Fernando Peña

Una gran advertencia, odio la nostalgia
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1 de diciembre de 2001  

Confieso que leí esto y me estremecí, empecé a interrogarme sobre el azar y el destino. Leelo y después seguimos hablando, si es que alguno de los dos puede sobreponerse y abrir la boca. "Pocas veces se ha visto a un actor interpretar tantos personajes en escena, y pocas veces se ha visto a un hombre más desnudo, más expuesto, más en carne viva, esperando, en la mirada de los otros, la confirmación de que está vivo." Es el último párrafo de la entrevista que Rolling Stone le hizo a Fernando Peña hace doce meses, ni un día más, ni un día menos.

Un año es eso, doce meses, pero en ese tiempo pueden suceder muchas cosas. Una de ellas es que una verdadera multitud te aplauda a rabiar en el teatro, celebre tus humoradas ácidas sobre la fauna humana de cada día, se rinda a los pies de tu ingenio y tu sagacidad. Otra es que de pronto suene el teléfono y te llamen para sumarte a una radio líder, y tu programa crezca en audiencia y la gente comience a reconocerte por la calle y vos sientas que sos un tipo feliz. Pero en un año, doce meses, también pueden pasar otras cosas. Puede suceder que a vos, que sos un tipo de una audacia sin límites y un profesional de la provocación, que te cansaste de señalar hipocresías y puteríos varios, que aparecés sobre el escenario diciendo que un día de estos te vas a matar, que jugás con la muerte como un prestidigitador y te cagás en el mundo entero, un día de esos doce meses un médico te dice que un linfoma anda dando vueltas por tu cuerpo. Sí, escuchaste bien: un linfoma.

El tipo tuvo un año tremendo (es un adjetivo impreciso, es cierto, pero de qué otra manera sintetizar todo lo que le pasó), de esos que te ponen a pensar. Pero en cuanto se lo digo el tipo, incorregible, me corrige: "Sentir, no pensar. Fue el año en el que sentí que todo lo que yo soñaba cuando tenía 9 años -cuando la sociedad y mis padres y todo eso me decían que me despintara las uñas, que me demaquillara los ojos, que no hablara con la voz de los demás- era cierto, que yo tenía razón. No que los demás estaban equivocados, porque eso sería ser despectivo y omnipresente, y creo que no lo soy… Se cerró un círculo, fue un nacimiento y una muerte. Porque hay una muerte, también… Sentí que era un orgullo que me llamase un hombre como Mario Pergolini para trabajar en su radio, la X4. Y sentí esa cosa rara que es la popularidad, algo que yo jamás sospeché que había generado. También me agarré una depresión tremenda. Un día me sorprendí pensando esto: no tengo que trepar más, hice cumbre. Hice cumbre. Trepar es lindo, pero fatiga. Y haber llegado es un placer, aunque también perdés el gustito que te provoca el desafío de todos los días".

Peña -el hombre que delira en la radio y en el teatro, el hombre de las mil máscaras que pone en escena su vida todos los días exhibiendo sus tripas y sus heridas y sus odios y sus amores y sus miserias y su batalla contra el linfoma- es un bicho de cueva. Quiero decir: le cuesta relacionarse con la gente, o al menos eso dice con voz grave y susurrante a la vez, un poco felino, él. Pero no cuesta creerle. Dice que este año se ha replegado más sobre sí mismo, ha elegido refugiarse entre sus mejores amigos. Ha elegido el silencio, su hondura, su misterio: "Es que me ha fatigado relacionarme con los otros. Prefiero encontrarme a solas conmigo. A solas con el silencio".

Entonces, cuando el tipo deja caer esa frase (dejar caer no es la expresión correcta, sabés que cada palabra tiene el peso deseado) sobreviene una sensación vaga de placer y de calma. Algo en ella -algo en la discreción del tono, en su falta de énfasis- parece decirte que este hombre ahora un poco más sabio descubrió que está vivo. Sólo que lo descubrió a solas consigo mismo, sin necesidad de que se lo confirme la mirada de los demás. A solas con su silencio.

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