Kingdom Come
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Tal vez sea el peor disco de Jay- Z. Tal vez no sea joven, ni fresco, ni ágil. Pero primero hay que hacer una aclaración: en la carrera de Jay-Z no hay nada malo. El tipo tiene 37 años, una década en la industria, es ceo de Def Jam y Roc-A-Fella, administra una fortuna estimada en quinientos millones de dólares y, para colmo, duerme con Beyoncé, todas las noches, cucharita. ¿Envidia? Su último disco, Kingdom Come, no busca reconocimiento. Jay-Z ya tiene eso. Nacido en Brooklyn, abandonado por su padre, criado en las líneas J y Z del metro de Nueva York (a la altura de la avenida Marcy) y coronado en Bed Stuy (el barrio de Notorious b.i.g.), a su edad no está para pelear con Nas. Esto no es The Blueprint (2001). Es Kingdom Come: la prueba material de que para un rapero, entre las balas y el viagra, hay vida después de los 30.
¿Cómo es? Se siente encariñado con el naciente movimiento emo, padrino de Fall Out Boy, y hasta deja que Chis Martin le produzca el último track, el imperial "Beach Chair". Dr. Dre, The Neptunes, Kanye West, Just Blaze, dj Khalil y Swizz Beatz también están en la consola. Canta su esposa, canta John Legend, Usher & Pharrell, Sterling Simms (el Akon de Filadelfia) y Ne-Yo (en "Minority Report"), la nueva voz r&b de etiqueta negra. No hay beef, no hay error. Kingdom Come, el disco y el track, no sólo tiene un sample de Rick James en "Super Freak", tiene a un Jay-Z en edad de reinar, y una conquistadora forma de explicar por qué el rap le debe un favor.
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