
La camioneta Mercedes Benz bordó que lleva a los Karamelo Santo avanza por la carretera que une las pequeñas ciudades alemanas de Wiesbaden y Lübeck.
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Faltan cinco minutos para que el cuentakilómetros de la van indique que en los últimos dos meses y medio la banda ha recorrido... ¡30 mil!
Martino Gesualdi, trombonista, flamante incorporación de los mendocinos y nuevo alma-pater del humor grupal, promueve una celebración. "¡No jodas, culiáo!", le responden al eventual copiloto de Jörg (conductor alemán, acompañante europeo de Karamelo Santo, fanático de los uruguayos de La Vela Puerca y receptor de ovaciones después de cada vuelta en "u"). Aunque hay buena onda, el ambiente no es de fiesta. "La otra noche soñé que viajaba y viajaba en la camioneta", confiesa, agotado, el bajista Diego Aput. Y resopla: "Y no fue la primera vez".
Después de tanto tiempo en la ruta, lo que flota en el aire de la camioneta es el cansancio y un poderoso olor a pata. Mariano Ponce de León (baterista) y Ezequiel Ugarte (sonidista y road manager) duermen al fondo, en una suerte de cama que se eleva sobre los equipos y los bolsos con ropa. El Goy, cantante y guitarrista, ocupa el último asiento y revisa sus discos: el abanico va de Kapanga a Chet Baker, pasando por Madness, The Clash, Elvis Costello y The Specials. El saxofonista Pablo Clavijo lee. Lucas Villafañe, el tecladista, observa embelesado el paisaje, con una cerveza en la mano. El otro cantante (y percusionista), Piro Rosafa, nos sigue en otro auto. ¿Privilegiado? Es que a la gira se han sumado su mujer, Natalia, y su hijo Nehuén, de apenas cinco meses; demasiado pequeño el niño para compartir una camioneta de gira con una banda de rock.
hace casi ochenta dias que karamelo Santo empezó su segundo periplo europeo (el año pasado la gira duró un mes, en un plan básicamente promocional), que lo ha llevado por casi todo el viejo continente y lo subió a los escenarios más diversos. Desde una apoteósica presentación en el Festival de Roskilde (Dinamarca) frente a 15 mil personas, donde la banda compartió cartel con Carlinhos Brown, Eddie Palmieri, Iron Maiden, Asian Dub Foundation, Ojos de Brujo, Coldplay, Blur y Metallica, entre otros; hasta pequeños shows en ciudades alemanas como Alfeld, en una suerte de club-house para no más de 80 almas. En el medio hubo shows con Suicidal Tendencies, The Selecters, Trío Mocotó, Egotronic, Magilla Gorilla, Moon Invaders, Panteón Rococó, The Skunk All Stars, la Orquesta Baobabs y A77aque (en St. Gallen, Suiza).
Ahora estamos muy tranquilamente en camino hacia Lübeck, pero anoche, en Wiesbaden y al grito de "¡Cuuuumbia!", el Goy arengó a los 4 mil alemanes que asistieron al show de Karamelo en el festival Folklore im Garten. El público bailó (a su manera) el crossover latino que propone el grupo de Mendoza: cumbia (claro), reggae, salsa y hasta un fragmento de "Libertango", de Astor Piazzolla, al ritmo del ska. Fue el concierto número 64 de Karamelo Santo.
Aunque se trata de una banda, digamos, mediana, independiente y sin gran estructura, los Karamelo encaran estas giras europeas con espíritu superprofesional. Los músicos cumplen en tiempo y forma con las exigencias de los organizadores locales: además de, obvio, ofrecer un buen show, se preocupan por respetar horarios, mantener el buen humor y despedirse muy cordialmente de cada productor local. "¿Saludaste al promotor?" es la muletilla/ayudamemoria diaria de Ezequiel, antes de cada partida. Nada más lejos de aquellos viajes de egresados perpetuos de los que suelen hablar las crónicas de gira en el mundo del rock & roll.
Pero además está la infraestructura europea que, para alguien acostumbrado al aguante argentino, resulta increíble.
El viaje de Karamelo es casi autogestionado. Los guachos, su disco más reciente, fue editado por el sello Übersee Records, y los Karamelo pertenecen a una buena pero pequeña agencia que les consigue fechas y lugares para tocar (Rocky Beach Club, a cargo de Humberto Pereira). Pero los mendocinos no cuentan con el respaldo de ningún sello multinacional y, finalmente, son una banda del Tercer Mundo. Sin embargo, aquí el respeto por los artistas es total. Ya sea en el backstage de un megafestival o en la cocina de un squatt, el catering que espera a los músicos es más o menos el mismo: ensaladas, fiambres exquisitos, ¡salchichas!, yogur, frutas frescas, golosinas, algún plato caliente (sopa o pastas), gaseosas y ¡cerveza! en cantidades industriales. Muchos de los sitios donde toca el grupo tienen un lugar previsto para hospedar a los artistas... Todo parece, de algún modo, un sueño.
lübeck es un pueblo medieval paradisíaco, que podría ser la escenografía montada en un estudio de Hollywood. Además, ofrece una interesante actividad cultural: cinco iglesias en un radio de diez cuadras (en cada una de ellas hay, al menos, dos órganos colosales); la casa-estudio-museo de Günter Grass, escritor, artista plástico y Premio Nobel, y una muestra del pintor expresionista Evard Munch (autor de "El grito"). Existe, también, un negocio bizarrísimo, La Tierra del Mazapán, y una zona de varios hoteles de categoría. En ese mismo espacio funciona (resiste), desde hace veinticinco años, el squatt Alternative Tagungsstätte, que el gobierno pretende remover. Los squatts son casas o predios tomados; muchos de ellos funcionan como centros culturales y su existencia se repite en casi todas las ciudades del continente. Allí es el toque de esta noche y allí nos cruzamos con la argentina Agustina Mancinelli (ex Sugar Tampaxxx), que está viviendo en un squatt parisiense y lidera un trío de punk rock.
"¡Zugabe! ¡Zugabe! ¡Zugabe!" El grito se repite, al ritmo de "¡U-na-más-y-no-jodemos-más!". ¿Quién dijo que los alemanes son fríos? Karamelo Santo acaba de terminar el show, pero los blondos piden más. Y les dan. (La situación, contarán luego los músicos, se ha repetido en todos y cada uno de los conciertos de la gira.) Una nena de no más de 10 años hace mosh: los punkies se divierten alzándola. Otro punky baila junto a su ¡cerdo domesticado! y sigue la fiesta. (Hay que admitirlo: los punks, en Europa, transan con el sistema; combinan orgullosas crestas de colores con celulares último modelo.) Sobre el escenario, Karamelo Santo es una máquina ajustadísima, y parece diseñada para hacer delirar a los europeos aunque entre el público haya, eventualmente, negros y latinos. (Con buen criterio, los mendocinos evitan los disfraces tangueros for export como La Mosca, y los clisés, digamos, guevaristas.) El Goy y Piro, cantan y arengan. Mariano se encarga del ritmo, Diego salta y corre por todo el escenario (se perfila como el mayor atleta del rock argentino, después de Tete Iglesias, de La Renga) y Lucas dibuja melodías en el teclado. Y un colado (Humphrey, encantado) sube a hacer coros en "Negro", tema elegido como retirada.
"Negro" es la canción que abre Los guachos, el excelente tercer disco de los mendocinos (véase RS 52), un trabajo que al grupo le costó sangre, sudor y lágrimas. "Fue un álbum superconflictuado", dice Lucas. Y Diego agrega: "¡La puta! Cuando se muere gente los conflictos son serios". Los guachos está dedicado al productor Richard Troilo y al trompetista Silvio Espilocin, quienes fallecieron antes de ver que el cd estuviera terminado. El Goy recuerda que, en un principio, el disco iba a ser producido y editado por Gustavo Santaolalla; incluso, llegaron a mandarle demos. ¿Qué pasó? "No hubo más onda. Nos vino a ver y habló con Richard Troilo para empezar a trabajar. La segunda tanda de demos le gustó más, pero mandó muchas críticas. Dijo que era difícil producirnos, porque ya veníamos con una inercia de trabajo fuerte. Creo que percibió que no teníamos la voluntad de someternos a él. Y eso le molestó un poco. Después nos cruzamos y no fue capaz de decirme «disculpá que no te llamé». Todo bien, es un capo. Pero podría haber aclarado las cosas. Para nosotros, como mendocinos, que venga Santaolalla y nos diga que nos va a producir es como si apareciera George Martin. Nos creó una expectativa que nos quemó mucho la cabeza y tuvimos una crisis muy fuerte en el 2000. Estuvimos esperando que se definiera eso…"
Santaolalla no quería que el disco se llamara Los guachos. Silvio fue uno de los defensores del nombre. Y, cuando falleció, el título quedó definido. Explica Goy: "Su muerte nos mostró que en Buenos Aires, nosotros éramos guachos. Cuando llegamos, él siempre nos ayudó. Nos llevaba comida a los shows, nos cocinaba y hasta nos regaló un televisor".
–¿Les gustaría trabajar con un productor externo al grupo?
goy: A mí me interesaría que viniera alguien a producir una estética, que nos ayudara a redondear la imagen, el show en vivo y el disco, claro. Es algo global. Un disco no es sólo producir canciones. El productor artístico tiene que aportar algo más que corregir el tiempo o un acorde de una canción. Me parece que, en la Argentina, la banda más artística, y la que más vueltas ha tratado de buscarle a su música es Babasónicos. No es que me guste especialmente, pero creo que es la banda que más trabajó. O sea: hizo del rock una obra de arte.
–¿Y cómo piensan producir esa imagen?
goy: Si bien somos una banda pajuerana, nos hemos podido equipar mejor. Tenemos un estudio de grabación en casa, y acabamos de comprar cámaras, software y hardware para editar nuestros propios videos. Queremos meternos en la fase audiovisual. Si eso apoya nuestra capacidad de hacer arte, es bien venido. La decisión artística está, pero sabemos que nos falta bastante.
un dia y cuatrocientos kilometros depués, los Karamelo y su corista invitado llegamos a la ciudad de Bielfeld. El squatt ajz es un gran predio que, además de boliche para recitales, tiene un pequeño auditorio con butacas y proyector. Dos horas antes del show está prevista la proyección de un documental alemán sobre las fábrica argentina Zanón, recuperada a fines de 2001 por sus trabajadores. Veo el documental y soy testigo de un debate posterior (en alemán) que dura una hora. No entiendo nada de lo que dicen y sin embargo me descubro conmovido; es raro que algo así ocurra tan lejos de casa.
Mientras terminan de debatir, comienza a circular una alcancía de cartón. Cada una de las cien personas presentes aporta unas monedas para la gesta sudamericana. La coordinadora del debate fue la periodista de izquierda Alix Arnold, amiga de los Karamelo (y también de la gente de fm La Tribu, en Buenos Aires). Ella estuvo un par de veces en la Argentina, y dice que, después de diciembre de 2001, el país se volvió un lugar "muy interesante". ¿Por qué dieron esa charla? "Los que estamos organizando conciertos de música independiente, casi todos venimos de experiencias okupas o de grupos políticos. Y nos gusta hacer las dos cosas a la vez: traer bandas de otros países, pero también brindar información de lo que está pasando allá", responde Alix.
Mientras tanto, en los camarines, Pablo y el Goy escuchan las preguntas de otra periodista alemana. Casi todas las dudas refieren a la situación política y económica de la Argentina. Los músicos responden, amables, pero más tarde sugieren que ese tipo de notas que les hacen son "un error". "Nosotros podemos dar una opinión, pero no tenemos un discurso sólido. Mantenemos una postura política: hemos tocado en piquetes y en tomas de fábricas, pero sabemos positivamente que no queremos convocar a la gente por nuestras palabras. Y la banda está muy ajena a la militancia", explica Goy.
diego: Lo que pasó el año pasado fue noticia en todos lados, y había mucha ansiedad por cada una de las cosas que nos sucedían. Y ahí sí teníamos algo para decir, porque ellos tenían una idea como de revolución, muy lejana. En ese sentido estaba bien dar nuestra opinión. Pero decir cómo está el país ahora, y qué va a pasar con Kirchner... Es imposible contestar eso.
goy: El marco político es una forma de inspiración para nuestra música. Aporta a una estética local, pero no queremos vivir puteando al fmi o a la policía. Los Catupecu decían algo muy interesante: hay dos mil bandas que se dedican a putear a la policía, pero, cuando terminan el recital, dejan al público cagándose a trompadas con los ratis. Es muy fácil arengar cuando estás arriba del escenario y te vas en un taxi.
el goy y piro, ademas de ser cantantes y los más antiguos del grupo (con la mudanza a Buenos Aires, la banda sufrió cambios y deserciones), tienen bastantes otras cosas en común. Dice Piro: "Eramos de clase media, muy provinciana. Y a los dos nos criaron nuestras abuelas. Jugabamos a la pelota en la calle, en los Carnavales nos matábamos con las bombitas de agua y hacíamos fiestas clandestinas, asados, cumpleaños con todos los guachos del barrio en casa". Compinches desde chicos, recuerdan que ambos tenían tironeos religiosos, muy estrictos, y que, cada cual por su lado, llegaron a los dreadlocks mitad por rebeldía y mitad por admiración a Bob Marley y Peter Tosh. Tuvieron su momento rastafari, pero se alejaron de la doctrina un tanto decepcionados. Ellos aseguran que, desde los orígenes de Karamelo Santo, tenían conciencia de que había que trabajar de un modo profesional. "Jamás suspendimos un recital por la ausencia de un músico o porque estaba dado vuelta... Muchos estaban dados vuelta, es cierto, pero tocamos igual" (risas). El descontrol, entonces, queda para otros tiempos y otros ámbitos. El Goy aclara que es imposible hacer una gira de estas características descontrolando todas las noches: "En general, terminamos el show, nos tomamos una cerveza y nos queremos ir a dormir. El cuerpo mismo te dice «enrollá tu cable», porque mañana hay que hacer 600 kilómetros...". Piro reconoce que este viaje es una bendición: "Es un premio a años de no rendirse. Es un regalo del Cielo, teniendo en cuenta cómo está nuestro lugar: tan cagado a piñas y tan pobre de guita. Haber podido tomar ese avión y estar acá, laburando durante tantos meses, sin agachar la cabeza… Aunque la gente crea que en Europa estamos hinchando las bolas, son tres meses de pelarnos el culo. Y es muy desgastante".
El Goy siempre se encarga de destacar que, en realidad, el verdadero flash importante para los músicos de la banda fue llegar a tocar y vivir en Buenos Aires. Se instalaron en el Forte Garrizone, una casa okupada en el Tigre, hasta que se establecieron en la casona que mantienen en el barrio porteño de La Boca. Por allí pasaron artistas y amigos de todo el mundo: desde los Aterciopelados y los Mártires del Compás hasta Tonino Carotone y Verónica Condomí. Ahí funciona, también, el estudio-sello El Cangrejo, donde grabaron Karamelo y, también, Andando Descalzo, r.e.y. Kaníbal, Resistencia Suburbana y Carmina Burana. Después vinieron otros flashes. Por ejemplo, conocer a Manu Chao. "Nos habíamos conocido cuando vino a promover Clandestino, pero había sido una onda medio protocolar. A la noche nos encontramos en un show de los Decadentes y fuimos caminando del Velódromo a Once. No le gustó el Salón Pueyrredón. Entonces lo llevamos a escuchar candombe de negros en San Telmo. Ya estábamos muy en pedo y nos fuimos a la casa. Cuando se levantó Piro, Manu estaba entrando a la pieza." Tanto le hablaron a Manu de Mendoza, que unos meses más tarde lo llevaron a conocer las bondades de la tierra del sol y del buen vino. Cada tanto, se cruzan algunos mails con Chao y, aunque esperan encontrarse en unos días en Barcelona, ser
"los amigos de Manu Chao" ha dejado de ser una chapa necesaria en esta gira.
erfurt
Me quise levantar a una minita que al final era torta.
cottbus
Show con p.o.box.
El trombonista se hizo el pija y rompió su trombón; le presté el mío.
Fútbol con los franchutes, les pintamos la caripela.
amsterdam
¡Qué te puedo contar!
Santa María abrió mis ojos.
hamburgo
Nada parecido a lo que me imaginaba.
Fuimos al puerto con Pablito.
Conocimos los lugares donde tocaban los Beatles y vimos el cartel azul de Polizei.
berlín
Show en ex fábrica de cerveza
Una colombiana me acosó: ¡no hice ninguna!
(Anotaciones del diario de viajes de Martino Gesualdi.)
recien ahora puede decir que es uno más de la banda, pero Martino es un viejo amigo de Karamelo. Oriundo de Necochea, toca trombón en varios grupos: Un Kuartito, Turf, Dancing Mood, Nonpalidece y su propio conjunto de salsa: Cumaná. Su presencia no sólo es vital en el escenario por la personalidad y el sonido de su instrumento: a Karamelo Santo, dicen, le hizo muy bien su llegada. Martino es un tipo que nuclea, une, divierte y remata cada una de sus frases con un "¡Hah!", propio de Nelson, el personaje de Los Simpson.
El suyo no es el único diario de viaje. Pero las anotaciones de Pablo Clavijo (uno de los pocos solteros del grupo; sin duda el que más mujeres ha cosechado a lo largo de la gira) son íntimas, y más introspectivas. Pablo empezó sus estudios de saxofón con el profesor platense Pablo Ledesma, y, a la vuelta, tiene ganas de estudiar piano con Manolo Juárez.
Por afinidades musicales (pueden colgarse horas hablando de los jazzeros Pharoah Sanders y Steve Turre, por ejemplo), Pablo y Martino suelen compartir el cuarto. Ellos piraron cuando escucharon en vivo a Eddie Palmieri. Diego y Lucas, también compinches, se enloquecieron con Suicidal Tendencies. Especialmente Diego, porque es fanático de toda la vida y ha escuchado todos los discos. Mariano, el baterista que vino del frío de Ushuaia, quedó impactado por su colega del trío Mocotó, del Brasil. Y todos, en una ronda de häcky (el esparcimiento preferido en cada espera o parada técnica: se trata de hacer jueguito con una pequeña pelota de trapo que no pica), quedamos fascinados con los malabares de un ignoto alemán que se sumó al juego, esta vez en Coburg.
despues de los shows es bueno pasar por un Donner. "Son los patypeso de Europa", me dice el Goy. Están abiertos toda la noche, y es el modo de exorcizar las nostalgias del asado. Allí se comen delicias árabes: shawarma, suerte de panqueques rellenos de distintas carnes, lechuga, salsas y algún que otro ingrediente secreto. Un buen lugar para la despedida. Sentados a la mesa del Donner, repasamos las anécdotas del viaje: el inolvidable paseo por Amsterdam y el encuentro con Santa María (hierba de las buenas, oda de un próximo tema), las red lights, los sex-shops, las callecitas y los edificios que parece que se vienen encima…
Karamelo Santo está creciendo, firme y a paso seguro, en Europa y en América latina. El nuevo desafío es lograr un sonido propio. Por eso el Goy, entre birra y birra, dice que quiere volver a las raíces. "Queremos definir la raíz latinoamericana, y apostar a la Cordillera de los Andes: al huayno y a la saya. En el futuro, nos imagino como Los Jaivas, pero más metaleros".
Con la panza llena y olor a falafel, volvemos al hotel y nos despedimos. Mañana regreso a Buenos Aires. Los Karamelo, tras la pista del heavy andino, rodarán un tiempo más en Europa. El próximo show es en Suiza. Un saludo al promotor.
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