
Héroes y antihéroes con pies de barro
"X-Men" (EE.UU./2000). Presentadapor Fox. Dirección: Bryan Singer. Guión: David Hayter. Música: Michael Kamen. Fotografía: Newton Thomas Sigel. Con Ian Mc Kellen, Patrick Stewart, Hugh Jackman, Fame Janssen, James Marsden, Halle Berry, Anna Paquin , Tyler Mane, Ray Park, Rebecca Romijn-Stamos, Bruce Davison. Duración: 102 minutos. Para mayores de 13 años. Nuestra opinión: buena.
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En el elogio de muchas adaptaciones literarias suele subrayarse que antes que mantenerse fiel a la historia lo son al espíritu del original y que en esa modesta y parcial traición reside gran parte de su valor. Algo similar puede decirse, a pesar de sus distintas debilidades, de estos "X-Men" cuyo antecedente directo es un comic de culto complejo, con tramas a veces confusas y plagadas de personajes que aparecen, desaparecen y hasta cambian inopinadamente de bando.
Bryan Singer (recordado por "Los sospechosos de siempre") supo destilar gota a gota la esencia de la historieta para, con cada elemento por separado, reconstruirla a su manera. La tarea no era fácil y lo menos que puede concedérsele al film es que logra pintar un universo homogéneo, bien equilibrado, para que en él los mutantes de diversos poderes -que ejemplifican un próximo estadio de la evolución humana- desarrollen sus aventuras, pero también expongan sus temores y terrores.
Desde un principio, los bandos quedan claramente delimitados, aunque teñidos de una reconfortante ambigüedad: por un lado, bajo la égida del telépata Charles Xavier, se encuentran los "buenos" que viven escudados en una escuela para superdotados. Por el otro, los "malos". El gigantesco "Sabretooth", el lenguaraz "Toad" y la sexy y metamórfica "Mystique", más primitivos, son comandados por Magneto (Ian McKellen), un líder carismático que cree a pies juntillas que la mejor defensa es el ataque. Magneto, que perdió a sus padres en el Holocausto, como muestra el film en el inicio, sospecha que los humanos son macartistas natos y que sólo preparan un previsible pogrom para estos seres descastados que, en su opinión, representan el futuro de la humanidad. Ahí está el oportunista senador Kelly para demostrarlo. Xavier y los suyos (Jean Gray, Storm y Cyclops), en cambio, buscan paciente, estoicamente, ser aceptados por los humanos que los temen.
Si en los sesenta, época de aparición del comic, esto planteaba analogías con la lucha por los derechos civiles, hoy la alusión amplía su arco hasta alcanzar la intolerancia en general y las minorías discriminadas en particular. No es éste, sin embargo, el hallazgo de "X-Men", sino sus implicancias: sus héroes y antihéroes tienen pies de barro, una fragilidad traumática derivada justamente de sus poderes o algún déficit que en cierta medida los compensa. Xavier tal vez sea el mayor telépata del mundo, pero está condenado a su silla de ruedas. Magneto tal vez sea el más poderoso telekinético del mundo, pero parece continuamente frecuentado por el trauma infantil. Entre estos dos grupos, aparecen los personajes más interesantes de la película: Wolverine o Guepardo (el impecable australiano Hugh Jackman, con algunos detalles que recuerdan al primer Clint Eastwood) y Rogue o Pícara (Anna Paquin, que supo ser la niña de "La lección de piano") . Estos dos mutantes errantes con sus virtudes particulares y sus profundas dudas (Guepardo tiene garras retráctiles y un impresionante poder de autocuración tras los peores accidentes; Rogue petrifica y vacía de sus dones a todo el que toca) son los descastados entre los descastados, aunque terminen sumándose algo azarosamente a las huestes de Xavier.
Sin soltar amarras
"X-Men" desborda, como es previsible, de efectos especiales en muchas de sus escenas, pero en realidad estos efectos tienen el raro don de asimilarse -a pesar de la tecnología de punta- a viejos trucos del cine de ciencia ficción clásico, en un implícito homenaje a la estética sesentista del original. Los ojos en blanco de Storm al convocar a las tormentas (un típico recurso de clase B) es uno de los mejores ejemplos.
Pero lo que hace que "X-Men" no sea lo original que podría haber sido es que Singer prefirió no soltar amarras a pleno en ésta, su incursión más comercial hasta la fecha. Su film tiene, a pesar del tono propio, mucho de las películas del género que la precedieron: los mutantes tienen algo de los replicantes torturados de Blade Runner; sus complejos psicológicos no van más allá de los traumas infantiles de Bruce Wayne (o Bruno Díaz) en el segundo y oscuro Batman de Tim Burton. Por su parte, los magníficos McKellen y Stewart (al que se podría sumar el carismático Jackman) le sacan varios cuerpos de ventaja al resto de los actores, limitados a representar personajes por momentos excesivamente unidimensionales (la Storm de Halle Berry o la Mystique de Rebecca Romijn-Stamos, oculta aquí bajo un denso y azulado maquillaje). Y, sobre todo, Singer parece excesivamente preocupado en dejar cabos sueltos, señuelos para una secuela que ya se avista en el horizonte.
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