Happyland: sátira mordaz y cruel sobre Isabel Perón

Juan Carlos Fontana
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4 de octubre de 2019  

Libro: Gonzalo Demaría / Dirección: Alfredo Arias / Elenco: Alejandra Radano, Carlos Casella, Josefina Scaglione, Marcos Montes, María Merlino y Adriana Pegueroles / Música: Axel Krygier / Sala: Casacuberta del San Martín, Corrientes 1530 / Duración: 90 minutos / Nuestra opinión: muy buena

Como una parábola del eterno retorno, Alfredo Arias, vuelve a evocar el peronismo junto a Gonzalo Demaría, como lo habían hecho en Deshonrada (2015). Aunque el creador que se define como "un niño peronista en una familia de radicales", dirigió Eva Perón de Copi, en París, en 1970; Tatuaje, escrita y dirigida por él, en 2015. Acá la protagonista es la última esposa de Perón, María Estela Martínez, Isabelita, a la que el general conoció en el cabaret de Panamá que da título a esta pieza, una estética sátira, que con mordaz ironía y medida crueldad desmenuza la personalidad de la primera presidenta de los argentinos.

Happyland es una evocación a un pasado conflictivo de la Argentina. Arias y Demaría lo invocan mediante flashbacks con una Isabelita joven, copera y bailarina de un burlesque panameño, hasta que la exseñora de Perón a partir del golpe de Estado de 1976, es trasladada a El Messidor, a orillas del Nahuel Huapi. En ese ámbito tiene lugar este disparate escénico, un ritual, una "noche de brujas", en la que Arias les exige a sus intérpretes tocar las fibras más exultantes del teatro: mezcla de absurdo, melodrama surrealista y music hall.

Cada uno de los seis artistas tiene su instante de gloria escénica. Alejandra Radano toca las fibras más altas de la interpretación, al asumir en tono esperpéntico la figura de Isabelita (que en 2010 fue recordada en la magnífica pieza El secuestro de Isabelita, de Daniel Dalmaroni). La acompañan en ese claustro del sur argentino, su mucama, Charito (una exultante María Merlino), víctima de los amores trasnochados de Lucrecia (ama de llaves de El Messidor), que le posibilita a Marcos Montes componer un personaje de un afiebrado lirismo poético. El actor alcanza su cenit actoral en la escena entre Lucrecia e Isabelita, quienes en una sesión de espiritismo invocan al general, denominándolo Chotito. Montes, que aparece vestido como Evita, trata de tilinga a Isabelita. No es menor la "fiereza" con la que el autor y director subrayan el contexto político-social, a través de la escena del arzobispo. Estupendas Adriana Pegueroles y Radano, cuando la última le confiesa que "ningún grasita vino a defenderme, la masa es ingrata". Carlos Casella y Josefina Scaglione aportan encanto y fascinan con sus boleros y merengues, cuyos bailes hubieran exigido un mayor desborde coreográfico.

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