
Falleció el humorista Miguel Gila
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Ayer, a los 82 años, falleció en la ciudad de Barcelona Miguel Gila, víctima de una enfermedad pulmonar.
El humor de este español está indisolublemente ligado al teléfono. Su imagen con boina, el tubo en la mano y aquella frase que se convirtió en su sello: "Que se ponga", era el comienzo de una desopilante seguidilla de ocurrencias que provocaban el placer de sus oyentes.
Demostró de paso, lo saludable de la risa. A fines de 1999, a los 80 años, estrenó un nuevo espectáculo, "Suma y sigue", para festejar sus cincuenta años con el humor.
En la Argentina
Con nuestro país tuvo una relación entrañable. En 1957, hizo su primera actuación y, entre 1968 y 1985, cuando debió exiliarse de España, fijó su residencia aquí, desde donde partía en giras hacia Cuba, Chile, México, Uruguay y Paraguay.
Miguel Gila había nacido en Madrid, el 12 de marzo de 1919. Huérfano de padre, estudió en un colegio religioso, pero, a los 13 años, debió abandonar para ayudar a su familia.
Fue pintor de autos, técnico en un taller de montaje de aviones en Barcelona y fresador en una empresa en Madrid. Cuando comenzó la Guerra Civil Española, Gila tenía 17 años y, militante de las Juventudes Socialistas, se postuló como voluntario. En 1938 salvó su vida por milagro cuando, puesto frente a un pelotón de fusilamiento en Valsequilla, sus ajusticiadores, borrachos, fallaron el tiro. Tras hacerse el muerto por un rato logró escapar.
Luego trabajó en el diario Imperio y en Radio Zamora, transmitiendo partidos de fútbol y, en 1942, comenzó su carrera artística como dibujante en la revista humorística La Codorniz, donde se desempeñó hasta 1951. Allí, primero utilizó el seudónimo "XIII" y más tarde se decidió, definitivamente, por el simple Gila.
En 1951 se convirtió en humorista oral al leer en un teatro de Madrid un monólogo. Al poco tiempo debutó en escenarios de cabaret, con monólogos de tipo surrealista, contando extrañas historias de guerra.
Su humor se popularizó rápidamente en radio y televisión, contribuyendo a ello la representación que hacía del tipo "español", con el traje negro, camisa roja, la boina y pegado constantemente al teléfono.
Por un comentario en Radio Madrid, en 1956, sobre una noticia según la cual en España no había presos políticos, fue suspendido para trabajar durante seis meses y multado con cien mil pesetas.
Por esta época también publicó libros ("La Jaleo, el bizco y los demás", "Un borrico en la guerra" y el autobiográfico "Un poco de nada") y trabajó en una treintena de películas, entre ellas "Sor Angélica", "Mi tío Jacinto" y "Botón de ancla".
En 1997 recibió el título de Profesor Honorífico del Humor, de la Universidad de Alcalá de Henares.
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