No le gusta su último disco. No le gusta que el mundo piense que es una chica hippie. Y no le gusta el cinismo. Sí le gustan: los caballos, el pensamiento positivo, su mamá y las carnes rojas.
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Parte Uno: Le gustan los postres
El primer tema del que hablamos con Jewel es el canibalismo. Es un buen modo de romper el hielo. Pide mollejas y un bife.
Estamos en el restaurante del hotel Four Seasons, en Manhattan, y ya me siento aliviado. La realidad de Jewel es desmentir el estereotipo de Jewel. Por más hermoso y positivo que resulte Spirit, su nuevo disco, algunas letras huelen a consuelo para el alma o a proselitismo cristiano, como las de "What’s Simple Is True" (Lo que es sencillo es verdadero), "Set Down Your Chains Until Only Faith Remains" (Sacate las cadenas hasta que sólo te quede la fe) e "If I Could Tell the World Just One Thing It Would Be «We’re all ok»" (Si pudiera decirle sólo una cosa al mundo sería: "Estamos todos bien"). Y también está allí su libro best-séller de poesías, pleno de confusión adolescente, pechos incipientes y primer amor.
"Estoy empezando a recuperarme de mí misma", dice ahora, a los 24 años. "Escribí toda esa poesía más o menos entre los 15 y los 22. Todo giraba en torno de mí: ¿qué es el amor?, ¿qué no es el amor? Estoy notando que la poesía ya no me interesa."
Jewel –de jeans y buzo gris, con el cierre un poco abierto que muestra una remera blanca con la que es posible que haya dormido, o no– ofrece rápidamente la profundidad y el conocimiento de sí misma que otros la han acusado de no tener. Primero, posee sentido del humor; un humor que sólo han conocido los que estuvieron en los recitales en los que Jewel tuvo ganas de charlar con el público. Segundo, pide mollejas sólo para probarlas, lo que implica que posee más espíritu de aventura y está más dispuesta a hacer experimentos que lo que su música y su poesía nos llevarían a creer. Y, tercero, come carne roja. Yo había sugerido un restaurante de comida naturista en el centro, pero ella insistió en que quería su bife. Quizá fue para probar que no es una hippie vegetariana, como podría interpretarse del mito de Jewel: fue criada en una cabaña de troncos en Horner, Alaska, en el seno de una familia de artistas y músicos que más tarde la apuró a que se fuera a vivir en San Diego dentro de su camioneta, mientras iba en busca de su musa inspiradora.
"A veces me gustaría agarrar esa camioneta Volkswagen y colgarla de una cruz en llamas", afirma Jewel abruptamente, cansada del mito, mientras destruye el estereotipo Número Cuatro. Por más que cante –en su nuevo tema: "Hands" (Manos)– que "sólo importa la bondad", tiene una veta mordaz y está lejos de ser ingenua e inocentona.
"Me la pasaba tratando de explicarme por qué los medios me consideraban una estúpida", dice. "Me seguían tipificando de neo-hippie Polyanna (personaje de la literatura infantil a quien habían enseñado que siempre tenía que ver el lado positivo de las cosas). Creo que es porque tengo una definición diferente de lo que es el optimismo. Muchos parecen creer que al optimista le falta inteligencia y que el optimismo surge de la ingenuidad y de una falta de experiencia. No creo que sea así. Creo que el optimismo es una elección. El cinismo no es más inteligente; sólo es más seguro."
Jewel no da las cosas por sentadas; se cuestiona por qué las cosas llegaron a ser como son. Cuando dice que está recuperada de sí misma, no implica que esté harta de sí misma: implica que siente que está yendo más allá del hedonismo, la ambición y la obsesión consigo misma, y que se dirige hacia el ámbito de la comunidad y de su deber hacia ésta. A la vez, en el medio de una charla sobre física cuántica y la teoría de la relatividad, de repente empieza a hablar de caramelos.
"Me estuve matando con esos caramelos de goma", dice. "Tendrían que ser un grupo de comida aparte, todos esos colores y sabores. Después los empezás a combinar: soda de crema con cereza, o una pera jugosa con una frutilla…"
Sonríe con la culpa de una mujer que habla sin remordimientos acerca de comer caramelos, y muestra el diente torcido que tiene en el ángulo superior derecho de la boca. El diente. El padre siempre le dijo que se lo arreglara o que se pusiera aparatos; jamás lo hizo. Ella cree que fue lo correcto: a veces la gente ni siquiera la reconoce hasta que sonríe. Pero, aún así, lo recuerda cada vez que los fotógrafos le piden una sonrisa. En Spirit –la continuación más serena, más ingeniosa, de Pieces of You (grabado hace más de cuatro años, cuando tenía 19)– habla de un hombre estúpido pero atractivo: "You say, «He’s got straight teeth, and it’s good sex»" (Decís: "Tiene los dientes parejos, y es bueno en la cama") como si los dientes derechitos fueran uno de los atributos físicos más deseables en una pareja.
Jewel termina su bife –hasta el último bocado– y llama a su novio –Christopher Douglas, el ex galán de One Life to Live, que está esperando arriba en el cuarto de hotel– para ver si puede convencerlo de que baje a comer el postre. No lo logra. Sin embargo, llegan cuatro postres a la mesa para nosotros dos, y los atacamos a todos con entusiasmo. Charlamos hasta que se vacía el restaurante. Discutimos el significado de la religión, las drogas, la belleza, el éxito, la benevolencia, la vida, la muerte y el chocolate. Describe a su padre matando vacas; asegura que el mundo está experimentando un resurgimiento de la espiritualidad; imagina las consecuencias de que existan todos los tiempos en forma simultánea (una vez más, la relatividad) y se pregunta si los seres humanos habrán evolucionado más allá de la idea de la monogamia. Se ríe, frunce la nariz y tironea del cierre de su campera. Confiesa que hizo meditación antes de la entrevista, rogando que yo fuera alguien con quien pudiera llevarse bien. Es tan perfecta que necesito buscarle fallas: tiene la nariz un poco torcida; tiene puntitos negros entre el labio inferior y el mentón. Pero esas imperfecciones –y el hecho de que, como en el caso del diente, no haya hecho nada para remediarlas– sólo la hacen más perfecta.
Parte Dos: Le gusta Nabokov
Al día siguiente nos dirigimos al centro, a la Cantina de Tom, cerca de la Universidad de Columbia, porque quiere comer avena con azúcar negra y pasas. No tienen azúcar negra ni tampoco pasas; ni siquiera tienen miel. Así que, mientras comemos avena con azúcar blanca, hablamos de la muerte, específicamente de una que fue su inspiración para el tema "Fat Boy" (Muchacho gordo), de Spirit. "Fat Boy" habla de un vecino simpático y gordito, llamado Edward, con el que Jewel se crió; solía aparecer en el sauna que tenían en el fondo de su casa, o retozaba desnudo en la hamaca. Después de atravesar la pubertad y aguantarse las burlas de los demás chicos por su sobrepeso, Edward se volvió depresivo e inseguro. En la casa de la familia de Jewel, poco después de cumplir los 18, se pegó un tiro en la cara.
"Dejó una nota que decía algo así como: «Nadie me amará nunca»", dice ella. "Y es simplemente devastador saber, a los 13 años, que uno no es sexualmente atractivo en nuestra sociedad, o sentir a los 18 que nunca te amarán."
La conciencia del propio cuerpo que sigue al despertar de la pubertad siempre fue un tema importante en la música y en la poesía de Jewel. En su caso, por ejemplo, esa conciencia se vio agravada al observar el efecto que ella tenía sobre los demás. Según sus amigos en Homer, las mujeres mayores del pueblo solían decirle a Jewel que era como un perro: se portaba bien cuando estaba con ellas pero se cogía todo lo que anduviera suelto cuando se daban vuelta (lo cual no era cierto); mientras, los pescadores de la zona hacían apuestas a ver quién sería el primero en volteársela.
"Cuando uno llega a la pubertad, por primera vez empieza a darse cuenta de que es una persona separada de sus padres, distinta, y comienza a sentir su propio poder y sexualidad de una manera completamente nueva", comenta, después de que dos chicos con aparatos le han pedido autógrafos. "Yo creo que ésa es la primera impresión real que uno tiene de sí mismo. Y si uno no está cómodo con su cuerpo –lo que generalmente es cierto a esa edad– entonces ésa es la imagen que uno tiene de sí mismo para siempre. Todavía me veo como una varonera sin gracia. Es algo que nunca voy a poder superar, no importa en cuántas revistas salga."
Jewel paga generosamente la cuenta de 8 dólares; después vamos caminando hasta una librería cercana y nos pasamos una hora explorando los estantes. Ella me recomienda The Holographic Universe, de Michael Talbot, y The Stories of Vladimir Nabokov. Yo le sugiero otro libro ruso: The Master and Margarita, de Mikhail Bulgakov. (Cuando vuelvo a verla, dos semanas más tarde, ya terminó de leer el libro de Bulgakov y se lanza a una larga discusión, mencionando temas que yo ni siquiera había notado.)
Esa tarde volvemos a su cuarto de hotel. Está por ver por primera vez el clip de su nuevo tema: "Hands". Es una canción muy optimista con la excepción de una línea enigmática y desafiante: "My hands are small, I know/ But they’re not yours, they’re my own" (Mis manos son pequeñas, lo sé/ Pero no son tuyas, son mías).
"Yo pienso mucho en mis manos", explica Jewel. "Para mí ésa es una imagen muy específica. Solíamos salir a cortar los campos de heno. Había mucho heno, y nos pasábamos varias semanas seguidas en el tractor, todos los días, dando vueltas en círculos. Y yo simplemente me miraba las manos. Solía escribir muchas poesías acerca de las manos. Aun cuando era pequeña, me preguntaba: «¿Qué harán mis manos? ¿Sostendrán bebés?». No tenía idea de que tocarían la guitarra. Comencé a creer que, si observaba lo que hacían mis manos, tendría una idea mejor de lo que estaba pensando, de manera consciente o inconsciente."
Esperó con impaciencia este nuevo álbum, esperó el día en que la gente pudiera escuchar la música que grabó en los años posteriores a la adolescencia. Porque en los últimos tiempos estuvo haciendo giras sin respiro para promover un disco que ni siquiera le gusta, y apareciendo como telonera de cualquiera: desde el rockero salvaje Peter Murphy y los fenómenos efímeros como Deep Blue Something, hasta Neil Young y Bob Dylan.
"Pieces of You no es un buen disco", insiste Jewel, señalando acordes que faltan y una forma de cantar que no alcanza su habitual buen nivel. "Es un disco que me incomoda, en definitiva. Es como si te estuvieran ventilando los trapitos al sol. No pensé que la gente iría a escucharlo. Pero con esto me di cuenta de que todo lo que la gente necesita es que le toquen los sentimientos. No importa si es Celine Dion o Meat Loaf o yo."
Hace dos años, Jewel fue al estudio con el productor Peter Collins y grabó media docena de temas para un nuevo álbum, pero abandonó el proyecto cuando "You Were Meant for Me" se convirtió en un éxito y comenzaron sus tareas de promoción. A principios de 1998 pensó en grabar un disco de canciones navideñas originales, pero finalmente decidió hacer Spirit con Patrick Leonard, el productor de Madonna, quien le agregó una base muy sutil y sensual de percusión y teclados para que las meditaciones folks de Jewel se acercaran un poco más al campo de la música pop.
El video de "Hands" muestra a Jewel deslizándose por la escena de un desastre: un ángel de compasión que rescata niños de entre las llamas. (Las personas, nombradas como "llamas frágiles", son un tema recurrente de su nuevo álbum.) "Odio cómo me veo", dice. "Esa no parezco yo, para nada. Esa no es mi nariz."
Cuando termina el video, la televisión salta a la MTV. Me incorporo para apagarla. "Esperá", me grita. "No la apagues. Quiero ver el video de Alanis Morissette."
Parte Tres: Le gusta su madre
Para Jewel, su historia familiar no debería ser resumida. Debiera ser todo un seminario universitario. Pero aquí la tienen, de cualquier modo, en cuatro párrafos prolijos.
El abuelo Yule y la abuela Ruth Kilcher viajaron de Suiza a Alaska en busca de tierras francas en el último Estado donde aún seguía vigente el Homestead Act (Acta de Protección a las Tierras de Colonización). La abuela había estudiado ópera en Europa y se convirtió en una de las primeras mujeres periodistas de Alaska, con una columna sobre la toma de posesión de tierras en un diario de Anchorage. El abuelo era un erudito que hablaba doce idiomas, que ayudó a escribir la carta magna del Estado, inventó sus propios instrumentos musicales y documentó la experiencia de la toma de posesión de tierras en una película de 16 mm. La abuela educó a sus ocho hijos en su propia casa –incluido Atz, el padre de Jewel– poniendo énfasis en la poesía y la escritura. El abuelo los disciplinaba duramente cuando se salían de la raya.
Por el lado materno de Jewel, los abuelos Jay y Arva Carroll se establecieron en el interior de Alaska en los años 30 y luego se trasladaron a una isla llamada Wrangell, donde vivían en una cabaña de un ambiente con piso de tierra. El abuelo era cazador de pieles y tenía un trineo con perros; la abuela era la esposa pionera, madre de cuatro hijos, incluida la mamá de Jewel: Nedra. Se mudaron a Seaward y el abuelo comenzó a trabajar en el diseño de centrales eléctricas. En su tiempo libre construyó un avión, un vehículo para viajar sobre la nieve y un aparato mecánico para recoger las redes de pesca. Al poco tiempo se volvió tan fanático del avión, que puso en marcha un negocio: llevaba pasajeros a las áreas de caza.
Finalmente se mudaron a Homer, donde Nedra –poetisa, pintora, actriz, música, y artista del área que a uno se le ocurra– conoció a Atz, trabajador social y músico. Hicieron dos álbumes y tres chicos –Atz Jr., Jewel y Shane– que se criaron en una cabaña de troncos sin electricidad, agua corriente ni teléfono. Jewel nació en Utah, donde Atz estudiaba en la Universidad de Brigham Young (Atz y Nedra se criaron en la fe mormona). Mientras Nedra estaba en trabajo de parto, tanto ella como su hija estuvieron a punto de morir cuando una enfermera le colocó a Nedra una máscara de oxígeno pero olvidó conectarle el aire. Fue Atz quien se dio cuenta de que no estaba respirando; la escena le hizo recordar al bebé que ya habían perdido por muerte súbita. Cuando los médicos conectaron el aire, la madre respiró profundamente y, en el mismo movimiento, expulsó a Jewel.
Desde los 6 años, Jewel pasaba los veranos cantando con su familia en hoteles, bares y restaurantes; o viendo una película de las muchas que tenía su abuelo sobre la época de la colonización (financiadas por la Fundación Nacional para las Artes y por el museo Smithsonian) y aprendiendo cómo deshacerse de los tipos imbéciles pasados de alcohol. Dos años más tarde, cuando Jewel tenía 8 años, sus padres se divorciaron. Ella se quedó con su papá, que había heredado el mal genio de su propio padre y la hacía practicar música cinco horas por día, bajo su estricta tutela. A los 15 se mudó a Anchorage para vivir con su madre, pero pronto fue a la escuela de arte Interlochen, en Michigan; ella misma pagaba sus estudios con su trabajo de modelo en las clases de escultura. Tiempo después volvió con su madre, quien para entonces estaba viviendo en San Diego. Nedra tuvo que renunciar a su empleo debido a una afección cardíaca temporaria, y fue entonces cuando le sugirió a Jewel que, para reducir los gastos y poder "tener acceso a sus sueños", se mudara a su camioneta. Nedra, solidaria, también se mudó a una camioneta. Mamá aguantó seis meses; Jewel, un año.
"Me siento como en una revista de comics", dice Jewel con respecto a toda la historia.
Toda entrevista es un proceso de seducción por ambas partes, pero ésta realmente está funcionando. Y cuando en San Diego, dos semanas después de haber estado con Jewel en Nueva York, conozco a Nedra –su amiga, su manager y su madre–, comienzo a entender mejor a Jewel. Con el pelo largo, prolijo, rubio arena; un rostro suave pero fuerte, con la nariz un poco torcida, y el pecho amplio, es exactamente igual a Jewel. Y no sólo físicamente: nombra a los mismos poetas, como Pablo Neruda, y muchos de sus pensamientos sobre temas espirituales, existenciales y humanistas ya los escuché casi tal cual de boca de su hija. Además, pide postres múltiples… igual que Jewel.
Nedra habla lenta y claramente; evalúa cada palabra con sentido común, pensamiento profundo y compasión. Y yo estoy nervioso, como si estuviera conociendo por primera vez a los padres de mi novia. Mientras hablo con Nedra, Jewel ya no me parece una estrella suspendida en el tiempo. De repente encaja dentro de un largo linaje de artistas –del lado de los Kilcher y del de los Carroll– que vinieron antes que ella y que vendrán después.
Comemos en un restaurante cerca de la casa de Jewel y Nedra, en Rancho Santa Fe, un pueblo acaudalado conocido por sus caballos de carrera que se encuentra justo al norte de San Diego. Al día siguiente, Nedra será homenajeada por la March of Dimes (asociación que se dedica a la prevención de defectos al nacer y de la mortandad infantil) como una de las seis Madres del Año.
Cuando Jewel finalmente se decidió por la música, su madre le hizo preparar una lista de todas las razones que la habían llevado a esa decisión. Y entonces, una vez que Jewel presentó la lista, Nedra la hizo regresar a su cuarto para analizar las motivaciones que había detrás de cada una de las razones que había identificado, y asignarles prioridades. "Le pedí que realmente considerara cada uno de los puntos que había anotado. Si era por el dinero, ¿por qué quería dinero? ¿Cuánto dinero? ¿Qué significaba el dinero? ¿Y qué quería hacer con el dinero? Y ése resultó ser un ejercicio muy interesante", continúa Nedra, "porque volvió y me dijo: «Hay realmente una sola razón y es la que me dice mi corazón: quiero hacer algo diferente. Quiero cantar para que la gente se sienta más esperanzada, para que se entiendan mejor, para que se sientan conectados entre ellos». Y fue entonces cuando supe que podría involucrarme con ella."
Ahora, según Nedra, la carrera de Jewel es una más de las tantas empresas familiares del país. El año que viene, Jewel y Nedra intentarán cumplir con el objetivo de la cantante: lograr algo diferente dedicando buena parte de los 2 millones de dólares que ha recibido (tanto por el contrato de su libro de poesía como por sus giras) a un grupo de instituciones benéficas llamado Higher Ground for Humanity (Mejores Condiciones para la Humanidad).
La comida con Nedra termina cuando Jewel llama por teléfono; acaba de volver a casa y está medio loca después de dos semanas ininterrumpidas de promociones por Europa. Dice, medio en broma, que hará una lista de nombres y comprará un rifle, y está molesta porque un decorador adornó la casa entera con flores, fotos de Jesús y un espejo de la escenografía de Titanic. Jewel siempre fue muy trabajadora: durante los primeros días de filmación de la película Ride With the Devil (aún no estrenada) –dirigida por Ang Lee y en la que Jewel hace el papel de una viuda de la guerra civil– simultáneamente editaba su libro de poesía. Ahora tiene que promover el film, hacer una gira por Europa, otra por América, luego volver a hacer giras por ambos continentes, pero esta vez actuando en localidades más importantes, y escribir un libro de cuentos cortos programado para julio.
Parte Cuatro: Le gusto yo
A la mañana llamo a Nedra y le digo que voy a esperar una hora más antes de ir a la casa, para que Jewel pueda dormir otro rato. Cuando llego, protesta: hubiera preferido usar esa hora libre en algo productivo.
"Hay un montón de cosas que quiero preguntarte", me dice, y después pasa a pedirme consejos sobre cómo tratar a los periodistas europeos hostiles y cómo estructurar un libro de cuentos cortos sobre personajes de Homer, su pueblo.
Se ríe a cada rato, me dice que me veo muy bien y me toma del brazo cuando vamos caminando juntos. Algo cambió desde la última vez que nos vimos. Ahora parece confiar en mí. ¿Tan mal la trataron los cronistas de Europa?
"Me puse muy nervioso el día que cené con tu mamá", le digo, explicándole que me sentía como si estuviera conociendo a los padres de mi novia.
"Eso es tan divino, Neil", se ríe. "No sabía que te importaba. Yo estaba tan nerviosa, también... Pensé: sos un tipo muy agradable, pero, ¿qué pasa si me estás engañando? Me asusté tanto, que la llamé a Pattie (su agente publicitaria) y le pregunté: «¿Pensás que se burla de mí?» Porque vos me caés bien, en serio. Realmente te considero un amigo."
Aunque en el fondo de mi corazón le creo, en mi mente me pregunto si no me estará enrollando. Ya que estamos sincerándonos, también le pregunto si el hecho de haber hablado tanto de su niñez –un tema por el que en la mayoría de los casos hay que presionar a los entrevistados– no es una forma de no hablar del presente.
"Qué bueno", dice, pegando un grito. "Yo hice lo mismo con vos. Pensé: «Quizá se hace el bueno para hacerme decir algo que yo no quiero». No, es bastante sincero lo que digo. Posiblemente tengas razón y quizá yo hable demasiado de eso. Pero es difícil, porque estoy pensando todo el tiempo en eso."
Jewel toma su guitarra, cosa que no ocurre desde hace varias semanas, y me toca un popurrí de canciones que quiere grabar en su nuevo álbum. Quiere que sea un disco country –repleto de swing del Oeste, pastizales de Kentucky y la nueva música country– aunque le preocupa lo suficiente no ahuyentar a sus fans como para considerar la posibilidad de lanzarlo con un seudónimo, en simultáneo con un álbum más típico. A diferencia de sus temas pop y folk, esta música no requiere concentración. Se regocija con el melodrama, tanto en la voz como en las letras, habla de ángeles y de angustia con una expresión dulce que no le cuesta ningún esfuerzo. Su voz se vuelve más potente y dinámica a medida que adquiere más confianza; más tranquila y reflexiva cuando la invade la timidez. Cuando me río durante una canción sobre Los Angeles y el jugo de zanahoria y los Power Bars, ella también ríe. Durante un tema melancólico, el favorito de su papá, mis ojos se llenan de lágrimas.
El hogar de Jewel y Nedra es una casa de campo con aroma a flores y a manzanas al horno, repleta de revestimientos de madera y camas con montañas de almohadas, que desborda de estatuas de caballos y álbumes de fotos de Alaska; en un extremo hay una gran oficina alfombrada en blanco y en el otro una suntuosa pileta con yacuzzi. Es difícil definir dónde termina el gusto de Jewel y Nedra y dónde comienza el de su decorador de interiores. En el living, por ejemplo, hay una planta en una maceta que está elevada a un metro del piso, sobre una especie de altar, y rodeada de un círculo casi ritual de hojas y ramas. Jewel y su madre se sientan allí más tarde, una frente a otra, peinándose y maquillándose para la cena del March of Dimes. Parece una escena de El retrato de Dorian Gray. Nedra es una Jewel sosegada: la inocencia ha sido reemplazada por la experiencia, la confusión ha cedido ante la confianza, y la belleza ha mutado en fuerza. Mientras la maquillan, Jewel canta, exuberante, e imita a diferentes personajes. La madre permanece en silencio.
Esa noche, durante la ceremonia de March of Dimes en el Hotel Sheraton, en San Diego, Jewel y su madre se prestan a entrevistas, una sentada al lado de la otra (la mano de Jewel buscando siempre la de su madre, nunca a la inversa), y hablan de su relación de una manera que hace que todos los que están en la sala suspiren: "¿Por qué a mí no me criaron así?".
Durante la ceremonia, Jewel va señalando a su extensa familia, sentada en tres mesas a nuestro alrededor: fotógrafos, ejecutivos de las discográficas, trabajadores sociales, espiritualistas, nutricionistas, maquilladores, todos con antecedentes fascinantes que Jewel conoce a la perfección. Su hermano mayor, Shane, que no está vestido para la ocasión sino que luce una remera de Spirit y un blazer, se acerca amigablemente a la mesa, con su esposa. "¿Sólo te ponés mi ropa cuando sabés que voy a estar yo?", le pregunta Jewel. "Esta remera la recibí ayer", dice él, dulcemente. "La mitad de la ropa que tengo en el placard es tuya."
"¿Qué tenés en el bolsillo?", quiere saber Jewel, señalando una pluma roja.
"Una pluma", le contesta él. "¿Te acordás? Se cayó al suelo en la entrega de los MTV Video Awards."
Mientras escucha a otras hijas –la actriz Annette Bening; Gail Devers, ganadora de la medalla olímpica de oro en pista; además de una doctora, una banquera y una golfista– que hablan de sus madres, Jewel entra en pánico. "No sé contar anécdotas", dice. "Supongo que puedo contar que cuando yo era chica una vez mamá me gritó: «La vida no es justa», pero no creo que lo pueda explicar bien. Supongo que tendría que pensar en algo gracioso. Pero no se me ocurre nada."
Le tiro letra: "Mi madre siempre hizo mucho más para mí que las otras mamás. No sólo me ayudó a conseguir el registro de conducir, me ayudó a mudarme a la camioneta", y es lo primero que dice cuando sube al escenario. Después de reírse, se pone seria. Pocas veces se refiere a su madre como "mamá". La llama Nedra, dice, porque quiere que todos sepan que ella es mucho más que una mamá.
Volviendo en la limusina, Jewel, Nedra y yo hablamos de Joseph Campbell, Pascal y el simbolismo. "Tendrías que quedarte en casa esta noche", sugiere Jewel. Ya había mencionado la idea como al pasar, pero yo estaba esperando una invitación más directa. Aquí estaba.
Parte Cinco: Le gusta la intimidad
Ya en la casa, saco las innumerables almohadas de la cama del cuarto de huéspedes y dejo a Jewel y a su madre solas en la cocina para que puedan charlar. Estoy acostado bajo las cobijas, hojeando un libro de brillantes fotos color de Alaska, cuando entra Jewel de buzo verde con cierre y pantalón de algodón (o pantalón-buzo, no recuerdo bien) y se mete debajo de las cobijas conmigo. Se recuesta sobre su lado izquierdo; yo sobre mi lado derecho. Entre nuestras cabezas hay una gran almohada que le tapa parte de la cara. Nos pasamos bajando la almohada mientras hablamos, para poder vernos bien y sentir mayor intimidad. Pero sabemos que nunca podremos sacar por completo la almohada: eso ya sería demasiada intimidad.
"De chica, tenía un panfleto mormón que decía que un hombre en la cama tenía que mantenerse a un brazo de distancia de la mujer", dice, "y que el marido no podía hacer arrumacos con su esposa durante más de veinte minutos".
No me está avanzando; ni yo estoy pensando en avanzármela. Pero recuerdo un verso de uno de sus poemas: "I am told,/ I am adored by millions/ But no one calls" (Me dicen que/ hay millones que me adoran/ pero ninguno me llama).
Hablamos de la inseguridad y de lo que la origina. Ella cree que es que todos quieren sentirse especiales. "Todos creen tener una luz, y quieren que se conozca", explica. "Y mucha gente hace conocer su luz apagando la de los demás, porque siente que así la propia se verá más brillante. Mucho tiene que ver con esta idea básica: que todos queremos sentirnos reconocidos y amados por lo que honestamente, en lo más profundo, sentimos que somos.
"Así pasa conmigo. La gente me halaga por cosas que no corresponden. Me halagan por las cosas obvias. Me gustaría que me alabaran por aquello que mi mamá reconocería en mí, por lo que mi novio reconocería en mí y por las luchas personales que tengo todos los días. Más que por mi voz. Para mí, ése es mi verdadero crecimiento, cosas como: «Lo logré, hoy no me deprimí». Lo que más orgullo me da es el crecimiento espiritual. Creo que eso es el espíritu: la vitalidad."
Sigue hablando acerca de su concepto de que los pensamientos negativos pueden afectar tanto la psiquis como la apariencia física. "Me despierto y siento que no pertenezco", confiesa. "Me siento manipulada o mutilada. Los pensamientos son muy poderosos. No les doy suficiente importancia y quisiera ser más consciente de esto."
No comprendo su lado oscuro, le digo. Su lado de bronca, la Jewel dura y flexible que mantenía a raya a los borrachos lascivos después de las actuaciones en los bares de Alaska: ¿dónde está?
"Es interesante verme evolucionar", contesta como en sueños. "¿Alguna vez te sentís así?"
"La verdad que no", le digo. "A veces pienso que estoy cambiando, pero cuando vuelvo a un ambiente antiguo, soy igual a como era entonces."
"Sí, entiendo", susurra, suave y tranquilizadora, demostrando que me comprende pero que no necesariamente está de acuerdo. "En definitiva, siento que soy cada vez más yo misma. Me siento más sincera conmigo misma. Y todas las cosas que fueron demasiado duras, que nunca parecieron realmente mías… muchas de esas tensiones están desapareciendo. Y me siento bien. Me siento más libre."
Nedra entra en la habitación para hacerle mimos a Jewel. "¿Este es un ejemplo de cómo llegar a la cima pasando de cama en cama?", pregunta, y después le hace unas cosquillas a su hija, en las costillas y la axila.
Por la mañana, Jewel ya no está.
Se fue a pasar un rato con su caballo, Chance: su amor, su droga, su inspiración. Vuelve radiante.
–Soñé toda la noche con vos –me dice.
–¿En serio?
–La entrevista siguió durante horas, en mi sueño. Yo trataba de explicarte cómo fue que me volví más suave.
–¿Cómo te volviste más suave?
–No me acuerdo –contesta–. Un par de personas con las que yo solía juntarme murieron, a otra tuvieron que amputarle la pierna, y a una la metieron presa. Para vivir en la calle y de la caridad hay que ser dura. Supongo que ya no tengo que ser dura.
Describe nuestro tiempo juntos como una amistad que, como en realidad es una entrevista, se aceleró. "Vos sabés mucho más de mi vida de lo que dejaría saber a un amigo en el mismo tiempo", dice. Pero no necesariamente lo dice como un elogio. Quiere decir que no es natural.
Parte Seis: Le gustan todas las personas
Con frecuencia, la mejor perspectiva se obtiene desde cierta distancia y, cuando me alejo de la casa de Jewel, comienzo a preguntarme por qué pasó tanto tiempo hablando de mí, haciéndome preguntas y hasta alentándome a escribir canciones. Con otra gente fue igual de agradable, alabó cualquier faceta de su apariencia o de su personalidad que mereciera ser alabada.
En ese contexto, su teoría con respecto a la luz interior de los seres humanos tenía, de repente, más sentido. Se define a sí misma como alguien cuyo propósito es ayudar a que las luces internas de la gente brillen más. En otras palabras, Jewel quiere que la gente se sienta bien consigo misma –ésa es la fuente de su popularidad y de la burla–, ya sea recordándoles lo bien que se ven o diciéndoles en sus canciones que "estamos todos bien", que todos ellos son "llamas frágiles". Me burlé de esas letras al comienzo de esta historia. Ya no me burlo más.
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