
La extraordianaria historia de un amor loco
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Calificación: Excelente
"Contra viento y marea" ("Breaking the Waves", Dinamarca-Gran Bretaña-Suecia, 1996), presentada por FilmArte en el Monumental, Gaumont, Grand Splendid, Patio Bullrich, Belgrano, Atlas Belgrano, Tren de la Costa San Isidro, Rivera Indarte. Guión: Lars von Trier y Peter Asmussen. Fotografía: Robby Müller. Cámara: Jean-Paul Meurisse. Música: Mark Warrick (productor). Intérpretes: Emily Watson, Stellan Skarsgard, Katrin Cartlidge, Jean-Marc Barr, Adrian Rawlins, Udo Kier. Dirección: Lars von Trier. 2hs. 38. Para mayores de 16 años.
"Contra viento y marea" no es más que la historia de un loco amor, pero es una película extraordinaria. La protagonista -de eso se trata: la vida, pasión y muerte de una mujer- ama sin límites a un hombre, hecha carne y deseo, en una pequeña comunidad protestante, al noroeste de Escocia, dominada por una férrea concepción de la religión. Pasa en los años setenta, las mujeres no tienen sitio en el espacio político-religioso, unos ancianos autoritarios imponen un Dios que no permite la felicidad en la Tierra. De tales menesteres debe ocuparse el alma que fue humana, después de la muerte.
Bess, la protagonista, reniega involuntariamente de esas normas. Ella cree en Dios; más aún dialoga con El y recibe sus respuestas, pero no puede con su propia carne. Llega virgen al matrimonio, se casa con un forastero rústico y es amada con la pasión que necesita, aunque Bess, en eso de amar, es inalcanzable.
El director danés Lars von Trier ("Europa") trabaja esta historia desde la subjetividad del personaje, aunque sin flashbacks, ni introspecciones, ni cualesquiera de los recursos habituales para contar qué les pasa a los personajes interiormente. El film tiene dos protagonistas, Bess y la cámara del realizador. Hay que prestar atención al primer minuto, cuando Bess mira de reojo hacia la cámara (algo insólito), iniciando una complicidad con el director-espectador, que da la clave de todo lo que sigue, la historia y los porqué de la emoción a que se arriba inevitablemente.
La cámara (cuesta un poco acostumbrarse) ingresa en un movimiento continuo, pasando de los grandes primeros planos de intimidad a las tomas generales donde el paisaje socio-humano gana dimensión crítica. Esa "cámara flotante" (al hombro, en la técnica) tiene el valor de una mirada que se desplaza continuamente en busca de otras. Puede ser la de Bess o un andar de mirada suelto que intenta indagar donde sea. En "Gertrud" (1964) -famosa película de Carl T. Dreyer ("La pasión de Juana de Arco", 1928), otro danés, a quien Von Trier toma en cuenta en el momento de filmar-, una cámara similar elimina el plano-contraplano por corte y lo ejecuta con un arriesgado desplazamiento de un rostro al que tiene enfrente. "Contra viento y marea" recurre a idéntico artificio, sin dejar de apuntar que hay un fuerte contraste entre el intimismo buscado y el uso de la gigantesca rectangularidad del CinemaScope.
Si cuesta un poco ingresar en esta película, aunque la historia y el trazo femenino atrapan de inmediato, es porque el ojo del espectador de estas latitudes está ya demasiado acostumbrado al cine de la pura acción y el "zapping narrativo" que caracteriza a la imperiosa industria cinematográfica norteamericana.
Parece molesto el uso renovado de los viejos géneros, se extraña la excitación de las películas construidas para dar tiempo a comprar pochoclo y volver. Como el nombrado Dreyer, Von Trier no quiere excitar con la acción fácil , sino emocionar. "Contra viento y marea" está cerca de la experiencia de ver, en otro tiempo, una obra de Ingmar Bergman: si hasta logra el protagonismo de dos mujeres, como caras que se espejan, Bess y su cuñada viuda, la pasión y la razón, como lo entendía Bergman ("Persona", "Cara a cara").
Como si se tratara de una obra literaria, el film viene dividido en siete capítulos y un epílogo. El corte de cada segmento está puntuado por una imagen fija diferente con reminiscencia de postal que se va coloreando intensamente -el arcoiris, el paisaje luminoso debajo de un puente de piedra gris-, mientras la historia narrada apenas abunda en sepias, en colores que parecen haberse borrado, en el granulado espeso del soporte fílmico y hasta en desenfoques deliberados. Son otros modos de atribuirle a la imagen el continuum de una mirada que roza la de los personajes, que a veces responde a ellos y que casi siempre se independiza.
Las "postales" divisorias se atribuyen una suave tonalidad de música pop de los 70, contrastante, en el fondo sonoro. La narración, en cambio, se nutre de ruidos más toscos, con el sonido de las ropas y el sonar de la naturaleza y de los instrumentos quirúrgicos cuando el marido de Bess es víctima de un accidente que parece definitivo.
Vida, pasión y muerte
En ese momento -el temor de perder al hombre-, la pasión de Bess la conduce al calvario. Pierde su fluida comunicación con Dios y entiende, casi evangélicamente, que entregando su carne podrá darle al hombre la vida que se le esfuma. Se confunde en Bess el pensamiento mágico con las enseñanzas religiosas. Y es aquí donde el director, convertida ya Bess en la metafórica Magdalena de las Escrituras, induce el más romántico matiz a la historia, como el sacrificio de aquel ruiseñor de la fábula que estrella su pecho sobre la espina de la rosa para darle nuevo color a la flor con su sangre. Pero la espina es un puñal envenenado.
En la comunidad donde Bess habita, sólo le queda el infierno, pero entre los espectadores quedará la memoria de ella y de la descomunal actriz inglesa Emily Watson -recién nominada para el Oscar y ganadora del premio Felix a la mejor intérprete europea-, con un rostro que ya es icono, desde que la película fue conocida en Cannes 96 y recibió allí -nada menos- el Premio Especial del Jurado.
Von Trier quiere hacer historia en la cinematografía de su país, Dinamarca, y por eso no cita en la imagen sólo a Dreyer, sino también a su compatriota Douglas Sirk ("Palabras al viento", "Imitación de la vida"), de larga carrera en el viejo Hollywood.
Sirk fue maestro del melodrama en su mejor expresión: hay tramas que no pueden responder a otra fórmula. Von Trier la perfecciona en su película, recurriendo a la noción de Sirk, que entiende ese formato como el mejor para expresar a la familia, que es modelo de la sociedad toda, y a las represiones y el autoritarismo como el flagelo que divide a los núcleos familiares, aunque es sólo en ellos donde es posible recuperar la unidad con el amor.
La familia como metáfora de la sociedad y la disgregación de ésta a partir de los sistemas represivos que las descomponen.
"Contra viento y marea" es un film sobre la incomprensión social y sobre el amor individual expresado desde el exceso. Cuando Von Trier le ofreció el papel a Emily Watson, ésta le trajo un fragmento de "La strada", de Fellini, para trabajar el personaje. El director lo tomó en cuenta y es necesario ver a Bess con algo de Gelsomina (Giulietta Masina, en "La strada"): la chica toda carne y sensaciones que se entrega por fin al sacrificio.
Queda otro aporte de la realización para que la emoción sea la protagonista. El milagro final, como en el desenlace de "Ordet" (1955), donde Dreyer se animaba con una resurrección. Von Trier no llega a tanto, pero ofrece una posibilidad moderna de entramar la ficción dentro de la realidad y de convertir una obra donde el lenguaje visual de la fugacidad alude a la técnica de los documentalistas en una obra que vuelve verosímil la más impresionante fantasía.




