
La experiencia de disfrutar del Teatro Ciego en Buenos Aires
Cada domingo en el Centro Argentino de Teatro Ciego se presenta el show "A ciegas con Luz", un espectáculo musical - gourmet; lanacion.com dialogó con los protagonistas y con el público sobre esta presentación en completa oscuridad
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Es una cita a ciegas. Son las 20,45 y unas treinta personas llegan al Centro Argentino de Ciegos a pocas cuadras de Abasto Shopping. A las 21 la luz del hall se vuelve penumbra. Va a empezar el show musical - gourmet en la oscuridad total.
Entonces, Martín Bondone, uno de los miembros del elenco de "A ciegas con Luz", se convierte en guía: "En grupos de a cuatro personas se toman de los hombros y me van a seguir", dice, desde el umbral de una puerta de dos cuerpos cortinada. "Estará todo oscuro", agrega, y pide calma: "Los primeros cinco minutos en la oscuridad son muy difíciles para todos; ahí nos damos el lujo de ser todos iguales. Después nos vamos a relajar y estará todo bien".
La técnica de espectáculos a oscuras es innovadora en la Argentina y no hay antecedentes de una obra igual en el país. Con la misma metodología del Teatro Ciego, este grupo tiene en cartel "La isla desierta", una pieza de Roberto Arlt interpretada por un elenco de actores en su mayoría no videntes.
Despejar el misterio de la oscuridad. Martín procura bajar los niveles de ansiedad del público, expectante por lo que vendrá cuando todos recuerden el juego del gallito ciego allí dentro, en este restó nada convencional. El se explaya en el "mecanismo" y pide que nadie se quede con dudas. Con una cadencia serena, pero casi sin silencios, despeja las grandes incógnitas comunes.
"Se van a encontrar con una típica mesa cuadrada de bar. El menú estará servido: son cinco tapas, son cinco pasos; el primero de la izquierda es la entrada y el último a la derecha, el postre. Todo es comestible salvo el vaso que estará dado vuelta en el centro, justo al frente de sus lugares. En el centro hay, también, una panera: son comestibles tanto los panes como la panera en sí. El mozo estará siempre cerca de ustedes por si necesitan bebida o si se les ofrece algo más", dice sin detenerse.
Ahora se acerca otro joven que se adivina vestido de mozo: camisa clara, pantalón oscuro. Será el primer guía en la oscuridad total cuando se abandone el hall en penumbras. "Vengan así tomados de los hombros", invita a formar un tren humano; los vagones son casi tan rígidos como si la locomotora fuera real. "No teman que no hay ningún pozo, ningún escalón, nada que pueda cruzarse en el camino y lastimarlos", dice, y la obviedad suena tranquilizadora.
Reconocer el mundo. "Nos detenemos aquí", propone. "Te doy la mano de Gabriel", le dice al primero de la fila. "Bienvenidos", se escucha el saludo del conductor hacia el destino final: la mesa desde la que se disfrutará del show. "Estamos frente a la mesa. Hay cuatro sillas y ya pueden ubicarse", dice. Los espectadores se mueven lentos, cuidadosos; repasan el contorno de los objetos como reconociendo el mundo otra vez.
Aunque al principio no es fácil relajarse, la música, casi imperceptible, ayuda. Suena un piano melancólico en algún lugar, puede ser desde el centro de la sala. Está oscuro pero todo empieza a tener un orden necesario.
"Buenas noches", suena una voz de mujer. Enseguida pregunta los nombres de los comensales. "Yo los voy a atender. El vaso está en el centro, es pesado para que no se caiga. ¿Qué se van a servir para tomar?", pregunta. "Vino blanco o tinto, gaseosa, agua", ofrece.
Luego recuerda qué más hay sobre la mesa. "De izquierda a derecha pueden empezar por la entrada y siguen hasta el postre, el último de los cinco platos". "Que lo disfruten, que los sorprendan los sabores", desea en voz alta.
El viaje a la infancia. Ahora la música empieza a ser protagonista. Alguien presenta a la cantante Luz Yacianci y al pianista Carlos Cabrera. Ya está sonando "La vie en rose", de Edith Piaf, y los ojos abiertos o cerrados importan muy poco. Tampoco importarán cuando se escuchen versiones de "Yo soy María", de Piazzolla-Ferrer; o Corcovado, de Antonio Carlos Jobim.
En los intermedios, el espectáculo tiene tres cortes, también se cuelan efectos sonoros. Y en el lugar corre un arroyo y un niño anda en bicicleta y pasa una locomotora. Alguien en la mesa comenta que se siente viajando a través del tiempo. "Me recuerda a mi infancia en las sierras", dice. También el lugar se inunda de fragancias: el campo, las flores, el incienso.
Así transcurre la hora y media de un show en el que la imaginación viaja lejos, lejos y los ojos descansan.






