El cantante que juntó Toots con Queen, repasa la historia de Los Cafres, a 25 años de sus inicios
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El día de la virgen de 1967, los Rolling Stones editaron Their Satanic Majesties Request, una emblemática oda a la psicodelia con tapa tridimensional que, aparte de invocar al tándem Lennon- McCartney, les otorgó el apodo de "Sus Majestades Satánicas" e incluyó la primera polca paraguaya en la historia del rock: "Pájaro campana". A cuarenta y cuatro años y un día de la publicación de semejante laboratorio pop, Guillermo Bonetto, el mandamás de Los Cafres, pide disculpas, con indignación, por el reggaetón de alto voltaje que sacude la casa de al lado. Intenta asomarse al alambrado vecino para pedir que lo bajen, pero finalmente desiste. Más allá del dembow que llena el aire del barrio, es una tarde preciosa que el cantante ha elegido pasar a la orilla de su pileta. En un recorrido por su hogar, camino al estudio que tiene montado en la casa, hay que sortear a sus tres hijos practicando boxeo (los dos mayores aparecen en el final del video de "Tus ojos", cuando apenas eran unos nenes), a su actual pareja, que al paso ofrece refrigerio, y a una manada de perros mimosos.
Benavídez es uno de los últimos bastiones del lejano norte del conurbano bonaerense. Aquí todavía no llegó el auge inmobiliario, y las casitas rurales de la zona se confunden con countries a medio hacer que se levantan sin apuro. En esta localidad del partido de Tigre, a la que llegó tras pasar una temporada en Don Torcuato y otra en Pacheco, lo que sobra es tiempo. "Me gusta el verde, los árboles, los pajaritos y que no haya tantos autos", cuenta. "Venía huyendo de vecinos como éstos."
El vocalista del grupo que patentó la identidad sonora del reggae cantado en español abrazó el folclore jamaiquino gracias a un casete que le prestó, a mediados de los años 80, Félix Gutiérrez, bajista de Todos Tus Muertos, cuando ambos eran estudiantes de dibujo en la Panamericana de Arte de San Telmo. De un lado, el casete tenía grabado Matumbi; del otro, Culture. "Eso me despertó", dice. Poco tiempo después, pasó del punk al reggae, fue percusionista de Los Pericos, y le hizo dreadlocks a su pelo, que hasta entonces era largo y lacio.
Este año, Los Cafres cumplen 25 años, y a Bonetto se lo ve en un estado físico envidiable: podría pensarse que es su temperamento lo que lo mantiene en forma, con un humor amable y a la vez agudo. ¿O acaso existe otra manera de sostener un grupo de tamaña envergadura durante tanto tiempo? El mes pasado, volvió a encontrarse con Félix en México, en medio de una gira con la que Los Cafres presentaron en el DF su último disco, El paso gigante, frente a ocho mil personas. El tour también pasó por Estados Unidos, y, durante este verano, mientras se preparan para la presentación oficial en Argentina (el 30 de marzo en el Luna Park), adelantarán algunas canciones en distintas playas de la Costa Atlántica. "El paso gigante está mucho más cerca de lo que queríamos en otros discos, porque cada canción la trabajamos como si fuera un universo único", dice Bonetto. "Siento que éste va a ser un álbum bisagra en nuestra trayectoria."
¿Cómo te imaginás el camino de acá en adelante?
Estamos en otra cosa. Yo interpreto el reggae como una música de libertad. Si no, miralo a Ziggy Marley. Es el hijo de Bob, y se dio cuenta de que tenía que hacer su camino. Dejó de imitar a su papá. Empezó a hacer música fuera del reggae. Yo, si bien pasé mucho tiempo escuchando solamente reggae, me reencontré con otras músicas que comenzaron a alimentar nuestro sonido. A la potencia de los bajos, los silencios y la métrica para meter mi historia adapté mi bagaje sobre Simon & Garfunkel, Queen, lo poco que escuché de Spinetta, de Rubén Blades o del bolero.
De alguna manera, Los Cafres encontraron la métrica justa para hacer reggae en castellano...
Por suerte no lo veo así. No sé si me gustaría, si me haría bien.
Pero Cultura Profética, por ejemplo, es heredero del legado Cafre.
A mí me dijeron que Willy cantaba igual que yo, hasta que con el tiempo me di cuenta de que hay un parecido. Son músicos de una excelencia que es lejana a la nuestra. Nosotros somos, incluso, más vetustos y viscerales.
¿Confiaste en que les iría bien?
Antes de participar en su disco Ideas nuevas (1999), sentía algo raro en el estómago. Había escuchado su música, pero no me llamaba mucho la atención. Cuando vi a Willy y a Boris, nos emocionamos. Era como si nos conociéramos de siempre. Su entrega es muy sincera. Eran fans de verdad de Los Cafres, y lo demostraron a lo largo de ese viaje. Me hizo bien porque estábamos muy desanimados en Argentina. Teníamos tres discos y, en este país de rockeros ciegos y obtusos, nos ignoraban.
¿Cuándo sentís que le empezaron a prestar atención a Los Cafres?
Una vez que tuvimos un agente de prensa importante y nos cambiamos a un sello con una maquinaria seria.
Esa jugada coincidió con el lanzamiento de ¿Quién da más?, de 2004, el disco que los posicionó como el grupo insignia del reggae argentino. ¿Qué más cambió en ese momento?
La gente había aprendido mucho más de reggae, y se venían haciendo campañas importantes de la mano de Mimi Maura, Nonpalidece, Dancing Mood, Riddim, Resistencia Suburbana y de nosotros. La remamos durante diez años. Estábamos casi listos para que nos pasara algo.
El Obras al aire libre de 2004, con The Wailers, fue un espaldarazo para la escena...
Mucha gente que estuvo ahí no conocía ni a Los Cafres ni a Fidel. Seguramente, sabían de The Wailers por las remeritas de Bob Marley. Seamos sinceros. Si no, el público no se hubiera ido en el Pepsi anterior, cuando The Abyssinians, la banda de reggae más importante del mundo, comenzó a tocar después de nosotros.
¿Qué diagnóstico hacés del estado de salud actual del reggae argentino?
No confío en el grado de conocimiento que la gente tiene del reggae.
Siempre te has mostrado algo molesto con la prensa. ¿Qué es lo que no te gusta de los medios?
Su hipocresía. Ahora se hacen los que conocen de reggae, y no saben un carajo. Cuando sean sinceros y me pregunten cosas de verdad a mí, a Fidel, a Petty, a gente que tiene la posta acerca de cómo es la movida acá, haré las paces. Los grandes periodistas, entre comillas, que nos ningunearon un montón de veces, nunca se dieron cuenta de que tenían a una de las bandas más importantes de Latinoamérica en su casa.
¿En serio creés que existe la idea de que la movida se diluirá en cualquier momento?
Obvio. Aparte existe el estigma de que hacemos música para el verano. ¿O sea que el resto del año nos cagamos de hambre? Toronto (Canadá) es la segunda ciudad donde mejor está el reggae en Norteamérica, ¿y pensás que porque hay un metro de nieve los grupos dejan de tocar?
Será porque hay mucha confusión...
Nos encanta enfrentarnos con la pelotudez. Una de las cosas que quería con El paso gigante era justamente aclarar la confusión en todo sentido: en la forma de vida, en lo que es el reggae, en qué es importante. Somos seres humanos que no sabemos nada. Si tenés una certeza, te lo respeto totalmente. Amamos el reggae, amamos a Bob Marley, a Toots y a todos los grandes compositores y líderes como personas, no como semidioses. El machismo del rasta no me gusta, y tampoco la fobia contra los homosexuales. No soy partidario de los extremismos porque generan separatismos.
¿Estás orgulloso de la escena que enarbolaron?
No soy consciente de eso ni tampoco me hago cargo. Fijate que en las redes sociales, a las que me conecté recientemente, me piden que deje de imitar a Willy de Cultura Profética…
Sé que tenés la mejor relación con Dread Mar-I, que, además, fue corista en Los Cafres. Pero ¿no te preguntás por qué el éxito masivo lo alcanzó a él y no a ustedes?
Creo que a Los Cafres le puede pasar algo más importante. No es una cuestión de cuándo ni de cómo. Durante muchos años estuvimos a la sombra del éxito de Los Pericos, y tocábamos todos los fines de semana. Aprendimos a convivir con esto de que no somos los protagonistas. Pero ¿es tan así? A nosotros nos gusta hacer las cosas a nuestra manera. Elegimos mucho más que otras bandas. No hacemos nada por tres con cincuenta ni giras agotadoras. Y eso genera otra cosa.
Este año, Los Cafres celebran su primer cuarto de siglo. ¿Qué sensación te genera haber tenido un grupo por tanto tiempo?
Ninguna. El hecho de reconocernos perdidos nos hace vivir una vida interesante. Después de haber tenido el éxito que tuvimos, y que tenemos, no sentir la presión a la hora de grabar un disco me da mucha satisfacción. Antes me enfermaba cuando entraba al estudio. Laburé con la misma responsabilidad, pero no me estresé. Hice una muy buena selección de los temas para este álbum. Trabajamos con la misma armonía y alegría, y es súper poderoso que estemos descubriéndonos todavía ahora. Todos los días Los Cafres se pueden separar, aunque, al mismo tiempo, celebramos que estamos juntos. No lo hacemos público, sino en la intimidad de cada uno. Sabemos que nos necesitamos.
Por Yumber Vera rojas
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