
Jan Lisiecki: los hilos ocultos de un pianista virtuoso
Función n° 3 de la temporada del Mozarteum Argentino / Jan Lisiecki (piano) / Programa: Wachet auf, ruft uns die Stimme, BWV 645 (BV B 27/2), Ich ruf zu Dir, Herr Jesu Christ, BWV 639 (BV B 27/5), de Johann Sebastian Bach/Ferruccio Busoni; Partita N° 2 en Do menor, BWV 826, de J. S. Bach; Humoresques de concert, Op. 14, Nocturno en si bemol mayor, Op. 16, n° 4, de Ignacy Paderewski; Andante e Rondo Capriccioso, Op. 14, de Felix Mendelssohn; Estudios Op. 10, de Frédéric Chopin / en el Teatro Colón / Nuestra opinión: excelente
Tal vez la prueba mayor del virtuosismo sea que quede oculto, como una justificación, o como una especie de caja de herramientas, que jamás desvíe la atención de lo hecho al modo en que se lo hace. Posiblemente, cuando, en 2013, Jan Lisiecki decidió cruzar de urgencia media Europa para reemplazar a último momento a Martha Argerich en el Cuarto de Beethoven, con dirección de Claudio Abbado, había decidido ya privilegiar ese dominio musical sobre el dominio técnico. Lisiecki tiene ahora 20 años y no podría decirse que le falte nada.
Su presentación en Buenos Aires se inició significativamente con Bach/Busoni. Ya en "Wachet auf, ruft uns die Stimme" resultó evidente la prolijidad en el tratamiento de la voces, aunque decir eso es decir la mitad de lo que hizo realmente Lisiecki con la Partita N° 2, tras una lectura muy concentrada de "Ich ruf zu Dir, Jesu Christ". Suele pensarse, no sin cierta razón, que la interpretación de Bach consiste en la solución de los problemas vinculados con la fluidez de la línea melódica, el movimiento contrapuntístico de las voces o el tempo del motivo. Pero en realidad, como hizo notar Glenn Gould, canadiense igual que Lisiecki, no hay aspecto de la música de Bach que no esté atravesado por consideraciones armónicas. Lisiecki consiguió darle espesor a cada modulación, a cada cambio de luz armónica, a cada disonancia, sin perder nunca de vista el arco total y las relaciones entre episodios. Casi sin pedal, con una delicadísima diferenciación de matices y una sensibilidad rítmica fuera de serie, el pianista entregó una versión de la Partita sostenida por una extraordinaria inteligencia.
Los Estudios opus 10 de Chopin, que se escucharon después de las incursiones más ligeras en Paderewski y Mendelssohn, son una auténtica especialidad de Lisiecki, que los grabó hace ya tiempo en un mismo CD con los del opus 25. Sin embargo, su interpretación impresionó menos que la de Bach, o cuando lo hizo fue precisamente en aquellos estudios, como el cuarto, que respiran un impulso de tipo bachiano. O bien, en el extremo opuesto al nerviosismo, en esa lasitud melancólica del estudio en Mi mayor. Que se entienda bien: la lectura de Liesicki estuvo lograda de punta a punta, sólo que a veces el brillo mismo del pianista pareció ocultar aquello de donde el brillo provenía. Como sea, el aire de familia de Lisiecki con Chopin no tiene que ver sólo con los orígenes biográficos, sino sobre todo con una comprensión y una intimidad que no se agotaron todavía. La prueba, irrefutable, fue la única pieza fuera de programa: el Nocturno en Do sostenido menor opus póstumo.






