
Nunca fuimos una banda bolichera.
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Sister Bliss, la chica disc jockey y productora de Faithless, habla de la música dance y anticipa cómo será su famoso show
Casi nadie la conoce por su nombre (Ayalah Bentovim), porque ella misma se ocupa de preservarlo para un uso doméstico. Y casi nadie conoce, tampoco, claramente, su rol en Faithless, el trío que forma junto a Rollo Armstrong (el hermano de la rubia Dido y productor de bajo perfil) y Maxi Jazz (el cantante de origen jamaiquino). Junto con ellos, en la primera visita de uno de los grupos en vivo más famosos de la escena electrónica, volverá a América latina para tocar en el Southfest en la Argentina y en Chile. Ella tocó como disc-jockey en Creamfields, en días que recuerda políticamente agitados, en noviembre de 2002. Cuesta imaginarse a esos tres jóvenes tan distintos una década atrás.
Muchas cosas cambiaron en esta década, especialmente para la música dance...
Ahora muchos creen que se está perdiendo terreno, pero no creo que sea así. El lado más comercial entró en crisis, pero la revolución ocurrió. Nosotros siempre apostamos por temas que tuvieran algo más, un mensaje claro, honesto, una idea. Lo nuestro nunca fueron las canciones brillantes, sexies.
¿Vivís como un triunfo personal el hecho de que la electrónica hoy se haya vuelto menos ortodoxa?
Totalmente. Siempre creí que nosotros hacíamos "música pop", que teníamos mucho que aportar ahí. Nunca fuimos una banda bolichera: mezclamos reggae, hip-hop, house, trip hop...
Muchos creen que justamente por eso el dance pierde fuerza, pierde identidad...
No creo. Al contrario. Es una fuerza cultural que contamina todo. Fijate en el rock de The Killers o Franz Ferdinand. El dance es muy popular. Lo que cayó es el negocio, la venta de discos. Primero porque muchos eran muy malos y todos iguales. Y también porque la gente se los baja gratis de internet, por el filesharing.
También se hablaba de que la electrónica traería temas de autores a los que no se les conocería la cara...
Eso ocurrió. Pero no era nuestro caso: siempre tuvimos identidades fuertes y definidas.
No es habitual tampoco que una banda electrónica se haga famosa por sus shows en vivo.
Ahora somos ocho músicos en escena. Hay toda una puesta. Pero ya cuando empezamos y vendíamos unas cinco copias por semana adaptamos nuestros temas para tocarlos en vivo. Sasha y Paul Oakenfold fueron de los primeros en verlo y nos incentivaron en esa línea.
¿No le tienen miedo a que el mensaje político que intentan bajar en sus temas y en sus clips se malinterpreten por su envase de música bailable?
En “We Become One” y en el último disco [No Roots, 2004] nos propusimos ser más explícitos en ese sentido. El mundo está en guerra en Irak, en una destrucción masiva, y el mensaje es global, internacional. Hay un cierto fundamentalismo, que tiene que ver con las raíces, al que nos negamos.
¿Cuáles son esas raíces que niegan?
Nuestro cantante estuvo en Jamaica, donde nació, y se dio cuenta de que muchos buscan un purismo extraño para él. Así nació el concepto, pero se aplica a cuestiones musicales desde ya, pero también raciales, sociales y sobre todo políticas.
El grupo se llama Faithless [Sin fe], uno de los singles más famosos es "God is a dj" [Dios es dj... ¿Les interesa la religión, la idea de trascendencia?
La primera vez que compusimos un tema, un amigo nos presentó a Maxi como “un rapero budista” y él escribió la letra de “Salva mea” sobre la frustración y la falta de fe. Ahí bautizamos al grupo, pero se suponía que iba a durar un single, nada más.
¿Y seguís creyendo que Dios es un disc-jockey?
Sí, ella es un dj.




