve para nada. Para ser precisos, lo que ya no le resulta útil a nadie es el tipo de transmisión televisiva a través de la cual llega a todo el mundo la máxima fiesta de la industria.

A posteriori de la transmisión, no hubo anuncios de algún encuentro entre los máximos directivos de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood después de que se supiera que el rating televisivo de la entrega de premios de hace una semana, la número 92 en la historia del Oscar, alcanzara los registros más bajos de la historia. Las planillas de medición de audiencia indicaron una baja del veinte por ciento respecto de 2018 en el mercado estadounidense, que sigue siendo el único que interesa a estos propósitos.

¿Qué podrían hacer la Academia y los productores televisivos frente a este panorama? La experiencia de los últimos años nos dice que poco y nada. La ceremonia del Oscar, que siempre queremos volver a ver -pese a que recordamos de la anterior solamente nuestros bostezos entre premio y premio- es la que quiere la comunidad de Hollywood.

¿Cómo ponerse en contra de los propios organizadores? Todos los años la Academia y ABC (que pertenece a Disney, la marca más poderosa de esta industria, vale recordarlo) se juntan para imaginar propuestas renovadas para el show televisivo. Cambian los productores año tras año (y seguramente ocurrirá lo mismo para 2021, dado el fracaso de las responsables de la última edición). Eliminan la clásica figura del anfitrión. Buscan la novedad y siguen sin encontrarla.

A pesar de los cambios, nada mejora. Prometieron una ceremonia de no más de tres horas y la del domingo pasado se extendió por casi tres horas y media sin que pasara absolutamente nada diferente o atractivo, a excepción de la sorpresa final para muchos del triunfo de la surcoreana Parasite , algo que excede a los responsables del show televisivo.

¿Para qué, entonces, seguir una ceremonia que funciona directamente como una sucesión de anuncios, proclamaciones y discursos de agradecimientos totalmente previsible? Hubo un tiempo en que las grandes estrellas de Hollywood que además de actuar saben cantar y bailar engalanaban el Oscar con cuadros alusivos a las películas nominadas de cada año y explícitos tributos a tendencias del cine en esos momentos, o bien a recuerdos de aniversarios exactos (bodas de plata, de oro, etc.). Esto ya no existe más. Tampoco el Oscar a la trayectoria, que se entrega en una celebración previa, casi privada.

Ahora, en vez de la reivindicación del cine que se hace en Estados Unidos y que el propio reparto de candidaturas reconocía la comunidad de Hollywood parece demasiado ocupada en expresar preocupaciones sobre el estado del mundo y determinadas causas destinadas a otra clase de tribunas.

Sin renovación, sin brújula, sin sentido de pertenencia, sin conciencia del pasado más glorioso, sin haber aprendido las lecciones de los últimos años, la ceremonia del Oscar languidece sin remedio, año tras año, hasta que llegue más temprano que tarde alguien que se pregunte si tiene sentido seguir así. Será porque habrá llegado a la conclusión que, tal como están las cosas, el Oscar que vemos por televisión no sirve para nada. Ya no da para más.

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