El tesoro de los inocentes (bingo fuel)
1 minuto de lectura'
Dramático y vital, el Indio vuelve con rock recargado y una moral antipublicitaria.
Lo primero es una certeza: el tesoro de los inocentes es un muy buen disco (ahí tienen: tres estrellitas y media). Lo siguiente es un enigma: ¿de qué manera puede incidir este álbum dramático y vital, deliberadamente anticuado en su código moral, admirable en su convicción aforística (en el sentido más Adorno y menos Narosky del término), en el paisaje del rock argentino 2005? Dos de los caminos posibles: o se convierte en una solitaria gota de lacre negro entre tanta euforia (la voz quejumbrosa de un viejo sabio que insiste en el advenimiento del Juicio Final en plena fiesta de Fin de Año); o lo cubre todo con su solemnidad romántica y sienta un nuevo paradigma en el rock nacional, al reponer el drama y la gravedad como factores artísticos básicos. Quién sabe.
Como sea, el disco funciona por sí solo. Porque diseña un universo extrañamente luminoso con los residuos de espanto y fascinación que acumula el narrador. Primero: el espectro sonoro de la obra es grande, y gira en la órbita de un rock recargado y agresivo. Si la voz de Solari siempre tuvo carácter de amenaza oprimida (el ronroneo de un animal peligroso al que le están pisando la cabeza), ahora el montaje entero se vuelca en esa dirección: las trompetas secuenciadas, la saturación de guitarras y la fricción electrónica edifican ese continente fantasma. El Indio ya lo había hecho bien en Momo sampler , el último disco de los Redondos, pero entonces las canciones no tenían esta concisión. Y tampoco este nivel de confesión poética.
Solari, lo sabemos, tiene mucho talento para convertir sensaciones hondas en eslóganes más o menos cifrados. Y su mensaje, hoy, se opone a la dictadura del placer que promueven el mercado publicitario y buena parte del rock. El placer es tan oscuro como el culo de un topo negro/ y si no hay amor que no haya nada entonces, alma mía, canta en la magnífica El tesoro de los inocentes. O sea: ni el placer vacío ni la expiación post-mortem. La redención (o la supervivencia espiritual) es terrenal: Mirá las almas a tu alrededor/ mirá el amor que está a tu costado (Ciudad Baigón). Y, en lugar de una omnipotencia trascendental, ofrece una vulnerabilidad empática. Me he puesto grande, ya ves/ sólo le pido a la vida que no me duela, dice La muerte y yo, una de sus declaraciones más antiheroicas y conmovedoras. Esa fragilidad se potencia en la autocompasión del vampiro jazzy y arrabalero de La piba de Blockbuster, y también en una idea casi matriz: el único consuelo para el guerrero solitario consiste en que (gracias a dios, ¡por dios!) nadie sigue sus consejos.
Los colages y dibujos con birome (entre Rocambole y una versión tosca de Gustave Doré) coinciden en la tortuosa fascinación por buscar rastros del Infierno en la Tierra. Y ahí están las canciones para allanar la pendiente a las profundidades: la traición (Amnesia), las tragedias modernas (la impresionante Pabellón séptimo) y la búsqueda del paraíso artificial en el flanco de una zapatilla (Nike es la cultura) forman parte de ese Infierno de diseño a cuya invención Solari le ha dedicado toda una vida. Un espacio que se transforma todo el tiempo, pero que se alimenta siempre con los mismos elementos.
1Gran Hermano 2026: uno por uno, quiénes completan la lista de esta generación dorada
- 2
Christian Petersen vuelve a la televisión: dónde y de qué se tratará su programa
3Luis Landriscina y Betty: un amor para toda la vida
- 4
Ricky Martin confirmó cuándo y dónde será su esperado regreso a la Argentina: cómo sacar las entradas






