
Gael García Bernal: "El cine está volviendo a lo esencial"
El mexicano tiene una floreciente carrera en Hollywood, donde prepara una serie de TV, y en nuestro país, donde filmó El ardor, con Pablo Fendrik
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Gael García Bernal habla bajo y pausado. No llega a susurrar, pero uno siente que grita a su lado y que el tono porteño compite, agrede y pierde la batalla del castellano frente a su acento mexicano. Ese que esta mañana llega como una certificación de origen inconfundible.
Y está bien que así sea, porque más allá de adónde lo lleven su vida personal o su trabajo, puede ser el rodaje en la selva misionera de El ardor -la película de Pablo Fendrik que está presentando y que se estrenará el 25 de septiembre-, la inminente grabación de la serie televisiva Mozart in the Jungle, en Nueva York, o la familia que formó junto con Dolores Fonzi en Buenos Aires, todo empezó ahí. En México. Su vida natural y su vida profesional.
Puede que a García Bernal le hubiera gustado que lo llamaran para participar en El Gran Hotel Budapest, de Wes Anderson, y puede que por ahora el cine no le dé revancha a su decepción, pero de eso se ocupará la televisión. Es que el actor comenzará a grabar en septiembre la serie Mozart in the Jungle, producida por los eternos socios creativos de ese director, los primos Roman Coppola y Jason Schwarztman. La ficción formará parte de la plataforma de contenidos exclusivos de Amazon y tiene fecha tentativa de lanzamiento en diciembre próximo. Basada en el libro de memorias de Blair Tindall, una reconocida oboísta neoyorquina, la serie de diez episodios retomará en tono de comedia sus revelaciones sobre lo que sucede más allá de los ensayos y los conciertos, un detrás de escena que hace honor al subtítulo del libro, "sexo, drogas y música clásica".
Allí, García Bernal interpretará a Rodrigo, el joven y flamante director de la sinfónica de Nueva York, modelado a imagen y semejanza -según quienes ya vieron el piloto de la serie, dirigido por Paul Weitz-, del joven prodigio venezolano Gustavo Dudamel.
La fascinación por el trabajo de sus padres, actores de teatro y el tiempo pasado de gira, entre bambalinas, absorbiendo -inconscientemente tal vez- la forma que tomaría su futuro. Itinerante, nómade e internacional gracias a una película, Amores perros, que hace casi quince años prendió la mecha y lo puso en la mira de Hollywood, de Pedro Almodóvar, de Michel Gondry, de Walter Salles y de tantos otros directores en busca de un protagonista. Un actor para llevar adelante relatos, para poner en marcha historias y contar la historia del continente, del Ernesto "Che" Guevara de Diarios de motocicleta al final del régimen del dictador Augusto Pinochet en No, del chileno Pablo Larraín.
Un intérprete capaz de transformarse de aquel muchacho del D.F. desesperado de amor y traición que dirigió Alejandro González Iñárritu en parte del binomio simbiótico de adolescentes tardíos que jugó con su amigo Diego Luna en Y tu mamá también, de Alfonso Cuarón, luego en el protagonista de Vidas privadas, la primera película de Fito Páez, o en ese misterioso objeto de deseo que no podría haber sido otra cosa que almodovariano en La mala educación y, finalmente, el nuevo misterio, esa fuerza de la naturaleza que interpreta en El ardor.
-¿Cómo elegís las películas en las que trabajás?
-Creo que lo que me prende es el acto fraternal. Ahora lo tengo más claro que antes. Se trata del acto fraternal que permite dar el paso, ese acto de fe que es hacer una película. Porque el cine se ha vuelto una cosa muy esencial hoy en día. El tipo de cine que hacemos rara vez se estrena en diferentes partes del mundo, entonces, hacer una película es querer que esa película nos sobreviva y trascienda. Por supuesto que a veces uno se lleva unas desilusiones tremendas porque no se logra esa alquimia o lo que fuera que se necesite para que eso pase, pero más vale que la experiencia haya sido completa, con ese acto de fe incluido. Mi guía es ésa: pensar a dónde me voy a desdoblar, con quién voy a estar ahí comprometido emocionalmente durante un rato. Tal vez largo, tal vez para siempre, si la película es buena. Y si es mala también, ¿no?
-¿Cómo encaja esa idea en tu protagónico en Rosewater, la ópera prima de Jon Stewart sobre la detención en Irán del periodista Maziar Bahari?
-Jon Stewart lleva dirigiendo su programa de TV (The Daily Show, un exitoso ciclo de comedia de alto contenido político que emite Comedy Central en los Estados Unidos) hace más de quince años, y tiene mucha experiencia trabajando en equipo. Te hace sentir muy cómodo, sabe expresar muy bien su punto de vista. Y todo tiene que ver con la naturaleza de lo que estamos haciendo. No es una película que ensayamos durante seis meses o que venimos preparando hace mucho, sino que de repente se dieron las condiciones para filmar y decidimos: "Con lo que hay nos vamos a tirar al vacío".
-Tirarse al vacío con los ojos del mundo puestos encima. Se trata de la primera película de una persona muy influyente y sobre un tema difícil...
-Y sí, pero nos aventuramos. Ya veremos cómo salió. A mí me gusta, pero cuando la vio poca gente o no se difundió ampliamente siento que la película no está terminada. En el momento de la première, que será en septiembre en el Festival de Toronto, veremos lo que pasará con ella. Me da mucha curiosidad.
-¿Es muy distinta tu experiencia cuando actuás en inglés?
-Es complicado. No es que no hable bien en inglés, me siento cómodo con el idioma, pero en la interpretación, en el ritmo de la improvisación, no puedo volar tanto. Y luego los acentos se me complican un poco en inglés. No tengo esa facilidad y es como trabajar diez veces más en algo muy técnico. A veces me pregunto: "¿Para qué me estoy concentrando tanto en esta cosa?". Pero a veces también está buenísimo, porque es un gran arma. El hablar en un idioma que no es el tuyo te pone en otro universo, en otro lugar.
-¿Eso pesa o ayuda a la hora de aceptar o rechazar las propuestas de Hollywood?
-Es un poco difícil hablar en general, porque siempre se trata de una decisión caso por caso, pero ahora tengo la necesidad de trabajar más en español, simplemente porque también creo que los proyectos más interesantes son los que vienen de acá, de América latina. Si comparo la película No (nominada al Oscar como mejor film extranjero en 2013) con alguna que me hayan ofrecido en los Estados Unidos últimamente, está todo clarísimo. No es una película que me fascina y que para mí quedará en el panteón del cine. Tiene asegurada esa larga vida de la que hablábamos antes. Y lo que me ofrecían en los Estados Unidos no se equiparaba en calidad. Por ahí va la cosa. No es que tenga algún prejuicio con lo que viene de Hollywood ni nada parecido, pero es verdad que lo más interesante de esa industria pasa en la tele. O en un grupo muy seleccionado de cuatro o cinco películas como El gran Hotel Budapest, de Wes Anderson. Si me llaman para eso, genial, pero no me llamaron.
-Hay una idea muy de Hollywood que es la del crossover, la del artista de otras latitudes que triunfa cuando se incorpora a su sistema.
-Ya no funciona tanto eso, creo. Porque el cine, pienso de manera optimista, está volviendo a lo esencial. Gracias a la tecnología y la manera en que se hacen películas dejará de existir el "cine-televisión", el cine de drama. Ese quedará para la TV. En el sentido opuesto, pero en el mismo rango de las películas gigantes de superhéroes y explosiones, estará este tipo de cine que hacemos, el que apela a la forma, a la semiótica del medio. Dejará de importar el relato y volverá a destacarse el cine mismo.
-Es, como decís, una manera muy optimista de analizar un estado de situación que otros interpretan como el fin de una era.
-Puede ser. Para mí ya no se irá al cine a ver historias, y eso está bueno. De hecho, ahora me está pasando que cuando veo una película en la que me gusta la historia pienso que preferiría verla en la tele, como serie. Como The Wire, por ejemplo. El cine no necesita cerrar las historias, la conclusión es la experiencia, es cómo salís de la sala. Inspirado, con ganas de vivir, con ganas de coger. Con las series es distinto, es una cosa más cotidiana, del qué pasará. Lo que importa es el "¡Cómo le dieron vuelta a la historia de House of Cards, cabrón!". Ahora que estuve filmando en Baja California me sentía en un flashback de los 80, volvía del set para ver la serie como si fuera mi novela de la tarde. La conexión de Internet era malísima y sufría el streaming, pero no importaba. Nos sentábamos cinco frente al monitor, clavados con la intriga de ver qué iba a pasar.
-Y para el cine quedan proyectos como el film de Pablo Agüero sobre la historia del cadáver de Evita. ¿Sigue en pie tu participación?
-Pablo está viendo cómo sigue esa historia. Levantar películas es complicado y la verdad es que no sé qué pasará. Es un trabajo que requiere una alquimia extraña e indescifrable. Y aun así me gusta hacia dónde va el cine. Más allá de las visiones apocalípticas que hay, yo insisto: no todo está tan mal. Es cierto que hay cosas que se van a perder, como el celuloide, aunque hay gente muy entrañable peleando para que no suceda, como Quentin Tarantino. El gran problema de no tener copias en 35 milímetros es que en el futuro vamos a tener todos la misma copia. No habrá variación y eso era interesante. ¿Yo me desviviría por defenderla? No lo sé. Si alguien más lo hace, pues me sumo. De todos modos creo que este viraje hacia el costado purista del cine es muy positivo. Es lo que me da un poquito de esperanza. Y que en América latina se cuente con una libertad tremenda para hacer cine, también. No me refiero a que todo el mundo lo pueda hacer. Hay que armar el andamiaje y es complicado, pero una vez que llegas a estar haciendo la película no hay nadie que te diga cómo hacerla. Ésa es la gran fortuna de los subsidios que tenemos en América latina que nos permiten hacer, jugar y experimentar.
-¿Y es posible mantener eso haciendo films industriales? ¿Era real ese proyecto de la remake de El Zorro de los estudios Fox?
-Era una realidad en el sentido de que era una idea, pero viste que la realidad del cine se concreta recién en el último día de rodaje. Ni siquiera en el primero. En el día de cierre uno empieza a creer que esa película puede llegar a existir. No sé que pasará con eso, pero me divierte la idea de hacer algo por el estilo. Para ver qué tal. Hay películas de acción, de aventuras que me fascinan y si termino haciendo algo así, me encantaría.
-Aunque sea una película de estudio.
-Es que si son películas que quedan bien, son atrapantes y trascienden. Y eso es lo complicado. Porque en este empuje "esencialista", pocas películas de acción pueden sostenerse. Si no son buenas, mueren rapidísimo. Y por ahí va la cosa: hay algo escandalosamente purista en el futuro del cine.
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