
Hipólito, con la galera y el bastón
La popularidad en tiempos de los próceres
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Para los reporteros gráficos, Hipólito Yrigoyen era una figurita difícil. Al caudillo radical no le gustaba que le tomaran fotos. En las semanas previas a que asumiera la presidencia de la Nación tuvo que soportar una insistente guardia periodística en su casa, en Brasil entre Bernardo de Irigoyen y Tacuarí, en el barrio de Constitución. Un fotógrafo llegó a treparse a un techo vecino para obtener la imagen exclusiva. Pero no hubo caso. Aquella resistencia a mostrarse en público determinó el mote de Peludo: se decía que prefería no salir de su madriguera.
Todos los recaudos no alcanzarían a protegerlo del alto grado de exposición el jueves 12 de octubre de 1916, día en que asumió la primera magistratura. Ya al mediodía, los alrededores de la casa de don Hipólito estaban atestados de gente. Los negocios vecinos lucían los colores argentinos. A las 14.30 cortaron el tránsito en la cuadra. Quince minutos después golpearon la puerta de la casa el compañero de fórmula presidencial, Pelagio Luna; el senador porteño José Camilo Crotto -quien asumiría la gobernación de Buenos Aires en 1918-, y el diputado Horacio Oyhanarte. A las 15, Yrigoyen y la comitiva abordaron un auto que los esperaba con el motor encendido. Los fanáticos que lo habían despedido con vivas y aplausos corrieron a tomar por asalto los tranvías que los llevarían, colados, de Constitución a la Avenida de Mayo.
Mientras tanto, en la Plaza del Congreso, hasta las copas de los árboles estaban pobladas por espectadores. Los cronistas aseguran que si bien era notoria la participación de radicales, estaba muy lejos de ser un acto partidario. La multitud vio venir tres autos impecables. Bastó que alguien gritara ¡Ahí está! para que estallaran los gritos. El cordón policial se formó para saludar y la banda inició los acordes de la Marcha de Ituzaingó , como indica el protocolo. Pero fue una falsa alarma: de los coches bajaron diplomáticos. Las risas y los aplausos taparon algunos acordes sueltos, remanente del final abrupto en la ejecución de la marcha. ¿Dónde estaba Yrigoyen? Esquivando a la masa.
Al advertir la multitud que lo aguardaba, don Hipólito optó por la entrada del costado sur del Palacio del Congreso. Esa calle, que se llamaba Victoria, lleva, desde 1946, el nombre del mismísimo protagonista de esta historia: Hipólito Yrigoyen. Con paso apurado se dirigió al Salón de los Pasos Perdidos, valga la redundancia. Ahí dejó su galera y el sobretodo. Ingresó al recinto colmado. El acto de juramento duró menos de quince minutos y se retiró en cuanto comenzaron los aplausos. De regreso a la antesala, lo interceptó el diputado Marcelo T. de Alvear (sería su sucesor en 1922), quien lo notó contrariado y le preguntó: "¿Está emocionado, presidente?" Yrigoyen le respondió: "¡No! ¡Estoy buscando al que tomó mi galera y mi sobretodo!" ¿Se habían perdido en el Salón de los Pasos Perdidos, valga la redundancia? No, pronto aparecieron y partió a la Casa Rosada, donde el presidente saliente, Victorino de la Plaza, le entregó el bastón de mando.
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