
Jairo y 40 años con la música
El cantante repasará las cuatro décadas de su carrera musical esta noche, con un concierto en el Gran Rex que se repetirá el 8 de noviembre
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Los añosos paraísos, con sus racimos de florecillas violetas, inundan el aire con su exquisito perfume en ese solar distinguido y apacible de Vicente López. Allí vive Mario González, que empezó por conquistar España como Jairo, en el despuntar de los años 70, y que en la misma década sedujo al "tout Paris" de la canción.
La suya es una casa habitada por libros, que lo esperan a él, a su esposa e hijos, y que se ven en bibliotecas de planta baja y primer piso. Libros de la más brillante literatura de todos los tiempos, en español y en francés. Mucha poesía, ensayos y algunas novelas. "Mi mujer y yo somos apasionados lectores. Mis chicos también", aclara nuestro músico.
Aquí los cuadros también imponen su presencia. Dan cuenta de que su dueño ejercitó el arte pictórico (acuarelas, óleos, dibujos). Un perfil de alto vuelo, y valorado hace poco.
Jairo es un tipo sencillo, llano, simpático, adornado con la humildad de los grandes. De nada se jacta, aunque haya trepado varias cimas de gloria en España y en Francia, como cantante y compositor, ya solo, ya junto a las mayores voces de la canción en Europa.
Recordamos juntos los años de infancia en su Cruz del Eje natal. "Mi mamá tenía sangre italiana y era fanática del tenor Mario Lanza. Ella eligió mi primer nombre, y el segundo lo decidió mi papá, en homenaje al gran Rubén Darío", cuenta. Lo cierto es que a Mario Rubén González todo el mundo lo conoció como Marito. El compañerito de escuela de su primer poeta, Luis González, con el que escribió aquellas celebradas canciones "Me basta con saber", "Morir enamorado", "Nos verán llegar", "Es la nostalgia", "Por si tú quieres saber". Marito, el del esporádico grupo de rock. Marito, el que recibió el espaldarazo de aquel pintoresco cantautor del folklore cordobés, el Chango Rodríguez; Marito, el que cosechó éxitos en plena adolescencia en programas de televisión: en el 12, en Córdoba, y luego el 13 y el 9 en Buenos Aires. Pero ni las excepcionales condiciones de cantor, reconocidas desde su niñez escolar, con la guitarra en la que su padre le había enseñado a tocar folklore, ni su paso por la televisión ni los aciertos en discos le señalaron un futuro promisorio en este país.
"Yo había estudiado canto desde los 15 hasta los 20. Recuerdo con cariño las lecciones del eminente pedagogo Guillermo Opitz, quien me enseñó a cantar lieder de Schumann. Y tuve la suerte enorme de que, en un momento, Luis Aguilé me invitara a cantar en España. Luis me abrió las puertas para instalarme en Madrid. Él fue mi promotor y productor. A partir de allí fui conocido como Jairo y compartí con muchos grandes".
Aquella España de los años 70 respiraba canciones en plena efervescencia y por todos los poros. Era la de Víctor Manuel, de Paco Ibáñez, Patxi Andión, Raimón, Lluis Llach, Rosa León, Camilo Sesto, Peret, Nino Bravo, Joan Manuel Serrat, Camarón de la Isla, que acogieron a Jairo como a uno más entre sus pares. También España de los argentinos Waldo de los Ríos, Facundo Cabral, Alberto Cortez y la furtiva visita de María Elena Walsh. Para el disco se contaba con el sello alemán Ariola (de BMG, dedicada a libros por correo) que los difundía a los cuatro vientos. Fruto de aquel primer encuentro con María Elena surgieron "El valle y el volcán", "Mis ganas de verte" y (tomado del libro de poemas Hecho a mano ) "La vidalita porteña".
"Fueron casi siete años en España, hasta que me llegó, en 1977, la invitación para debutar en esa especie de templo de la canción popular en pleno París: el Olympia. Me convocaban como «la otra voz» argentina, junto a Susana Rinaldi", relata.
Jairo cuenta su historia como si se tratara de otra persona. Sin darle demasiada importancia cuando, desde esta primera visita a Francia, ya estaba instalado en pleno parnaso de los poetas-músicos, compartiendo escenarios y amistades con Trenet, Brel, Aznavour, Bécaud, Piaf, Montand y demás próceres; donde conoció a Paul Eluard e hizo amistad con Yupanqui y Astor Piazzolla. En plena época de triunfos, Jairo regresó a Buenos Aires, invitado por la editorial de don Rómulo Lagos, para grabar uno de los 12 poemas del Borges en el sello Ariola.
Muchos reconocimientos jalonan la trayectoria de este otro cantor nacional, émulo de Carlos Gardel. Voz admirable, maravillosa, inimitable, única por su timbre y tersura, consagrada a un repertorio totalmente ecléctico. Jairo es el baladista por excelencia, que no tiene predilecciones estéticas definidas. Puede cantar el recurrente Ave María de Schubert (como cantaría bien un lied de Schumann o Brahms); ascender hacia Liberté sobre un poema de Paul Eluard; internarse en "Milonga del trovador", que escribieron para él Horacio Ferrer y Astor Piazzolla; hundirse en los acentos de "Indio toba (Antiguo dueño de las flechas)", de Félix Luna y Ariel Ramírez, o tentarse con un tema pop cercano al rock, o a la canción mexicana o caribeña. Que en las últimas décadas encontró su "otro yo" en un buen versificador: su predilecto partenaire cordobés Daniel Salzano.
Sin duda, Jairo atesora, calladamente, aquellos doce recitales en el Olympia, junto a Susana; las ocho temporadas en este privilegiado espacio parisiense, y varios discos. Parte de esta prolífica historia es la que desgranará en el Gran Rex.
Para agendar
- Jairo Ruta 40
Teatro Gran Rex, Corrientes 857
Funciones, hoy y el 8 de noviembre, a las 21
Entradas, desde $ 80.





