
Homenaje al Cuchi Leguizamón
A tres años de su fallecimiento habrá un acto en el Congreso
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El 27 de septiembre de 2000, a los 83 años, dijo su último adiós en Salta el músico-poeta Cuchi Leguizamón. Personaje legendario, proverbial del lugar, confluyeron en su persona el ciudadano del desparpajo, el de la risotada estrepitosa, el cuentista delirante, el fabulador de historias, el abogado quijotesco, el pintoresco profesor de historia y filosofía en el Colegio Nacional de Salta.
Pocos salteños supieron descubrir detrás de esa cotidiana fachada presuntamente banal al genio del folklore argentino. Al músico vanguardista que había confesado sus afinidades artísticas con iconoclastas clásicos contemporáneos como Arnold Schoenberg, cultor del atonalismo que, según Bela Bartok, no podía caber en la música popular, porque la gente no podría cantar ni memorizar esos rarísimos intervalos de la melodía, que chocan contra todo convencionalismo.
Cuchi Leguizamón inventó un estilo. Es decir: desde el piano -y esto implica toda una impronta- plasmó un fruto de su ingenio; pergeñó un nuevo sentimiento de la forma musical. Allí están zambas o cuecas como "Balderrama", "La pomeña", "Zamba de Juan panadero", "La arenosa", con Castilla, en los años 60; la "Zamba del laurel" y "Elogio del viento", con el poeta mendocino Tejada Gómez; "Si llega a ser tucumana", con Miguel Angel Pérez; su "Canción de cuna para el vino"; esas otras obras totales del músico-poeta: "Zamba soltera", "El avenido", "Lavanderas de Río Chico", "Zamba del guitarrero", "Chacarera del expediente", "Coplas del Tata Dios"; la endiablada música de la "Chacarera del aveloriado".
Los secretos del Cuchi
¿Dónde se esconde el secreto encanto de este estilo inaugural en la música argentina? Está en la melodía y en las armonías fusionadas en magistral simbiosis. Bastan tres compases -con sus insospechadas secuencias armónica- para identificarlo. Las angulosas melodías, de intervalos inesperados, están prendidas a esos acordes desafiantes de la mano izquierda. O quizás esos acordes hayan dictado ese melodismo casi inasible para la mayoría de los cantores. Melodías armonizadas y armonías melodizadas crean un mundo donde el misterio y la humorada intrínseca -de la pura ocurrencia- juegan sin cesar, como desafiando toda convención, toda regla, todo lo establecido y canonizado, no sólo en el folklore, sino en la música popular toda.
Pues bien, a ese músico que supo prolongar su pródiga fantasía melódico-armónica en las voces del antológico Dúo Salteño (Chacho Echenique y Patricio Jiménez, cuyos nombres ignoran las reediciones de sus discos) se le tributará un homenaje hoy, a las 19, en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso Nacional, Rivadavia 1864, 1er. piso. Allí cantarán Marián Farías Gómez y Guadalupe Farías Gómez, acompañadas por el guitarrista Marcelo Predacino. También lo harán Adelina Villanueva, Melania Pérez, Terucha y el Payito Solá, Raúl Palma, César Isella y el grupo Los Nombradores. Lo organiza el Bloque Renovador de Salta de Diputados de la Nación, lo coordina Gerardo Zurita y oficia de maestro de ceremonia Miguel Angel Gutiérrez.
El Cuchi no ha dejado una escuela pianística -quizá no era un verdadero pianista en el cabal sentido de la palabra-, estilística -aunque se le haya aproximado estéticamente el tucumano Rolando Valladares- ni estructural en la creación de canciones.
Pero su influjo es la modernidad, el desafío, la renovación, el vanguardismo, como el que cultivan pianistas tales como, por ejemplo Carlos Aguirre, Guillermo Zarba o Nora Sarmoria y otros que van apareciendo subrepticiamente en el panorama de la música popular.
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