
Gibson, el perfecto asesino
"Revancha" ("Payback", Estados Unidos/1999). Presentada por Warner. Fotografía: Ericson Core. Música: Chris Boardman. Intérpretes: Mel Gibson, Gregg Henry, Maria Bello, Bill Duke, Deborah Kara Unger, James Coburn y otros. Guión: Brian Helgeland y Terry Hayes, basado en la novela "The Hunter". Dirección: Brian Helgeland. Duración: 98 minutos. Para mayores de 16 años. Nuestra opinión: buena.
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En 1967, John Boorman dirigió a Lee Marvin y a Angie Dickinson en "A quemarropa", un thriller cuyos valores sólo fueron reconocidos varios años después de su estreno hasta convertirse en un film de culto para los fanáticos de la vertiente más negra, seca y violenta del género policial.
Tres décadas más tarde, el guionista Brian Helgeland (autor de la notable "Los Angeles al desnudo" y de otras olvidables historias) no sólo adaptó la misma novela que Boorman sino que terminó dirigiendo el film, por lo menos hasta que Mel Gibson -amo y señor de esta producción- decidió expulsarlo del set y asumir personalmente la realización.
Pero contra todos los pronósticos, y a pesar de su conflictiva factura, "Revancha" es una película que profesa una coherencia propia: cuestionable, provocativa, pero propia.
En principio, hay que advertir que se trata de una de las películas más políticamente incorrectas que Hollywood haya entregado en mucho tiempo. Sádica (con elocuentes escenas de tortura), misógina (las mujeres son drogadictas traidoras o prostitutas perversas), xenófoba (la visión de negros, latinos y asiáticos es siempre negativa) y elemental (todos los personajes, desde los mafiosos hasta los policías, son igual de crueles y corruptos), "Revancha" es una suerte de antipelícula llevada a los extremos.
Es precisamente en la esencia de su propuesta donde reside lo más destacable y reprobable de "Revancha": para sus detractores, será simplemente una de las películas más reaccionarias de los últimos tiempos. Pero, simultáneamente, es un film que se atreve a desobedecer prácticamente todas las máximas bienpensantes, los límites pudorosos, las reglas de la corrección política de un Hollywood que tiende a homogeneizar el discurso y a presionar hasta la autocensura a sus realizadores.
Aunque la versión que se estrena en la Argentina tiene cuatro minutos menos que la que se exhibe en los Estados Unidos y Europa, "Revancha" no ahorra momentos chocantes: ya desde la excelente secuencia inicial de títulos, vemos a Porter (Mel Gibson) quitándole las limosnas a un homeless que lo mira tirado en la vereda. En esos primeros segundos de película nuestro antihéroe continuará su escalada (con arrebatos callejeros, compras con tarjetas de crédito robadas y negociados con relojes) hasta conseguir lo único que realmente le interesa: una impactante y letal Magnum.
Tiempo de revancha
Toda la película gira en torno de un único, gran objetivo: la revancha a la que alude el título. Por medio de un flashback inicial sabemos que Porter fue traicionado por su socio Val (un estereotipado Gregg Henry) y por su esposa (una adicta a la heroína interpretada por Deborah Karah Unger) tras un golpe en el Chinatown de Chicago. Baleado por la espalda, Porter sobrevive milagrosamente y vuelve a la carga para vengarse y recuperar los 70.000 dólares que le correspondían.
La siguiente hora y media de película no es más que un obvio derrotero hacia el ansiado desquite. Perseguido por la mafia local, por gángsters chinos y hasta por policías corruptos que quieren una tajada de su botín, Porter se convierte en el perfecto asesino, un ser sin miedos ni vacilaciones, salvo cuando se reencuentra con una bella prostituta de la que supo ser su chofer, y algo más...
Helgeland, quedó dicho, no le ahorra ningún exceso al pobre de Porter tanto a la hora de dar como de recibir (trompadas y tiros, está claro), pero en su primera experiencia tras las cámaras ofrece un dignísimo sentido del relato, del tempo narrativo, especialmente a la hora de filmar cada una de las escenas de acción. Su estilo es crudo, cuidado y moderno, sin caer en preciosismos o innecesarios despliegues de virtuosismo formal.
De las actuaciones, en cambio, no hay demasiado para analizar porque todos los personajes (especialmente los mafiosos que encarnan Kris Kristofferson, James Coburn y William Devane) parecen surgidos de un cómic, trabajados con el trazo grueso de los estereotipos más elementales.
Además, la figura de Mel Gibson monopoliza la acción y su omnipresente rostro muchas veces desfigurado por los golpes resulta casi el único objetivo de la cámara. Su entrega y su presencia física alcanzan para sostener una película llamada a indignar o a entretener. Lo llamativo del caso es que tiene elementos suficientes como para provocar ambas reacciones.





