Historia pueril en el Antiguo Egipto
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La Momia / Libro: Jack Milner / Dirección: Alejandro Lavallén / Intérpretes: Romina Gaetani, Fabián Mazzei, Adrián Navarro, Mariano Torre, Daniel Campomenosi, Alberto Fernández de Rosa / Música: Gabriel Goldman / Vestuario: Kris Martínez / Escenografía: José Ponce Aragón / Iluminación: Pablo Vaiana / Sala: Metropolitan Citi, Corrientes 1343 / Funciones: jueves, viernes y sábados, a las 21; domingos, a las 20.30 / Duración: 85 minutos / Nuestra opinión: regular

Vampiros, fantasmas, zombis, cadáveres embalsamados que se levantan y andan cometiendo desmanes: desde hace añares distintas mitologías y el simple folklore popular, más tarde realimentado por la ficción literaria y -a partir del siglo XX- por el cine, han puesto de manifiesto y atizado el anhelo humano de que la muerte no sea un punto sin retorno. Parece ser que la leyenda occidental acerca de momias rencorosas que resucitan arranca a fines del XVIII, luego de la campaña a Egipto de Napoleón y el hallazgo de la piedra de Rosetta (1799), que ayudó a descifrar jeroglíficos. Y, desde luego, el descubrimiento de suntuosas tumbas (con sus correspondientes momias) reveladoras de que para los antiguos egipcios (de alcurnia) la muerte representaba una suerte de cambio de domicilio.
Mucho antes de que el cine se apropiase del mito y ofreciera la icónica, imprescindible La Momia (1932, con el gran Boris Karloff), película inspiradora de copias, secuelas, parodias y otras variaciones, Poe se adelantó con su cuento Conversación con una momia (1845), aportando elementos básicos que desarrollaría Gautier en su Novela de la momia (1857). En 1903, Bram Stoker -luego de codificar definitivamente el vampirismo en Drácula (1897)- escribió La joya de las siete estrellas, relato que sintetiza, fija y da esplendor a la leyenda de la momia volvedora. En la ocasión, una tremenda reina de los dos Egiptos, hija del Sol, perteneciente a la undécima dinastía tebana, más de 25 siglos antes de Cristo.
De esa novela que destila erudición a través de un suspenso creciente de rasgos góticos surgieron algunas adaptaciones cinematográficas. Y recientemente, a partir de La joya..., pero rebajando el original a un remedo confuso y proclive al chiste obvio, el inglés Jack Milner perpetró esta modestísima comedia que la versión local que se acaba de estrenar no parece mejorar.
Una lástima, porque son escasas las muestras escénicas del género fantástico y de terror en plan de comedia (en cine, El joven Frankenstein, 1974, resultó un merecido suceso, seguido en 2007 por su conversión al musical). Lo cierto es que en esta versión apenas se salvan algunos de los nombres originales de los personajes, pero se tergiversa su perfil; los trucos y las proyecciones son más bien elementales y resulta previsible la ambientación con objetos que remiten a expediciones. Las "humoradas" incluyen, por caso, frases de doble sentido que culminan burdamente: "Necesito algo que tiene entre las piernas", le dice la vieja criada al abogado, que se sobresalta; la mujer aclara que se refiere al orinal o bacinilla que está debajo del egiptólogo tendido, recipiente que ella depositará en el proscenio comentando que el contenido se asemeja al de un chivo...
Dos actores elevan por momentos el nivel de este espectáculo: Daniel Campomenosi, que se desdobla con irresistible gracia y suficientes recursos en varios personajes; y Adrián Navarro, mediante una caracterización que logra impactar, acompañada de un virtuoso manejo de las graves modulaciones de su voz y de la majestad de su porte.
Moira Soto
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