
Esa brasa que arde en el fuego de Sandro
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El regreso al escenario del ídolo que provoca una explosión de ansiedades
(Foto: Rafael Yohai)
Fenómeno: en el show que estrenó en el Gran Rex el cantante sigue manteniendo un vínculo eléctrico con su público incondicional
Sobre una cortina musical que recrea fantásticos acordes de Richard Strauss se abre el telón y entre brumas multicolores asoma en el fondo del escenario la portada de un libro gigantesco con la leyenda "Historia viva" y el retrato de Sandro. Con los primeros acordes de "Como la cigarra" de M. E. Walsh el retrato deja paso al cantante que ingresa por el simulado pórtico capa de estilo italiano y micrófono en mano y envuelto en una gritería que podría dejar mudo a un César.
Llegó el momento esperado previsto con la seguridad de los acontecimientos inevitables. Pese a todo no pierde nada de la magia y el poderoso magnetismo que la figura y genio de este ídolo popular pueden generar. La explosión de ansiedades la corrida desde el suspiro contenido frenta a su imagen hacia el cantante en carne y hueso arrastra pandillas de mujeres -acicaladas como para un casamiento- hasta los pies del escenario. Y si no trepan es porque ya no les da el cuerpo.
En general el público congregado en el teatro Gran Rex carga con más de cuatro décadas encima casi tanto como Sandro en este negocio de la música-espectáulo. Aunque hay también muchos mayores acompañados por sus hijas e hijos nietas y nietos y hasta niños que ajenos a tanta euforia preferirán dedicarse a soñar durante el show apoltornados en la butaca.
Y en este estreno de Sandro en la calle Corrientes tampoco podían estar ausentes los ricos y famosos y los otros que más bien llegan decididos a ganar algún brillo ante las cámaras congregadas en el hall del teatro como Adrián Suar Jairo Victor Heredia Graciela Alfano Horacio Ferrer Violeta Ribas y Néstor Fábian Alicia Bruzzo Cecilia Rossetto Hugo Moser y Stella Maris Lanzani José Angel Trelles y Georgina Barbarossa entre otros.
Pero es el multitudinario público anónimo el que hace la fiesta el que aplaude y grita ante la sola presencia del cantante que como un buen amante los dejará con ganas de más.
El hombre sobre el escenario tiene claro que su juego es despertar y mantener vivas las fantasías de un Eros poderoso y nada remiso. Hecho que puntualizará con una pelvis todavía flexible y acentuará aún más acariciándose apasionadamente la pierna hasta llegar con "Penumbras" a la emulación del acto amoroso.
Showman
La novedad del espectáculo es la de asistir a un Sandro devenido en showman con largos parlamentos en los que puede abordar cualquier tema desde rememorar la muerte de su madre hasta denostar las guarderías y los geriátricos. Otras cuestiones más aleatorias irán enganchadas siempre con comentarios cómicos y algún chiste para lo cual cuenta con la colaboración de Moustache un actor que hace de asistente y le da pie al diálogo.
Por momentos la cuestión se puede poner un poco pesada. Más cuando a Sandro le molestan las espontáneas intervenciones de algunas de sus fans a quienes el cantante endilga epítetos nada livianos.
Cuando cae el telón a dos horas de iniciado el show queda la sensación de que se habló mucho y se escuchó poca música.
La gente ha ido a ver a su ídolo hacer sus temas predilectos aquellos con los cuales ha nutrido una larga carrera. Y piden un bis una canción más. Pero el telón no vuelve a abrirse. El público duda. No da crédito. Hasta que finalmente primero mirando hacia el escenario comienza a retirarse de la sala.
La sensación se afirma con los minutos. Temas cortados otros armados en una suerte de popurrí la cosa es que no se lo ha escuchado demasiado. Aunque también es cierto que quienes pagan la entrada siempre esperan que el artista ofrezca algo extra un rato más de música.
Pero en este caso la realización de uno o dos bises esos que se consideran obligados ensayadosy previstos en cualquier show no parecen una changa el regalo extra del artista hacia su público. Son el corolario necesario de un recital que ha mostrado a un Sandro con buena voz pero sin el "fiato" necesario para sostener la difícil propuesta que lo lanzó a la fama: un cóctel de canto enérgico e histrionismo sin remilgos para los cuales es indispensable mantenerse entrenado.
El muchacho de barrio que se convirtió en leyenda
Y ahí está él de cuerpo entero convertido casi en mito. No como fábula o ficción sino como leyenda de toda una cosmogonía artística.
Veterano ya pero no como aquel modelo Presley de la rebeldía juvenil entregado de grande a las trampas del show business como un león domesticado.
Porque de ese Elvis sólo conserva el atuendo de fiesta elegante:capote de gala levitón de pana negro moño cuidadoso peinado al gel.
Sandro llega como un ciclón con toda la frescura de showman y esa calidez de eterno muchacho de barrio (el de Valentín Alsina).
Un histrionismo caliente le brota como fuego por todos los poros.
Son suyos los melodramas de culebrón vespertino que él toma como un torero para trazar su alucinante coreografía envuelta en lágrimas y sonrisas en desesperaciones románticas y guiños traviesos. Nada les debe a las bufonadas de Raphael ni al estudiado sensualismo de Julio Iglesias; nada a las secreciones voluptuosas de Dyango ni a las coreografías cristalizadas de Luis Miguel; ni un ápice a la hiperkinesia de Emmanuel o a las jugarretas libidinosas de Ricky Martin.
Las armas de este conquistador nato son únicas. Son vernáculas. Fruto de una fusión de razas desde cuyo fondo visceral brota la llama de la gitanería andaluza.
Y es su propio volcán incontenible la razón de una supervivencia que atraviesa generaciones: de la abuela a la nieta. Como el Ave Fénix como un moderno Dorian Gray.
Nadie sabrá dónde reside su hechizo. Si en su histrionismo burbujeante -hoy en la cumbre de la maduración-; si en sus quiebros de cintura -bastará un toquecito pélvico para embrujar y desatar todos los apetitos de la inmensa masa femenina- o en sus quiebros de voz (esas apoyaturas gorgoritos y adornos de su canto); si en sus miradas que hurgan en la libido; si en la gracia de espadachín en los repentinos giros de sus caminatas; si en el espléndido humor que (signo acabado de inteligencia) sabe burlarse de sí mismo; si en los cientos de juegos de transiciones del sainete al drama con su vena de comediante.
Con resortes eróticos y hasta mefistofélicos que otrora escandalizaron a las madres cubiertas por ridículos códigos sexuales Sandro es hoy sólo un muchacho inofensivo que se divierte sobre el escenario.
Sandro enseña lo que es el canto porque es profundamente musical. Su medio tono sus matices sus pausas que son verdaderos suspensos su inconfundible vibrato que se extiende desde su garganta hasta todo el cuerpo tembloroso lo convierten en una especie de Goyeneche de la balada donde la letra se exalta hasta los límites mismos del paroxismo.
Donde su garganta se da el lujo de permanecer casi incólume en aquella tesitura de su gloriosa juventud que dio vuelo a toda una temática sentimental creada por Anderle.
En este dionisíaco reinado en este incendio erótico en estos oleajes del epicureísmo nadie puede quedar indiferente.
Sandro atrapa con buenas armas. Y hasta se da el lujo (como su amiga Olga Guillot) de no creerse esas historias ardientes que retozan en medio de la cursilería.
Y hasta se le puede perdonar que alterne pláticas y humoradas con el actor Julio El Id (Moustache) como quien recupera el fiato que los años le han quitado. Porque además deja mensajes humanitarios al hablar de guarderías infantiles y geriátricos.
Sandro es un estilo que perdura por su carisma indestructible.
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