
Ese delirante poeta llamado Paul Fort
En el catálogo de los numerosos intentos hechos a partir del último decenio del siglo XIX, para desligar al teatro del exceso de naturalismo y ponerlo al día con las transformaciones suscitadas, suele olvidarse al poeta francés Paul Fort (1872-1960). Personaje estrafalario y delirante, en 1912 fue proclamado "príncipe de los poetas" en un referendum organizado -con algún humor irónico- por la famosa revista parisiense Gil Blas.
Años antes, cuando él apenas contaba diecisiete de edad, se le ocurrió fundar un teatro en París. Lo llamó Teatro de Arte y le valió ser expulsado del colegio. Pero no estaba solo en la empresa. El adolescente Fort, que venía a ser una versión de nuestro Alberto Greco, con desparpajo e innata habilidad para las relaciones públicas, se había vinculado al escritor Jules Renard ("Pelo de zanahoria"), al pintor Emile Bernard (del grupo de los "nabis", amigo de Gauguin), a varios actores conocidos por intermedio del fotógrafo oficial del Odeón, Michelez. Famosos poetas lo apoyaron: Mallarmé, Verlaine, Moréas, Régnier.
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El enemigo era el célebre director teatral André Antoine, el creador del Teatro Libre, que exigía que todo lo que aparecía en escena fuese real, verdadero. Según el escenógrafo suizo Alphonse Appia, Antoine se había propuesto "la tarea improbable e impía de dar un duplicado exacto de la vida". Fort y sus amigos se propusieron, en cambio, a través de un teatro exclusivamente idealista, buscar "una verdad íntima, psicológica y sugerida", descubrir "el milagro cotidiano de la vida y el sentido de lo misterioso".
Las consecuencias fueron muy otras. Si bien nada menos que Maeterlinck (su "Pélleas et Mélisande" es buen ejemplo de esa tendencia) y Claudel estrenaron en el Teatro de Arte, y hubo un público numeroso y entusiasta, bien pronto se cayó en el extremo opuesto al de Antoine. Las crónicas del estreno de una "trasposición" por un tal J. Napoleón Roinard, del "Cantar de los Cantares", "en ocho divisas místicas y tres paráfrasis", son delirantes. La idea era "añadir a la sugestión de la poesía, la de los perfumes, la música y el color". Respecto de los aromas, se tomaron en cuenta las sutiles correspondencias anotadas por Chardin de Hardancourt en su "Libro de orquestación de los perfumes" ("si la música es en Do, el color es púrpura claro y el perfume, incienso"). El crítico Claude Roger Marx lo refiere así: "Poetas y tramoyistas blandían vaporizadores; algunos dicen que no se oía sino el jadear de las peras de caucho. El público aspiraba enérgicamente y gritaba: ¡Viva Mallarmé! ¡Viva el simbolismo!"
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