La cantante y actriz presenta Karavanah, un pequeño cabaret ambulante que incluye baile, tangos cantados en idish, coqueteos jazzeros, la música brasileña y su hit “Ay… qué calor”.
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Es miércoles por la noche y el Centro Cultural Torcuato Tasso, frente a Plaza Defensa, está poblado de turistas, milongueros, algunos herederos del modernismo de los 90 (cierto espíritu Ave Porco), y… ¡Zaides y Bobes! (También hay una movilera del canal 26).
Divina Gloria es la responsable de la convocatoria de un público tan ecléctico, con Karavanah, una propuesta que podría definirse como un pequeño cabaret judío y ambulante, que incluye viejos tangos en idish ("Papirosen"), pero también coqueteos con el klezmer, el jazz y la música brasileña ("Singapura").
De esta manera, la cantante y actriz se suma a la movida klezmer, que en la Argentina encabezaron César Lerner y Marcelo Moguilevsky, y que tiene una continuidad festiva en la Babel Orquesta de "Zeta" Yeyati, y en el Klezmer Juice de Gustavo Bulgach (radicado en Los Angeles y mentor de esta incursión de Divina Gloria).
La backing band de Divina está integrada por Sergio Iriarte (batería), Germán Meira (guitarra), Hernán Gravelloni (bajo) y Pedro Onetto (teclas). Como invitado permanente está Schwee, un histriónico saxofonista multifacético (también eventual MC y bailarín de tango).
En esta suerte de varieté musical, hay parejas que bailan tango y hay un transformista, el bailarín Mario Filgueira, que se despacha cantando versiones de "Soledad" (Gardel y Lepera), y "Toda mi vida" (Troilo y Contursi").
Hacia el final, después del reclamo de una bobe que, desde la primera fila, pide más temas en idish, llega una versión de "Ay… qué calor", de su legendario disco Desnudita es mejor (1986), en un curioso medley con "Cantaloupe Island", el standard jazzero compuesto por Herbie Hancock (y repopularizado en los 90 por el grupo de acid jazz US3). Final ideal para un espectáculo en frecuencia bizarra y multiétnica.
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