
Estrella popular en ascenso, Manuel Quieto, líder de la Mancha de Rolando, explica su obsesión por las armas y por qué prefiere el rock a la militancia armada de su viejo en los setenta.
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Son las cinco y media de la mañana en la habitación de Manuel Quieto -cantante, comandante y líder de La Mancha de Rolando-. Esta entrevista empezó hace casi diez horas y ya está saliendo el sol, como diría Pity. Agarra la guitarra y me apura para que yo le pida un tema. "Uno de La Pesada del Rock", sugiero. Me mira fijo, punzante y denso. "¿De la pesada?", retruca con una voz que no se parece nada a la que pone en los hits de su autoría que ya rotan por fm Disney. Yo asiento con la cabeza y se le desfigura la cara. Va y saca una 38. Me río del cagazo y, mientras, dejo mi última pregunta: "¿No te parece que tienen las mismas posibilidades de ser la nueva banda a llenar River que de pasar a retiro como los nuevos Guarros?". "A esta hora siempre juego a la ruleta rusa", me dice. Qué romántico, le digo. Es una 38 super special con caño de 6 pulgadas y yo soy el único que está ahí para contarlo. Manuel Quieto vacía el cargador: "Si nos ves pelotudear, avisanos. Todo bien con Los Guarros y toda esa pavada. Pero nosotros creemos en el poder de la canción". Me mira, sonríe y deja caer la pistola en la alfombra...
La noche larga había empezado con una propuesta y un asadito. Cuando me recibió, con el torso desnudo, un pantalón futbolero y el pelo largo recién lavado, Manuel me dijo: "Haceme quedar bien... quiero que pueda leerla mi mamá". Este es su nuevo hogar, un departamentito de paredes color pastel al que acaba de mudarse, a seis cuadras de donde vivió con sus padres toda la vida y a trescientos metros de Villa Tranquila en Avellaneda.
-¿Por qué te mudaste?
-Porque se murió mi viejo.
Pongo cara de circunstancia y me dice: "No, no pasa nada. El que quedó jodido es mi hermano. Yo lo despedí, le dije hasta pronto y me fui a tocar...".
Su viejo, Amilcar quieto, "el vasco", y su hermano Roberto (el tío de Manuel) formaron parte de las filas de la agrupación Montoneros a principios y mediados de los 70. Ese no es un dato menor en su vida.
El desafío que propuso Manuel Quieto es que este cronista de Rolling Stone saque una radiografía de la banda a modo de reality show del rock. Pero en plan cotidiano, en el estilo que el Nuevo Cine Argentino adoptó para sus crónicas, en el mismo color que Pablo Trapero le imprime a películas suyas como Mundo grúa . Es más, se parece bastante a las escenas de El Asadito, de Gustavo Postiglione.
Aunque los encuentros con la Mancha se extendieron más allá de esta nota, la reunión a la que estoy invitado es un festejo en el que no parece haber demasiado lugar para preguntas. Hace un minuto Manuel recibió un llamado de la compañía: su décimo disco ( Viaje , editado por Pop Art/Tocka Discos y producido por Pablo Guyot) agotó 3 mil copias en poco más de 30 días. Linda noticia para festejar con un herético asado al horno que el propio Quieto se ocupó de controlar y de amenizar a puro brindis. "Por el rock chabón", se ríen y Quieto amenaza: "El que no va a Obras mañana, es un careta. Intoxicados, después de la Bersuit, es la mejor banda de Argentina". Casi todos asienten. En el tablón que oficia de mesa se amucha toda la banda: Franchie (Francisco Barreiro, guitarrista), Carlitos (Carlos Báez, bajista), el Tano (Sebastián Cavalletti, baterista) y el Conde, un filoso tecladista que viene de tocar en la banda estable del programa de Maru Botana. Y, por eso, bajo el mandato de Quieto "tiene que pagar derecho de piso". Así que cuando suena el timbre el Conde se para y atiende. Es Toti, de Jóvenes Pordioseros, todo un rockstar de Villa Lugano, tarde pero con el chimichurri...
En la mesa se amontonan los vinos (de botella pero baratos) y un amplio catálogo de temas, casi todos al servicio del machismo porteño. Los ítems van desde los mejores culos y delanteras del país (con Luciana Salazar y Moria Casán a la cabeza, calculen las diferencias de edad) hasta el día que jugaron un picadito con The Cult. El Tano rememora: "Tocamos con ellos en Obras pero antes los re cagamos a patadas". Todo queda manchado de rock.
Así me entero de la maldición de Rolando. Una historia que se esconde tras el nombre de la banda: todos los que se enteraron por qué se pusieron ese nombre tienen algún accidente, me apura el Tano. Cuando alguien pregunta ellos se refugian en oscuras referencias al hiv ("estar manchado") y a una famosa campera de Riff mal limpiada en una tintorería con ese dueño. Anoticiado de la maldición, jamás le contaría a nadie que el nombre viene de las costumbres infantiles de un viejo-linyera-amigo. Todas estas leyendas (las falsas y verdaderas) parecen llevar la marca de Manuel. El suele poner ese tipo de nombres. Al programa de radio que tenían todos juntos en fm La Boca le puso Correla que va en chancletas , por ejemplo.
La charla, bien regada, hace fluir los temas. Quieto recuerda que antes, en la primera época de la Bersuit, él se ocupaba de las escenografías. Ahora, hace los dibujitos con témpera que ilustran las tapas de La Mancha. Pero se desmarca fácilmente cuando alguien propone llamar a eso "arte". La confianza, como en todo grupo de amigos, los lleva a recordar anécdotas comunes, a reírse de sí mismos, a evocar los primeros ensayos. Me cuentan que se fogueaban con covers de Sumo, Divididos y La Renga, banda que los tuvo en la sombra durante la última década. En esos tiempos, con una bolsa de aerosoles y una monedas para el bondi pintaron toda Buenos Aires. Entre tanto repaso histórico y temas sueltos, me confiesa: "Yo de lo único que te puedo hablar en serio es de política".
Ok. Dejemos la política para el postre. Ahora me cuenta que, a fines de mayo, van a editar sus dos primeros cassettes ( El cóctel del tío Pupi y La Ley del Gomero ) en un disco simple. Que quieren viajar con el nuevo disco a América latina y Europa; producir un disco con Gustavo Santaolalla y grabar otro en vivo (como Cemento, al palo) pero en Obras. Alguien se tiene que poner la velada al hombro. Quieto agarra la guitarra y toca algunos temas de Andrés Calamaro, imitando la cara y la voz de El Cantante, poniendo su bocaza como una percha. Hace lo mismo con un repertorio de artistas muy fm Mega: Fito, Baglietto, Miguel Mateos... Todos nacionales. "Es que temas en inglés no sé", se excusa. Y sigue solo: "Además, a mí me gustan las letras... Si no sé qué dicen, ¿para qué las voy a cantar? Lou Reed, Bob Dylan, todo muy lindo. Pero no entiendo un carajo. Y tampoco lo puedo traducir porque queda como Benny Hill".
-¿Y aprendiendo inglés?
-¿Por qué yo? Mejor que ellos aprendan castellano...
Está bien. Infinidad de risas. Empizo a notar que Manuel usa el latiguillo "psicópata" con tanta recurrencia como cariño, herencia de papá Cordera. Le regalo Animal Serenade (el último disco de Lou Reed) sólo para ver qué cara pone. Y él agradece: "Es el primer disco suyo que tengo en mi vida. Te lo juro, yo no tengo discos. No compro, me los regalan. En ese sentido no soy muy culto". La anécdota se completa cuando él reconoce que los acordes de "Calavera", hit que ahora los pone en alta rotación radial, sí se parecen a los de Lou Reed.
Suena la puerta, es el Señor Barriga del complejo. Le dice a Manu "Así no" y pide que todos bajen la voz. No es para tanto. Franchie me habla sobre la mejor banda del mundo y sólo pronuncia dos palabras: Led y Zeppelin. Los comensales se aburren y se van. La escena se torna una charla de café muy poco rocker y él se da cuenta. Así que me dice: "¿Vamos?". Y yo no pregunto adónde.
Al rock siempre le hace falta cotillon, digamos. Así que subimos (mi colega y yo) a su auto: un Taunus azul peronista, sucio, baqueteado y sin papeles, que con cariño hizo propio cuando murió su viejo. Manuel maneja algunas cuadras hasta lo de su kiosquero amigo de Villa Tranquila, mientras me habla por el espejo retrovisor con tono de taxista indignado. Y aún desordenadas sus frases me arman un popurrí de reflexiones sobre las cosas que más odia del rock nacional: "Ivan Noble me chupa un huevo. Eso que hizo de sacarse la careta y dejar a sus compañeros en la nada me parece una cagada. Igual que el Indio Solari. Yo al Indio lo conocí vomitando en un baño, lo admiraba, muchos pibes le creían más que a su propio padre... los defraudó. Eso de dejar a sus compañeros en la lona, llevarse el misticismo a otra parte y que Semilla Buccarelli no tenga ni para comprarse una bicicleta esta muy mal, loco. Muy mal... Los Babasónicos no me gustan nada. Para mí son feísimos sus discos... Nuestro camino es difícil, las cosas nos costaron: yo no me llamo Dante Spinetta." En todo caso, es lo más parecido a una definición: un rockero en estado de crecimiento eligiendo dónde pararse... y contra qué.
Llegamos firmes al último pub abierto. Es un típico bar "clase media" de Avellaneda. Encaramos para la puerta. Los inflados patovas reconocen sólo a Quieto, a nosotros dos nos retienen. Manuel le dice a uno de ellos: "Dejalos pasar, son los pibes de Catupecu. Vienen a ver el lugar...".
Ni bien subimos, una teenager irreverente que parecía ser de su fans club, le grita: "La Mancha es una mierda". Se acerca un "amigo" de 100 kilos en cada puño y nariz de boxeador. Le pide a Manuel algo que él no puede convidarle. Le come la cabeza: "Ves... te volviste un careta", le escupe en la oreja. Alguien le pide al gordo que se vaya y el gordo pregunta: "¿Qué dijiste?". Ese alguien se come, de una, un cabezazo en la boca. Va al piso. Y de ahí al baño. Manuel amenaza con improvisar un golpe y antes de desenfundar ya le acomodaron un backside en el mentón.
La seguridad se lleva a este ex amigote de Quieto. Mientras el cantante se acerca y me dice al oído: "¿Viste?... la popularidad me fascina".
Volvemos a la casa. La noche termina, el día empieza a calentar. Aumenta la sensación térmica: lo que antes calentaba el horno ahora huele a humedad. Manuel ya se deshace. "Yo quiero ser el 50 por ciento de Calamaro, pero te juro que no se qué me pasa", me confiesa. "No quiero escribir más canciones, ni dibujar, ni nada. Siento que me repito. Basta de hablar del cielo, del sol. Quiero escribir cosas más potentes, que me hagan salir de la vaina. Quiero escribir cosas pulenta. Una Rolling Stone decía que los Beatles en «She Loves You» empezaron a grabar sus simples arrancando con el estribillo. Y es una cuestión matemática: cuando termina el tema el estribillo lo cantaste unas 15 veces. Si es por hacer hits yo sé hacerlos. Pero hacer canciones es otra cosa."
-Hablemos de cuando eras chico...
-Pero eso no le va a interesar a nadie...
-Yo creo que sí...
-Bueno, yo te cuento todo. Pero vos haceme coger, ganar guita...
La Mancha de Rolando es el unico grupo argentino con el pedigree generacional como para ocupar el lugar vacante en la primera del rock de estadio con Callejeros y Zumbadores ahí cerca, aunque sin tanta difusión. Entre el heavy-rock de La Renga, lo chabacano de Bersuit y la murganroll piojosa. Porque es una banda formada a principios de los 90 por jóvenes adultos nacidos y criados en los 70. Y eso no sólo condicionó su sonido. Largas horas atrás había quedado su convicción, esa de que sólo puede hablar en serio de política. Ya es hora. Así que hablemos no más.
-En un punto, La Mancha representa a la generación hijos
-Si, somos de la generación hijos. Somos la cría de los 70 y representamos eso. La Mancha de Rolando se planta y toca. Y sabe que sus canciones son un arma muy importante, que pueden cambiar muchas cabezas.
-Pero, sacando algunas, la mayoría de tus letras vienen camufladas. ¿Esa es tu forma de no espantar a la popular?
-Yo no camuflo mi mensaje. Lo que escribo puede ser liviano, pero nunca tibio ni subliminal. Yo sé que la pavada está enquistada. Pero hago música para que la escuche el enemigo. La onda es convertir al enemigo.
¿Cuál será el enemigo de este pibe de barrio, fachero, curtido y calentón?, me pregunto.
-¿Qué te pareció el discurso del Presidente en la esma?
-Me pareció bárbaro. Me encanta que exista un pasado y que hablemos de esto. Porque es mi historia. No sólo tiene que pedir disculpas el señor K sino toda la gente que miraba para el costado. Esos que empezaron con ese dicho nefasto de: "Algo habrá hecho". Yo tengo mucha bronca contra la clase media argentina. La de Cabildo y cacerolazo.
-¿Por qué?
-Porque esos son los mismos que cuando mataban a sus hermanos miraban para otro lado. Y cuando les tocaron el bolsillo salieron a buscarlos. Por eso este país me parece una mierda. Y está lleno de gente de mierda. Es obvio que con la autocrítica de Kirchner no alcanza. Hay muchas cosas que arreglar.
-Y vos, cuando vas a una marcha, ¿en qué columna te alineas?
-En las independientes...
-¿Estás afiliado a algo?
-No. Porque para eso hice una banda. Para dirigir un partido político paralelo. Mi viejo me explicó que si militás después te matan y nadie te llora. Que nadie te sale a buscar, que con esas cosas hay que tener cuidado porque a veces le dedicás la vida y te la quitan. Las generaciones anteriores creían que se iba a acoplar mucha gente. Pero no se acopló nadie. Las tareas para atraer militantes siempre estuvieron. Pero la clase media se quería comprar un lavarropas, gritaba los goles de Kempes en el Mundial 78. Ahora que se arreglen. Hay mucha gente pelotuda que no merece que yo pelee por ellos. Yo lidero mi propia guerrilla cancionera.
-¿Cómo era tu casa cuando eras pibe?
-Mis viejos vivían mudándonos de casa y de barrio. Ellos son de una generación que dejó la vida por cambiar las cosas. Eran montoneros, gente que luchó por la libertad del país y murió como corresponde: tratando de mejorarnos un poco la vida, mientras los padres de muchos miraban para otro lado, eran avestruces. Mi familia estaba metida en esa. A mi tío lo desaparecieron, lo torturaron y lo mataron. Lo menos que puedo hacer por respeto hacia mis antepasados es tratar de continuar con eso. Aprendiendo de los errores para alcanzar el éxito... Esa es mi misión en la música.
-Menem dice que este país está gobernado por Montoneros ¿A vos qué te parece el peronismo de hoy?
-El peronismo hoy es como fue siempre: está saturado de tipos que están al servicio del poder. Y el rock hace el trabajo que no hace el gobierno. Cuando los grupos dan recitales a beneficio lo demuestran. El gobierno, sea de quien sea, siempre está equivocado. No te tienen que regalar pescado: tienen que enseñar a pescar. No hay que regalar comida ni Planes Trabajar: hay que generar laburo. Son los libros de Marx, pero es así. Tendrían que tomarse un tiempo y leerlos.
-¿Y a vos cuánto te gusta el poder que te dan los fierros?
-Mucho. Yo soy tirador. Aprendí de chico. Tiré con todo: con Fal, con carabina, con ametralladora. Acá en mi casa tengo fierros por todas partes.
Sale casi disparado y empieza a mostrarme: debajo de una escalera, en cajas de cartón; armas en desuso, viejas, caños recortados... Un arsenal vetusto y oxidado. Un extraño tesoro familiar. Me cuenta acerca de un libro que hace diez años que viene escribiendo. Es "una novela sobre los 70 en la Argentina", con sus letras, sus dibujos, sus miserias. Eso es lo poco que queda registrado. Todo lo demás lo prendió fuego. "Antes de mudarme hice un ritual y quemé todo. Todas las entrevistas que nos habían hecho, las fotos, los recuerdos, todo. Sentí que me pesaban, que iba a terminar viviendo del pasado. Y quemé todo... Total, lo mejor está por venir."
Me apura: "Mirá, agarrá eso y vení...". "Eso" es su equipo de música y, cómo el Conde se fue, ahora el que paga derecho de piso soy yo. Me cargo su equipo de música y escalo. Llego a la terracita y entro a su mini estudio precario. Es una piecita de 3 x 2 con un termotanque adentro que sólo deja lugar para dos sillas y un escritorio pequeño. Ahí puso Manuel la protoolera que compró con las ganancias de "El mago de la lluvia", su tema más difundido hasta la fecha que llegó hasta la cortina de Fútbol de Primera. En esta piecita funciona el sello discográfico de La Mancha, que Manuel (fiel a su estilo) bautizó "Rulos de Pasión". "Este invierno me voy a encerrar a grabar mucho acá. A sentarme sólo con una viola. Me voy a convertir en un ermitaño."
-¿Tus canciones las haces careta... digamos?
-No, últimamente me estoy drogando un poco más... Se arma una magia muy linda. Pero yo igual tengo un método.
Le pregunto cuál es y me detalla: "Me levanto, voy a natación, vuelvo, como algo, grabo, vuelvo a la pileta, me baño; vuelvo, grabo, como y duermo. Y al otro día lo mismo. Funciona".
Presto atención a su físico, bien laburado, mientras él me muestra, al menos, veinte temas que hizo con esta modalidad. Yo leo en la lista "El Vasco" y le digo "Poneme ese".
- "Ahh, vas al point ", contesta. "Perseguí a mi hermano un día y medio para que le escribiéramos un tema juntos pero no me dijo nada. Cuando se fue me dejó algo, no sé. Me dejó la inspiración..."
Nunca nos dejaste solos / ni en la guerra ni en la paz/ somos los soldados que trajiste a este lugar/ El país se puso bravo y vos quisiste ayudar/ junto a tus hermanos siguieron al General/ eran épocas de noches largas /combatían por la paz/ Vasco te querían todos/ gracias por traerme acá/ lástima que ya te fuiste papá/ me quedaron mil preguntas/ cosas por hablar.
-¿Algún día va a salir?
-Sí, la que no va a salir es esta, arremete y golpeando la barra espaciadora hace que los parlantes de su pc disparen una versión de "El cartero", una canción sobre un explosivo laburante del correo que desaparecía cada temporada, compuesta por Hernán "Cabra" De Vega de Las Manos de Filippi. Sólo el estribillo alcanza para medir el nivel de sarcasmo y, acaso, de autenticidad con que Quieto, a esta hora, está dispuesto a enfrentarse con su pasado y, también, con el de su generación: "El agente de la esquina es un tipo muy capaz, de meterle la picana a tu mamá..."
Manuel interrumpe la sesión y dice: "Esa no la puedo ni cantar". Se va. Da por terminada la entrevista. Bajo atrás de él y me dice: "Voy a bañarme y a dormir una siesta. Gracias". Dejo la Rolling Stone con Hendrix en la tapa sobre su cama y me voy. Justo cuando el casero vuelve para conectarle la cocina, "de onda". Había que hacerle caso. Bajo la voz y me voy del barrio. El desafío se me fue de las manos. Me entrego al poder de la canción. Un, do, tre, va... esta es la Mancha de Rolando, señora. ¿Le gustó?
Sudor y "calaveras"
Cuando su padre le cambió los Playmobil por la Stratocaster, Manuel Quieto pactó con Franchie Barreiro que nunca tocarían separados y que nunca sería solista. Hace 12 años ese pacto de caballeros tomo forma de grupo. En el 94 grabaron su primer cassette: El cóctel del tío Pupi. En el 96, La Ley del Gomero, con Chizzo y Cordera como invitados. Dos años después registraron Cabaña Ederly, con Miguel Roldán (v8) como productor. Siguieron Cintas Mágicas, Animal Humano, Cemento al palo y Diez años en la ruta. En el 2001 grabaron Juego de Locos (hasta ahora el más difundido) y en el 2003 Cintas Mágicas 2. El reciente décimo disco, Viaje, fue producido por Pablo Guyot para Pop Art.
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