
Jimmy Scott, a través del séptimo arte
Sólo en una grilla como la del actual Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, abundante en documentales sobre criaturas singulares, podía tener cabida "Jimmy Scott: si supieras...", la historia de un cantante negro eunuco casi octogenario, víctima del súper villano negocio del disco y olvidado durante mucho tiempo por un periodismo que luego lo indemnizó con el diploma de gran cantante de jazz.
Se trata apenas de un defectuoso video que evita el lado oscuro del apasionante personaje, pero igual alcanza a retratarlo mucho mejor que "Faith in time", la biografía publicada no hace mucho por David Ritz, un especialista en darles forma de libro a problemas personales de grandes figuras de la música negra, que luego de aburrir con 239 páginas de anécdotas y testimonios sorprende con una confesión de impotencia: "¿Cómo entender la lágrima de Jimmy?".
Además de esa biografía y del documental, el año pasado Jimmy Scott protagonizó "But beautiful", el séptimo compacto desde su retorno a los estudios en 1992, y tuvo una sobrecogedora intervención en "Chelsea walls", interesantísimo film de Ethan Hawke que circula en DVD. Nada mal para un anciano tembloroso que a fines de la década del ochenta se dudaba de que estuviera vivo.
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En sus primeras fotos de 1950 con la atronadora orquesta de Lionel Hampton parece un chico en tuxedo extra small a punto de ser arrollado por la banda, pero tenía casi veinticinco años y más de diez rodando en espectáculos negros de ínfima categoría. Lo mismo el director antepuso un "Little" al nombre, lo hizo conocer como prodigio adolescente y luego de "Everybody´s somebody´s fool", un éxito que todavía suele cantar, todo indicaba que el futuro de Scott estaba asegurado.
Un verdadero fenómeno, tanto en lo musical como en el sentido circense de la palabra, especie de diminuto hombre-niño, de apariencia asexuada y voz desgarradora, aunque de timbre femenino como consecuencia del síndrome de Kallmann, desorden hormonal que detuvo su desarrollo apenas iniciada la pubertad, obligado a demostrar su masculinidad a punta de revólver y propenso a obsesionarse con mujeres terribles.
Por el suceso de los primeros discos, el impacto teatral que siempre significó su mera presencia y la emotividad con que transmitía baladas, Jimmy Scott debió haber sido mucho más que el vocalista de culto, casi secreto, que influyó en una cantidad de artistas enormemente populares (de Johnnie Ray a Marvin Gaye la lista es larga) sin alcanzar nunca fama parecida. Culpa de un infierno privado con padre abusivo, esposas insatisfechas, adicciones variadas y un demonio mayor: Herman Lubinsky, empresario discográfico despreciado hasta por sus colegas más ruines, que lo tuvo contratado de por vida y frustró sus posibilidades de ascender a sellos más nobles.
Impulsada por el compositor Doc Pomus, la reivindicación comenzó en 1988 con una nota que ocupó casi todo el suplemento de rock del Village Voice; luego se sucedieron los discos exquisitos, la reedición de "The source", una de sus obras maestras desconocidas, el dúo con Lou Reed en "Magic and loss" y esa certificación como príncipe del misterio sentimental que significó figurar en la banda sonora de "Twin peaks", el film de David Lynch.
Quedaba sólo una reparación pendiente: recuperar "Falling in love is wonderful", long play legendario si los hubo, producido en 1962 por Ray Charles, pero neutralizado por Lubisnky, que acaba de reeditarse en Europa confirmando que se trata, efectivamente, de la maravilla sobre la que tanto se ha escrito. Diez clásicos cantados por Jimmy Scott en su mejor momento, con arreglos insuperables y la finura de Charles acompañando en piano, que llegan con cuatro décadas de retraso a ocupar su lugar como álbum esencial del género romántico.







